CAPÍTULO 13: ¿Me estás amenazando?

1123 Words
ISABEL El baño parece sacado de una revista de diseño: mármol blanco, grifería dorada y luces suaves que me hacen sentir más fuera de lugar todavía. Estoy ajustándome el vestido dentro del cubículo cuando el eco de unos tacones irrumpe en el silencio del baño. Las voces llegan poco después. Ríen entre ellas, seguras, despreocupadas. Creo que se acercan al espejo, justo frente a mi puerta. Me quedo quieta, no sé por qué, pero dejo de moverme y contengo el aliento. —¿Habéis visto a la mujer que estaba con Duke? —pregunta una con tono burlón. Vaya, están hablando de mí… —Sí… parece una chica muy mediocre, ¿no? —responde otra—. El vestido era bonito, pero ella no lo luce, ¿verdad? Es tan… curvilínea…además esa clase de vestidos necesitan joyas a su altura. —Parece latina —dice una tercera—. —No me creo que la mujer de Duke no sea italiana. Él necesita una princesa de la mafia, con apellido, con conexiones… No una cualquiera. Parece la típica chica normal que te cruzas en un Starbucks. Sí, me gusta el Starbucks. No voy a fingir lo contrario. No sabía que era tan malo. —No tiene ni punto de comparación con Gabriela —suelta otra—. Ella era tan elegante… alta, perfecta. Esta chica… es un apaño barato. ¿Quién es Gabriela? ¿La madre del pequeño? —Mi padre me dijo que esa chica solo está aquí para ayudar a Duke con Enzo. Ese niño es demasiado problemático… Duke no mentía, casi nadie sabe que soy una rehén. —Duke…está para mojar pan…—dice una chica con un suspiro que provoca una ronda de risitas. —Pero… al ser mitad italiano, muchos capos no lo aceptan —murmura una. —¿Eso crees? —responde otra con seguridad—. Por favor. Es el lider de una de las familias más importantes de la organización. Eso es un hecho. Y su posición dentro de la organización es altísima. Es el asesino. Todas las misiones y negociaciones difíciles las lleva a cabo él. —Lo único malo que tiene ese hombre es el hijo… que mala suerte tuvo. ¿Suerte? ¿A que se refiere? es su hijo. —Ese niño es un diabolo—suelta una de titubear.—Seguro que la trata mal. —Ese niño es insoportable—añade otra—. Desde que se murió su madre, está isoportable. Un día intenté abrazarlo y me dio un manotazo. Aprieto los dientes. Me arde la cara. No sé si de rabia, de vergüenza… o de impotencia. ¿Estan hablando tan mal de un niño de ocho años que ha perdido a su madre? El corazón me late fuerte, ya no por miedo, sino por indignación. De un tirón, abro la puerta del cubículo. El sonido seco y brusco resuena en todo el baño, haciendo que el silencio se vuelva espeso. Las risas mueren al instante. Me aparto de ellas sin decir nada más y me acerco al lavabo tratando de controlar el latido frenético de mi corazón y esas ganas ardientes de estrellar sus caras perfectas, y seguramente operadas, contra este mármol inmaculado. Mientras lavo las manos, siento que alguien se acerca demasiado, invadiendo mi espacio. Fijo mis ojos en ella, levantando una ceja con un gesto de desafío. La mujer rubia, de piel como porcelana, clava su mirada primero en mi rostro, y luego la desliza con curiosidad desde mi cabeza hasta mis pies, evaluándome de arriba a abajo. El silencio se hace pesado. —Así que aquí estás —dice con una sonrisa falsa—. Lo has escuchado todo, ¿no? La voz tiene ese tono ácido que anuncia una pelea. Si eso es lo que quiere, se lo voy a dar. No puedo evitar soltar una sonrisa amarga y respondo, sin levantar la voz pero con firmeza: —Por supuesto que lo he escuchado. —Claro… porque te escondías como una rata. —¿Intentas avergonzarme?—respondo, mirando una a una sus caras—. Vergüenza debería daros a vosotras hablar así de un niño que ha perdido a su madre. —¿Has venido aquí a darnos una lección o qué? Déjame decirte que ese niño es un… —Te recomiendo que no termines esa frase. La chica se detiene, pero me lanza una mirada cargada de desafío. —¿Me estás amenazando? ¿Tú a mí? —se ríe con malicia—. ¿Acaso no sabes con quién estás hablando? —No te conozco. Ella se vuelve hacia sus amigas y me dice: —Esta chica no sabe con quién está hablando… ¿De dónde has salido tú?—finge pensar— Ah, ya lo sé, vienes de alguna familia que negocia con nosotros… Seguramente en tu mundo eres alguien, pero déjame decirte que aquí no eres más que un apaño, alguien a quién usarán y luego desecharán sin pensarlo dos veces. No le falta razón, pero no por el motivo que ella cree. —Ten mucho cuidado con lo que dices.—continúa—. Con un solo chasquido puedo hacer que termines muerta. Su amenaza flota en el aire por un segundo demasiado largo. La sonrisa se le borra de la cara, como si esperara que sus palabras me afectaran de alguna manera. La miro directo a los ojos, en completo silencio, y luego me giro hacia el espejo para terminar de secarme las manos con toda la calma del mundo. Comparado con la amenaza de Duke, esto es un juego de niños. Aunque sé perfectamente que tiene el poder para mandar a matarme si quisiera, no me inmuto. Ella frunce el ceño, desconcertada, como si no entendiera por qué no estoy temblando ante su amenaza. Se prepara para atacarme de nuevo, seguramente con otro intento de intimidación o algún insulto pero esta vez la ignoro por completo. Decido que no vale la pena. Ella empieza a ponerse nerviosa al notar que la ignoro por completo. En un intento desesperado por recuperar el control, me agarra del brazo con fuerza, obligándome a mirarla. Y justo cuando levanta la mano para abofetearme, una voz masculina interrumpe la escena desde el pasillo. —Isabel… —¿Sí? —¿Pasa algo? Enzo vino a decirme que llevas mucho rato en el baño… está preocupado. Las mujeres se miran entre sí, incómodas, sorprendidas por la intervención y sobre todo por el significado de las palabras de Duke. ¿Tan malo era este niño? —No, no pasa nada. Solo estoy conociendo a las chicas…—respondo, sin perder la compostura. Les dedico una última mirada cargada de significado antes de marcharme.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD