DUKE
No puedo creerlo. De todas las cosas que podrían haberme pasado anoche, encontrarme con un pedazo de mi pasado era lo último que esperaba.
Esa niña risueña… ahora es una mujer. Y al verla, inevitablemente, una parte de mí volvió a mi 'Eomma'.
Estoy seguro de que si mi madre pudiera ver en lo que me he convertido, no sentiría ningún orgullo.
No la culparía por eso. Al fin y al cabo, soy de la peor calaña.
Los gritos de un hombre me arrancan de mis pensamientos. Esos sonidos son de alguien que sabe que va a morir.
Parpadeo y vuelvo al presente. La pólvora aún flota en el aire, caliente y densa. El almacén abandonado apesta a sangre y tierra revuelta.
Ha sido una matanza. Pietro y yo nos hemos cargado a más de quince hombres armados hasta los dientes.
Maldita sea, no ha sobrevivido nadie para interrogarlos.
Han tenido mucha suerte.
***
Entro sin llamar al despacho. Angelo, el Don de la mafia italiana, apenas levanta la vista y me saluda con un leve gesto de la mano, sin dejar de repasar los papeles sobre el escritorio. A su derecha, ya instalado y observándome con atención, está Lucciano, el Consigliere.
El nudo en mi estómago se aprieta.
—Esecutore —dice el Consigliere con esa voz rasposa que siempre suena más amable de lo que realmente es—. ¿Nos puedes informar de todo lo que pasó en el almacén?
—Fueron los MS-13 —respondo con sequedad—. Pero eran solo títeres. La orden vino de los Rusos. Pueden seguir mandando perros tras de mí. Tienen una deuda conmigo y me la voy a cobrar. Mi venganza será la factura más cruel.
Lucciano asiente con calma y suelta un suspiro largo y resignado que llena la habitación de tensión.
—Deberías dejarlo —dice sin titubeos—. Estás malgastando tiempo, dinero y esfuerzos en una venganza que no nos conviene—.Lo mejor sería intentar hacer negocios con ellos…el negocio de la droga necesita estabilidad.
Parpadeo, incrédulo. ¿Lo dice en serio?
—¿Dejarlo? —repito, mirándolo como si se hubiera vuelto loco—.¡Los rusos mataron a mi familia!
Mi voz retumba en la oficina. Angelo no interviene. El también perdió a alguien muy cercano y sabe lo que se siente.
—No voy a hacer negocios con los hijos de p*** que me arrebataron a mi familia. Yo no perdono.
Lucciano no dice nada. Solo me sostiene la mirada.
—Creo que deberías tomarte un descanso… últimamente estás…
—No hace falta —me levanto de golpe, dispuesto a salir y dar por terminada la conversación—. Me voy, esta noche tengo que encargarme del fiscal.
—No hace falta —responde con calma—. He enviado a Marcus y a Sebas. Ya están en ello.
Un latigazo de rabia me sube por la nuca. Aprieto los dientes, pero no le doy el gusto de verme perder el control. Sé que le encanta provocarme.
—Recibimos un soplo de que estaba solo en su oficina —añade el Consigliere, sin apartar los ojos de los míos—. Y como no dábamos contigo, decidimos no dejar pasar la oportunidad…
‘Espero que este viejo zorro no haya descubierto que tenía un asunto personal con el fiscal…’’
El aire denso se corta de golpe con el sonido de mi móvil. Es un mensaje de Sebas con una foto.
Cuando abro la imagen, tardo unos segundos en enfocar… hasta que lo veo claro: es una mujer amordazada y seguramente está inconsciente.
Mi estómago se contrae. Es Isabel.
Debajo, Sebas ha escrito un texto corto:
«Hemos encontrado una ratoncita. Lo ha visto todo. ¿Qué hacemos con ella…?»
Me quedo helado.
Al cabo de unos minutos, la puerta se abre y entran Marcus y Sebas. Están acompañados de varios soldados.
Tengo que tener cuidado con este tema. Si dejo ver que el destino de esa mujer me importa, el Consigliere no va a dudar en usarlo en mi contra. De eso no tengo la menor duda.
—Chico —dice el Don, dirigiéndose a Sebas sin apartar la vista de Isabel—. Déjala en el sofá.
Sebas asiente, deposita a la chica con cuidado y vuelve a colocarse junto a Marcus. Este último evita cruzarse conmigo; sabe que esto no me gusta ni un pelo.
—¿Han terminado el trabajo? —pregunto, adelantándome al Consigliere, que estaba a punto de intervenir.
—Sí, señor —responde Sebas, firme—. El hombre quedó colgado en su despacho, sin signos evidentes de pelea. Será difícil que alguien averigüe que no se suicidó.
Tarde o temprano lo averiguarán, pero el cebo ya está en todas las noticias: que su mujer le ponía los cuernos con uno de los chicos de seguridad. La gente comprará esa versión sin dudarlo. Para todos, el fiscal era un marido ejemplar, cariñoso y entregado. Nada más lejos de la realidad.
En secreto, frecuentaba clubes nocturnos de alto nivel en Boston y Nueva York, además de tener un hijo ilegítimo al que mantenía bien escondido junto a su madre.
—¿Quién es la chica? —pregunta el Don.
—Estaba escondida —responde Sebas, su voz aún algo agitada—. Es la mano derecha del fiscal o algo así…
—¿Por qué está llena de heridas? —intervengo yo.
Sebas duda un segundo.
—La chica… —empieza a decir, pero Marcus lo interrumpe con un chasquido de lengua.
—He tenido que darle una lección a esta ratoncita —espeta Marcus, con una media sonrisa torcida—. La muy zorra se resistía. Me ha clavado un puto bolígrafo en el hombro. —Deja escapar un suspiro que hiela la sangre, casi lascivo—. Joder… me encanta cuando se resisten… La golpeé varias veces y ella…
—Marcus—el Consigliere lo calla con una sola palabra.
La chica se incorpora con un esfuerzo casi doloroso. Tiembla al intentar sostenerse y mueve los labios como si fuera a decir algo, pero se detiene y traga saliva.
Está leyendo el ambiente, sabe que hablar no le favorecería.
La voz del Don rompe mis pensamientos:
—Ratoncita…—murmura el Don, y la chica gira la cabeza en su dirección—Te has metido en un buen lío. —¿Qué debería hacer contigo? —murmura el Don.
Ladeando la cabeza hacia el Consigliere continua—. Sabes que no me gusta matar mujeres...
Lucciano me mira primero a mí, buscando mi reacción, y luego fija sus ojos en la chica, evaluándola como si fuera mercancía.
—Podríamos venderla a la Bratva —sugiere, con una calma que me revuelve el estómago.
—No vamos a hacer tratos con esos bastardos…—sentencio.—Prefiero matarla…
Ella se pone visiblemente nerviosa; sus hombros se tensan, respira rápido, como si estuviera buscando una salida imposible.
—¿Podemos jugar con ella antes?—pregunta Marcus, dejando escapar una sonrisa torcida, casi diabólica.
Los soldados más jóvenes sueltan unas risas ahogadas, contagiados por la idea retorcida que Marcus acaba de soltar como si nada.
Deslizo la mano bajo la mesa y agarro la pistola. A veces, la muerte es el menor de los males. Si supiera lo que le esperaría si la vendieran, me lo agradecería.
—Arrodíllate —le ordeno a la chica.
Isabel se resiste.
—Tiene agallas la zorra.—dice uno de los soldados desde atrás.
Levanto el arma y la apoyo firmemente contra su frente.
Una bala directa. Rápida. Sin sufrimiento.
—Señor —la voz de Sebas me saca del momento. Bajo el arma, apenas unos centímetros, y lo miro de reojo.—Creo que sería sospechoso que la chica desapareciera justo cuando el fiscal se ha "suicidado". Llamaría demasiado la atención.
Entonces Lucciano, que no ha dicho una palabra en un buen rato, se aclara la garganta y da un paso adelante.
—Quizá podamos darle buen uso… —dice, sin emoción, mirándola de arriba a abajo.
Todos lo miramos, intrigados.
—¿Cómo cúal? —pregunta el Don, cruzando las manos.
Le hago una señal con la cabeza a uno de los soldados para que saquen a la chica de aquí.
Lucciano sonríe, pero sus ojos siguen tan vacíos como siempre.
—Es abogada —dice, como quien habla de un recurso más que de una persona—. Puede servirnos…—Hace una pausa y deja caer la bomba con toda la calma del mundo—. Además… Duke necesita una mujer para criar a Enzo, ¿no?
Silencio.
—El niño está dando demasiados problemas…No habla con nadie desde lo que pasó. Ya sabes… Una mujer es útil para estos asuntos, sobre todo si no pertenece a nuestro mundo…
—Mi nieto quiere una madre no una niñera—dice el Don.
—Puede hacerla su mujer. No tiene por qué ser real.
Me quedo quieto, sintiendo cómo me hierve la sangre. Sé lo que pretende, si tomo a esta mujer no podré arreglar un matrimonio con una princesa italiana para que yo no tenga aún más apoyo dentro de la organización. Lo que el no sabe es que esas mujeres no me interesan pero podría aprovechar esta situación para que el Don me deje de presionar con el matrimonio.
—Duke debe casarse con una mujer italiana, hija de un capo como Dios manda.
—Bueno… no tiene por qué ser para siempre. Podemos deshacernos de ella cuando ya no nos sea útil o encontremos a una mujer adecuada para él.—dice el Consigliere.
El Don asiente despacio, pensativo, antes de hablar:
—Si crees que es lo mejor para mi nieto… y Duke está de acuerdo, entonces no tengo objeciones.
—Enzo no lo pone fácil, si no cumple su cometido …será eliminada. —digo con una voz grave.
No sé si con esto le hago un favor o le destruyo la vida. Pero de algo estoy seguro: hoy no saldrá de esta mansión con las piernas por delante.