CAPÍTULO 17: Ven aquí

1070 Words
DUKE Enzo está furioso. Ni siquiera ha salido el sol y ya me está exigiendo que libere a la chica de su encierro. —No. —Padre… —Tengo que castigarla. —Padre, por favor…Ella no es un soldado —Al niño le cuesta pronunciar esas palabras. —Enzo, ya sabes cómo funcionan las cosas. Si no la castigo, seguirá intentándolo. Y eso, no solo nos pone en riesgo a nosotros y a la organización, también a ella. ¿De verdad quieres eso? —No quiero que le pase nada… Me siento bien cuando está cerca. —Lo sé —respondo, dándole un leve toque en el hombro—. No voy a hacerle daño físico… Sabes que no trabajamos así con las mujeres. Quizás, eso es lo que ella espera, pero la realidad va a ser mucho peor. El niño sale de mi despacho, pero sé que no podrá estar tranquilo hasta que Isabel salga de la celda. *** La he dejado varios días encerrada, incomunicada, sin ver a nadie. Ni siquiera permití que mi hijo la visitara. Quiero que aprenda, que haga lo que se le dice. Cuando bajo al sótano, la encuentro acostada en el catre de la última celda, al final del pasillo. Al oír mis pasos, se incorpora de inmediato y en cuanto me ve, clava en mí una mirada cargada de furia. A pesar de la vulnerabilidad de su situación, me sostiene la mirada con firmeza. Lo admito: hay algo en eso que me resulta fascinante… pero en este momento tengo que castigarla. Entro en la celda. Sus ojos siguen cada uno de mis movimientos con atención. Me siento en la única silla del lugar y la observo en silencio, con la misma intensidad con la que ella me mira a mí. —Considérate afortunada.—digo, rompiendo el silencio—. De no ser por mi hijo, tu castigo habría sido mucho más severo… Se limita a mirarme, con los labios apretados y los ojos aún enrojecidos. —Estar encerrada aquí no es tan diferente de cómo ha sido desde que llegué. Solo ha cambiado el lugar… —No te equivoques —respondo en voz baja—. No hablaba solo de encerrarte… Saco el móvil del bolsillo y, sin más, giro la pantalla hacia ella. El video comienza con una imagen temblorosa de una discoteca. Algo le llama la atención y se acerca a mí para ver mejor. Entre la multitud, ahí está ella: Betty, su amiga. Baila despreocupada, se ríe con un grupo de chicos, parece disfrutar de la noche sin saber que alguien la está observando. Isabel me mira con los ojos como platos y traga saliva con dificultad. —Por qué…No… La grabación continúa. Betty se despide de sus amigos y sale sola del club. Después, una furgoneta negra se detiene en seco junto a ella y dos hombres bajan corriendo. La agarran. Ella forcejea, grita algo que no se escucha bien, pero es inútil. Uno de los hombres le clava algo en el cuello. Betty se tambalea… y se desploma. La suben al vehículo, cierran la puerta y el video se corta. La chica frente a mí se queda inmóvil. Como si le hubieran quitado el alma de golpe. —¿Quieres ver el segundo? —pregunto con frialdad. Sus ojos se llenan de lágrimas al instante. Me mira sin poder procesarlo del todo, con la respiración agitada. Quiere hablar, lo veo en sus labios temblorosos, pero no le sale ni una palabra. Solo un pequeño gemido seco, ahogado por el dolor. Y de repente… explota. Grita y se lanza contra mí con los puños cerrados, ciega de ira. Pero soy más rápido. La atrapo con facilidad y la derribo al suelo, sujetándola sin esfuerzo. Su espalda golpea con fuerza las baldosas, y antes de que reaccione, ya estoy encima de ella. —¡Deja en paz a mi amiga, maldito hijo de p***! ¡Eres un bastardo! —grita fuera de sí, como una fiera. Aprieto sus muñecas contra el suelo con una sola mano. Se retuerce, me insulta entre sollozos, da patadas al aire… pero no puede liberarse. —Cálmate —le digo en voz baja, sin perder el control—.Si no lo haces… será peor, no para tí sino para ella. Sé que lo ha entendido porque deja de moverse y en ese momento es cuando me levanto y me vuelvo a sentar en la silla. Ella se queda en el suelo, sin fuerzas para moverse. En su mirada…veo rendición, tristeza, miedo…todo a la vez. —Toma el móvil y reproduce el segundo video.—digo. Y por primera vez, obedece. La imagen muestra una habitación con poca luz. Betty está allí, drogada. Entonces aparece una mano, masculina, con una navaja plateada. El filo recorre despacio la línea de su mejilla, baja por el cuello, roza la clavícula. No la corta… pero la amenaza está clara. —No le hagas daño…—dice en un susurro.—Solo tiene 25 años… —Eso depende de ti… —suspiro, dejando que el silencio pese un momento antes de continuar—. Nada de esto habría ocurrido si no hubieras intentado escapar. Sé que amenazar con tu vida no sirve de nada… así que tuve que hacerlo de otra forma. —Por favor, por favor…no le hagas daño… Esa súplica va directamente a mi entrepierna. —Ven aquí.—ordeno. Al principio permanece inmóvil, pero luego se incorpora lentamente para ponerse de pie. —Hazlo sin levantarte. Obedece sin rechistar. Viene hacia mí a gatas, con la cabeza gacha, evitando mi mirada. Esa imagen… me encanta. —Solo tienes que ser una buena chica, nena —murmuro mientras deslizo los dedos por su pelo y la agarro, es un agarre casual, pero lleno de advertencia—. Solo encárgate de mi hijo… y no me obligues a hacerle daño a tu amiga. —¿Vas a liberarla…? —pregunta con la voz temblorosa.—Me portaré bien… —Firmaras los papeles del matrimonio. Eso es lo que quiere Enzo. —me incorporo para marcharme. — Y solo cuando lo hagas liberaré a tu amiga… Soy de lo peor, he aprovechado esta situación para obligarla a casarse. Pero, el matrimonio la mantendrá a salvo y además, si es lo que quiere mi hijo eso se hará, porque a ese niño no le voy a decir que no.
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