CAPÍTULO 32: La hermana de...

1049 Words
ISABEL Cuando me viene a la cabeza lo de la otra noche, la rabia me enciende por dentro. Y no, no es porque me arrepienta de la apuesta —bueno, la apuesta que él me propuso—, sino porque después de todo lo que me hizo sentir, lo primero que hizo fue ladrar órdenes. Ni siquiera se molestó en quitarme los pantalones…o tocarme con sus propias manos… Salí hecha un desastre, despeinada, temblando… y él permaneció inmutable, como si acabara de tachar una tarea más de su lista. Un simple trámite. La alarma del móvil me arranca de mis pensamientos: toca llevar a Enzo al colegio. Enzo entra al salón de clases y, justo cuando iba a marcharme, aparece ante mí una mujer. Se presenta como una de las profesoras del niño y me pide hablar en privado. Caminamos por un pasillo silencioso hasta que abre la puerta de un despacho vacío y me invita a entrar cordialmente. —Dentro te está esperando alguien. Me detengo en seco. ¿Esperándome? ¿Quién? ¿Otro profesor? Entro con cautela y, en cuanto la puerta se cierra a mis espaldas, la figura que estaba de espaldas se gira. Es el Consigliere. Se me corta la respiración. El aire pesa de golpe en mis pulmones y, aunque intento mantener el rostro inexpresivo, siento cómo mi nerviosismo se delata en los dedos, que buscan refugio apretando la tela de mi blusa. Él lo percibe, lo sé: me observa como un lobo que mide cada reacción de su presa antes de abalanzarse. Su expresión es una mezcla de desprecio y frialdad, como si yo no fuera más que basura reciclable, un objeto de usar y tirar. —Isabel... —Buenos días, señor —respondo, aunque la voz me tiembla antes de recomponerme. Él ladea la cabeza, disfrutando de la incomodidad. —He estado preguntándome estos días cómo te iría con… el encargo. Así que decidí venir en persona a verte ya que no he recibido noticias tuyas. Intento mantener la calma, aunque el pulso me late en las sienes con tanta fuerza que casi lo escucho. —Estoy vigilada todo el día por cámaras… —explico con la voz baja—.Esa casa es una muralla impenetrable y él no me deja salir. —Sé que eres muy lista, seguro que encontrarás la manera de averiguar lo que te pido—responde. Trago saliva, los dedos se me entrelazan con torpeza y me descubro apretando las uñas contra la palma de mi mano. —No tengo demasiados detalles… —balbuceo, odiando la inseguridad que me traiciona—. No he podido... —No tienes detalles —repite él. Comienza a andar de un lado a otro, pensativo, y cada paso suyo retumba en mi pecho como un reloj que cuenta hacia atrás. Se acerca más a mí y con un tono de voz que le hiela la sangre dice: —No me hagas darte un pequeño escarmiento… —No, por favor. No le hagas daño a mi familia. —¡Entonces haz lo que te digo! —ruge, alzando la voz con una furia contenida—. Odio tener que repetir las cosas dos veces. —Suelta un resoplido cargado de fastidio—. Odio perder el tiempo… Las mujeres no sirven para nada. Bueno..., algunas sirven para adornar el brazo de un hombre. Y tú… —me recorre con la mirada de arriba abajo, con asco— ni siquiera llegas a eso. Aunque la rabia me invada por sus palabras, me limito a mirar hacía mis pies. —La próxima vez le daré información… —Y tanto que lo harás… El hombre sale del aula sin siquiera mirarme, y yo me quedo ahí, clavada al suelo, con la garganta cerrada. Estoy atrapada en una encrucijada. Si no le entrego la información que quiere, sé que algo terrible le pasará a mi familia… o a Betty. Pero...dársela, significaría traicionar a Duke, y eso no solo es peligroso, también es algo que no quiero hacer. Maldita sea. Al llegar al coche, respiro hondo, intentando recomponer mi expresión. No puedo permitir que Pietro sospeche, mucho menos que se atreva a investigar qué pudo decirme “la profesora” para dejarme así. Y si Duke se entera de mi encuentro con el Consigliere… no quiero ni imaginar lo que podría pasar. Sacudo la cabeza, como si así pudiera borrar la maraña de pensamientos que me persiguen, y fuerzo una sonrisa antes de subir al coche. Pietro me lanza una mirada rápida, inquisitiva, pero yo me adelanto a cualquier pregunta. —¿No vamos a casa? —digo al darme cuenta que hemos cambiado de ruta. Él enciende el motor y responde sin apartar la vista del frente: —A recoger a mi hermana. Acaba de llegar de Nueva York. Cuando llegamos al aeropuerto, la veo enseguida. Una chica preciosa, de piernas interminables y melena corta, de unos veinticinco años màs o menos, nos espera apoyada en una esquina. En cuanto reconoce el coche de su hermano, su rostro se ilumina con una sonrisa radiante. Sin darme cuenta, yo también sonrío; me sorprende sentir cierta calidez al presenciar ese reencuentro entre hermanos. Ella corre a abrazarlo con entusiasmo y, mientras Pietro acomoda su maleta en el maletero, la joven se sienta en el asiento del copiloto. Es entonces cuando repara en mí. Sus ojos se abren de par en par, incrédulos. —¿Y tú… quién eres? —pregunta. Endurezco mi expresión, dejando claro que no me gusta su manera de dirigirse a mí. Puedo ver perfectamente cómo su rostro cambia en el instante en que Pietro entra en el coche: —Isabel, esta es mi hermana, Leonora. Ella me tiende la mano con una sonrisa repentina. —Ella es Isabel, la mujer de Duke —dice Pietro. Y ahí está: durante un segundo se le escapa una expresión imposible de disimular, y solo con un esfuerzo sobrehumano logra recuperar la neutralidad. —Encantada —dice al final, esta vez con una sonrisa demasiado amable, demasiado ensayada. —Lo mismo digo —respondo, correspondiendo a su gesto. El resto del trayecto transcurre entre las voces de los hermanos, poniéndose al día con entusiasmo. Yo, en cambio, me limito a escuchar a medias, perdida en mis propios pensamientos.
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