DUKE Mentira. La palabra se me clava en la cabeza antes de que pueda procesar nada más. Mentira. No parpadeo. No me muevo. No le regalo ni una grieta. —Mientes —digo al fin, con voz plana. El hombre de la cicatriz sigue temblando frente a mí. La sangre del lóbulo le resbala por el cuello, lenta, casi obscena. —Los rusos lo hicieron —continúo—. Tengo informes que relatan lo sucedido. Tus hombres acorralaron a los de mi hermano y lo mataron. Mi voz se apaga al final de la frase, no por duda… sino porque, si he pasado tantos años investigando, es porque siempre hubo algo que no terminaba de encajar. Doy un paso más cerca. Demasiado. Lo suficiente para que mi sombra lo aplaste contra la pared. Niega con la cabeza. Rápido. Desesperado. —No… no estoy mintiendo —balbucea—. Lo juro. Yo

