ISABEL Cuando entro al despacho, me encuentro con Duke. Lleva la camisa remangada hasta los codos y un par de botones desabrochados, lo justo para dejar entrever su pecho firme, el collar que siempre lleva y las cicatrices que surcan su cuello. Las mismas que antes me parecían intimidantes pero ahora no estoy tan segura. —¿Has visto las flores? —Si—digo, escuetamente. —¿Te ha molestado algo, Isabel?—dice acercándose a mí. —No sé por qué crees que estoy molesta… —¿No lo estás? ¿Quién lo diría? Me has estado haciendo la ley del hielo estos días… ¿eso no es motivo para pensarlo? —Tú haces lo mismo, así que… Duke abre los ojos con sorpresa, entendiendo al instante la indirecta. Sabe que me refiero a esas veces en que desaparece justo después de nuestros encuentros sexuales. —Nena… ya

