El murmullo de los peones se reanudó muy despacio a nuestras espaldas, pero para mí el mundo seguía detenido en el espacio que me separaba de Killian. Su confesión implícita delante de Alec, esa manera de asumir el vínculo que nos unía sin pronunciar una sola negación, me dejó completamente desarmada. Mis manos, ocultas en los bolsillos de mis vaqueros oscuros, temblaban de una forma que odiaba. Me sentía expuesta, desnuda ante la mirada de todo el personal del rancho, y sobre todo, ante la intensidad de esos ojos oscuros que continuaban escrutándome, devorando mi agitación.No soporté la presión de su cercanía ni el calor sofocante que comenzó a emanar de mi propio pecho. Di media vuelta sin decir una palabra, ignorando el impulso de buscar su mano, y caminé a pasos apresurados de regreso

