La presencia de Killian a mi lado, sentado sobre la alfombra del despacho con sus vaqueros desgastados rozando los míos, ejercía un magnetismo que me anulaba las defensas. Quería gritarle que se fuera, quería mantener la fachada de la mujer implacable que pretendía gobernar el rancho, pero el peso del papel que sostenía entre mis dedos era demasiado grande. Volví a mirar la carta del abuelo de Alec, las palabras llenas de odio que habían sentenciado mi infancia al olvido, y mi resistencia se quebró.—Nos odiaban desde antes de que yo naciera, Killian —dije en un murmullo pastoso, entregándole el papel con la mano temblorosa, sin mirarlo—. Mi madre nunca me rechazó. La amenazaron con quitarle mi custodia si me acercaba a estas tierras. La obligaron a esconderse en la ciudad, a aceptar una mi

