“Sienna” había terminado su jornada. Emily salía ahora de la ducha secándose su cabello con una toalla, y desenredándoselo con sus dedos. No había necesidad de hacer algo más, en realidad, no tenía sentido hacer algo más. Sin la peluca —que formaba parte de su personaje de Sienna— su oscuro cabello, naturalmente rizado, salvaje y grueso, enmarcaba su rostro en una aureola de pequeños rizos. No había domadura en el mundo que le hiciera efecto, era así. En contraste directo, “Sienna” tenía el pelo rubio largo y recto, gracias a una excelente peluca y muy conveniente para Emily y su personalidad alterna. Era una manera de crear una barrera entre los dos mundos de Emily, delimitando claramente su trabajo como dama de compañía, y la Emily real.
Encendió la televisión y se sentó en su pequeño sofá mirando la pantalla por algunos minutos, pero en realidad sin ver programa alguno. Luego de la desastrosa cita esa tarde, no quería nada más que mirar un poco la TV, leer un libro, y quizás hacerse un sándwich de comida. Había sido el peor encuentro con cliente alguno desde que había empezado en este trabajo hacía dos años.
Emily escuchó un fuerte golpe en la puerta y la abrió, sabiendo intuitivamente quién estaría al otro lado. Sally Montague, la dueña de Emily, su amiga y empleadora, parada en la entrada y vestida adecuadamente para la apertura del club a las ocho. Emily miró en silencio a la mujer mayor, evaluando el apretado traje de cuero que llevaba, que apenas cubría el volumen curvilíneo de Sally para hacerlo medio decente.
—Cómo te fue en tu cita? —preguntó Sally, entrando en la diminuta cocina de Emily y avanzando hacia la cafetera. —¿Estuvo bien?
—Él estuvo agradable, —confesó Emily, siguiendo a Sally y tomando un par de tazas de la alacena.
—Noto un “pero”, —resaltó Sally mientras servía café en las dos tazas, ella miro inquisitivamente a Emily, esperando una respuesta.
Emily se encogió de hombros, tratando aún de entender su reacción emocional con Matt Pendleton. —Es un viudo. Creo que fue su primera vez, desde que murió su esposa.
—¿No estaba listo? —Sally especuló. Era muy intuitiva acerca de los clientes que seleccionaba para Emily, y la mujer más joven se preguntó cuánto había revelado Matt acerca de él cuando había hecho la cita.
—Definitivamente no estaba listo.
Sally se acomodó en la pequeña mesa del comedor de Emily, acariciando la taza de café entre sus manos. —¿No le funcionó?
Emily sonrió. —Definitivamente no tiene problemas en ese sentido. Creo que él estaba simplemente… nervioso. Él pagó por sexo y terminó con una felación bastante ordinaria.
—¿No querías darle sexo oral? —Sally arqueó una ceja perfectamente depilada, estudiando a Emily intencionalmente—. Él no hizo nada desagradable, ¿verdad? —Sally le había proporcionado a Emily un lugar donde vivir dos años atrás, por solicitud de su amigo, Paul Mecelli. Desde entonces, Sally había permanecido a lado de esta joven mujer y era intensamente protectora de ella. En realidad, era su naturaleza proteger a todos sus empleados. Ya fueran amas de compañía, trabajadores del club o empleados del bar, Sally Montague era una mamá gallina protectora de sus pollitos. A sus cincuenta años, había pasado muchos de ellos construyendo su negocio y había visto cada aspecto malévolo de este estilo de vida, el cual había adoptado desde que era una ingenua joven de dieciséis años.
—No, en absoluto. Él fue bueno, muy bueno. —Emily escondió una pequeña sonrisa. A pesar de la dura apariencia de Sally y su estricto enfoque para administrar Salacious, un club que atendía a la multitud BDSM1 en Seattle, podía ser a veces bastante dulce. Sólo Sally podía usar la palabra “desagradable”, como si estuviera hablando con una niña de cinco años a quien le hubiesen robado su muñeca en la escuela—. Estaba muy nervioso. Creo que realmente no sabía si quería seguir adelante o arrepentirse. Me ofrecí a darle un masaje, y él se excitó, así que le di sexo oral. Apenas había empezado cuando explotó y se sintió avergonzado. —Emily cogió un hilo de algodón perdido en su camiseta, recordando los acontecimientos de la tarde.
—¿Te sentiste atraída hacia él? —No sonaba como una acusación, y cuando Emily levantó la vista, pudo percibir empatía en los ojos de Sally.
—Sí, creo que sí.
—¿Por qué no le sigues la pista? —Sally hizo la sugerencia con entusiasmo, y Emily sonrió; su amiga siempre estaba jugando a la casamentera—. Tengo su número en el archivo.
Emily sacudió la cabeza. —No es un dominante, Sally. Dudo incluso que sepa acerca de todo esto. —Emily agitó su mano extensivamente alrededor de la habitación, pero no precisamente refiriéndose al pequeño apartamento en el cual se encontraban, sino al club de abajo, al trabajo de dama de compañía, y la propia naturaleza sumisa de Emily, lo que hacía cualquier intento de contactar de nuevo a Matt Pendleton, completamente imposible.
Sally resopló. —¡Por el amor de Dios, Em, es un policía! Dudo que haya algo en Seattle que no conozca.
—Conocerlo y entenderlo son dos cosas completamente diferentes y tú lo sabes, —protestó Emily—. Tiene cuatro hijos; este no es el tipo de cosas en las que un hombre como Matt Pendleton se involucraría.
—No sabrás si no lo intentas —replicó Sally.
Emily se tomó toda su taza de café y fue al mostrador para servirse una taza más. —Soy una dama de compañía, Sally. Vendo mi cuerpo para ganarme la vida. Seamos sinceras; un hombre en la situación de Matt Pendleton nunca consideraría una relación conmigo, absolutamente no. Incluso si lo hiciera, no funcionaría. Soy una sumisa y necesito un dominante. —Emily regresó a la mesa, revolviendo su café.
Durante un largo rato Sally miró a Emily, y Emily le devolvió la mirada, negándose a dejarse intimidar. Al ser sumisa, Emily sabía que era un enigma, con la capacidad de ser muy fuerte y al mismo tiempo albergar el deseo de tener un hombre que la dominara en el dormitorio. Fue precisamente ese deseo lo que la había traído a la vida de Sally hacía dos años, después de un encuentro con un dominante que casi la mata. Paul había llegado a la puerta de Salacious con Emily, rogándole a Sally que la cuidara y la mantuviera a salvo por un “un rato”. Ese rato se había convertido en dos años y habían creado una relación fuerte y amorosa entre las dos mujeres. Golpeando contra la mesa sus perfectas uñas arregladas, Sally observó a Emily durante otro minuto completo antes de hablar, —¿Qué quieres que haga si él pregunta por ti de nuevo?
—Ponlo en la lista de clientes bloqueados. No quiero verlo de nuevo, —respondió Emily, luego de pensarlo un largo rato.
Sally suspiró, levantándose de la mesa. —Está bien. ¿Vas a bajar al club esta noche?
Emily negó con la cabeza, ofreciendo a Sally una pequeña sonrisa. —No, por esta noche yo paso.
—¿Quieres que te mande comida?
—No, me haré un sándwich. Quizá estudie un poco. De pronto me acuesto temprano. —Honestamente, Emily no estaba segura que hacer con su noche. Intentar sacar a Matt Pendleton fuera de su mente, en donde se había instalado desde hacía algunas horas. Ni siquiera una hora de terapia de compras lograría sacar a este hombre de su cabeza, y generalmente esto la calmaba cuando algo le molestaba.
—Está bien entonces. Me voy. —Salí le tiró un beso a Emily mientras salía y Emily se dejó caer de nuevo en el sofá, cuestionándose si había tomado la mejor decisión.
Sally entró a su oficina para revisar sus mensajes antes de bajar. Los viernes por la noche, Salacious era siempre agitado y la media hora antes de abrir eran los últimos minutos de calma que ella tenía antes de que la locura empezara.
Sentada en el borde de la silla de cuero de su escritorio, Sally se puso sus gafas —sus cincuenta años no le habían modificado su ego— y comenzó a tomar nota de los mensajes del buzón que requerían alguna acción. Su atención se despertó por una grave voz masculina y familiar. —Este es Matt Pendleton. Me gustaría ver a Sienna de nuevo. Mi número es 5552486. —Después otro par de mensajes mundanos de proveedores, y seguidamente un mensaje que hizo sonreír a Sally—. Es Matt Pendleton de nuevo. Me gustaría hablar con Sienna. Tú tienes su número. —Después de haber escuchado algunos otros mensajes, Sally rio fuertemente al oír nuevamente la misma voz, la cual sonaba impaciente—. Soy Matt Pendleton. Este debe ser el único maldito sitio de damas de compañía que no responde llamadas un viernes por la noche. Por favor haz que Sienna me llame 5552486.
Era una pena que Emily lo hubiese puesto en la lista de clientes bloqueados, pero siendo consciente, Sally sabía que no tenía muchas opciones. La lista era manejada por Emily, una medida de precaución para que las niñas tuvieran la opción de vetar a sus clientes dado el caso que estos las hicieran sentir incomodas o que se hubieran comportado mal. Sally nunca había quebrantado la lista; si una de las chicas de su pequeño grupo de damas de compañía no quería atender a un cliente, era su decisión y Sally no intervendría. En este caso, Sally se preguntaba si era lo correcto. Matt Pendleton no había hecho nada para hacer infeliz a Emily, la hizo sentir incómoda. No de una mala manera, juzgando por la emoción que Sally pudo percibir en los ojos de Emily.
Recostándose sobre la silla, Sally miró los monitores sobre su escritorio, que mostraban un flujo continuo del club abajo. Ya el bar estaba lleno de clientes y ella realmente necesitaba bajar para recibir y estar entre la gente, pero la situación confusa de Emily le robaba su atención. Sally solo estaba siendo honesta consigo misma y tuvo que admitir, que no quería poner a este hombre en la lista de clientes bloqueados de Emily. Pudiese ser que no fuera un dominante, pero el interés reflejado en los ojos de Emily era difícil de ignorar. Además, él podría aprender a ser dominante; muchas de las personas que visitaban Salacious por primera vez no habían descubierto su verdadera naturaleza, no sin antes haber examinado cuidadosamente su sexualidad y Matt Pendleton podría tener todas las características de un dominante. Era un policía, la mayoría de los policías que Sally conocía era de naturaleza dominante, usaran o no esta característica en el dormitorio.
Golpeando pensativamente el teclado con su esfero, Sally soltó un suspiro. No importaba si Sally pensaba que esto era o no era un error, Emily estaba en su derecho de elegir los clientes que deseaba ver y ella había solicitado que este hombre hiciera parte de su lista de clientes bloqueados. En contra de su propio juicio, Sally cumplió la petición de Emily y lo anotó en los registros. Matt Pendleton no estaría autorizado para ver a Sienna de nuevo, y Sally tomó el teléfono para informarle de su decisión y apaciguarlo con la oferta de otra persona.
Matt golpeó su teléfono celular contra el banco de la cocina, supremamente molesto con la llamada que acababa de recibir. ¡Por el amor de Dios! La mujer había sido amable y educada, pero extremadamente decidida. Sienna no estaría disponible para él en el futuro y esto lo había disgustado al máximo. Era bienvenido a concertar una cita con otra dama de compañía, bla, bla, bla.
El no desea ver a nadie más. Él quería ver a Sienna. No había una razón urgente de su deseo, solo una erección que se negaba a ser domada. Al llegar a casa después del fiasco en el hotel, Matt había inicialmente desechado la idea de volverla a ver. Sus padres estaban cuidando a los niños hasta el domingo por la noche; debería de alejarse por unos días y despejar su cabeza. Esclarecer hacía a donde se dirigía su vida. Entre el trabajo y los niños, no pareciera haber un minuto para él y era abrumador. La tensión de trabajar en homicidios estaba afectándolo, y el estrés a su vez estaba afectando a los niños. Las largas horas, el depresivo trabajo, las fallas del sistema de los tribunales para hacer justicia lo estaban derrumbando y la situación se estaba volviendo imposible como padre soltero. Todos los hijos tenían problemas como consecuencia de la muerte de su madre, y Matt no sabía cómo manejarlo, ni qué hacer con ellos. Caroline había sido el pegamento que mantenía unida la familia, y sin ella todo se había ido al infierno.
La casa vacía se burlaba de él, el fantasma de Caroline una presencia sin fin cuando los niños no estaban allí. Era menos doloroso cuando ellos estaban en el hogar y la casa se llenaba de ruido; con ellos ausentes, la casa que él y Caroline habían construido cuando se casaron por primera vez era una cáscara vacía, una prisión llena de dolorosos recuerdos.
Desde que había llegado a casa de regreso del hotel, Matt ni siquiera había entrado en la sala, en vez de eso paseaba por la cocina como si fuera un extraño en su propia casa. Más de una vez, desde la muerte de Caroline, había pensado en vender y en mudarse, pero los niños eran felices allí, sus escuelas estaban cerca y era un barrio seguro para vivir. Sus vecinos eran agradables, los niños tenían amigos cerca y él sabía que su ya frágil relación con Courtney sería destruida si él sugiriera mudarse.
Probablemente debería llamar a su mamá, ir a recoger a los niños y llevarlos a casa. La idea de estar solo hasta el domingo por la noche era casi insoportable. Podría también llamar a algunos de sus amigos, hacer algunos planes, pero no le gustaba la idea de ser aceptado solo por compasión. Otro problema de ser un viudo eran las invitaciones de amigos, bien intencionados, a cenas en las cuales él era el hombre raro, o invitaciones a fiestas donde era constantemente presionado hacia una mujer soltera que sabían que era “perfecta” para él. Matt se encogió. No, definitivamente no.
Lo que él realmente deseaba era ver a Sienna de nuevo. A pesar de saber que era una prostituta, Matt se dio cuenta de quería verla, hablar con ella de nuevo. Se sintió fascinado por la hermosa joven, quería saber más sobre ella. No quería otra reunión inútil con Sienna en una habitación de hotel.
Él quería llevarla a una cita romántica.
Matt se mordió el labio pensativamente y sacó una cerveza de la nevera. Debía estar loco, ella era una prostituta y él era un policía. Él no sabía nada de ella, aparte del hecho de que tenía un súper cuerpo ardiente y una cara de ángel.
Siguiendo su corazonada, Matt tomó su teléfono celular y marcó un numero familiar, esperando impacientemente mientras comenzaba a repicar.
Paul Meccelli contestó al tercer repique. —Hola amigo. Sin duda estás llamando para agradecerme por los sabios consejos.
—Quiero su número telefónico.
—Tú tienes el número
Matt se mordió los labios para evitar gritarle a su compañero. —No el número de su agencia. Quiero el número con el cual pueda contactarla directamente.
—No puedo hacer eso compañero. —La voz de Paul sonaba alegre, pero Matt notó la precaución en su tomo, que confirmaba sus sospechas. Paul sí tenía el teléfono de Sienna, pero no tenía intención de dárselo a Matt.
—Dame el número por favor Paul. Por favor.
—No puedo Matt. Tienes que llamarla al número telefónico de negocios.
—Ella no va a recibir mis llamadas.
Paul sonó desconfiado con esta respuesta. Más que desconfiado, molesto. —¿Qué le hiciste? —preguntó.
—¡Nada!
—Debiste haber hecho algo para que ella te hubiera puesta en la lista de contactos bloqueados.
—¿De qué? ¿Qué diablos es una lista de contactos bloqueados?
Paul suspiró. —Sally mantiene a sus chicas a salvo y lo más importante, es que les da la opción de elegir a sus clientes. Si a alguna de sus chicas no les gusta un cliente, o se sienten incómodas, pueden solicitarle a Sally que pongan a ese cliente en la lista de contactos bloqueados. A las chicas no se les pedirá de nuevo que atiendan a ese cliente.
—¡Qué diablos! Yo no le hice nada a ella.
nada—¿Nada en absoluto? —Preguntó Paul de forma inocente.
—Eso no es asunto tuyo Meccelli, —gruñó Matt.
—Sí, sí que lo es, si tú la lastimas.
—¿Qué carajos te pasa a ti? ¡Yo no la lastimé! De repente yo soy un maldito paria, y la mujer que maneja el negocio dice que debo elegir a otra persona.
—¡Ah!
Matt se pasó los dedos por el pelo, frustrado. —¿Ah, ah, qué?
—Estás por fuera amigo. Si tú la hubieras lastimado, Sally te hubiera prohibido contratar cualquiera de sus chicas. Obviamente es una decisión que Sienna ha tomado por razones personales.
—Pues bien, quiero conocer esas razones. Dame su número telefónico Paul, —demandó Matt.
—No puedo. Sería una invasión a su privacidad.
—Quiero verla, —insistió Matt, no importándole si sonaba como un idiota—. Tengo que verla, Paul.
Hubo un corto silencio al otro lado de la línea y Matt giró impacientemente la botella de cerveza entre sus dedos, esperando desesperadamente que su compañero comprendiera lo importante que esto era para él, que entendiera que Matt necesitaba ese número. Hizo una mueca, necesitaba desesperadamente ese número, pero no sabía por qué. ¿Qué significaba esa urgencia de ver una mujer con la cual había pasado una tarde desastrosa? ¿Qué diablos le estaba pasando? Tal vez necesitaba visitar un siquiatra.
—Está bien Matt. Tú ganas, te daré el número de su celular, pero tienes que prometerme que no la lastimarás.
—No deberías tener que pedirme eso.
—Sí, si debo pedírtelo. Ella es una buena mujer Matt. ¡Diablos! No sé qué es lo que estás pensando; no tengo ni idea de que es lo que vienes pensando desde que murió Caroline. Te di el número de la línea de negocios de Sienna porque pensé que podría ayudarte a atravesar este momento difícil, pero en todo caso ella es más frágil que tú. Será mejor que te asegures de no hacerle nada que la lastime. Si lo haces, ten por seguro que seré yo quien te patee las bolas.
—De acuerdo, dijo Matt con brusquedad. Ahora dame el maldito número.