Narrador:
Shane abrió los ojos y el dolor del recuerdo lo asaltó como un veneno. El flashback de la carretera nevada y el último aliento de Elena siempre lo dejaba temblando, aunque su cuerpo se negara a mostrarlo. Lo único que le quedaba era el control; el control sobre su entorno y sobre su propio vacío.
La casa era la manifestación física de su luto. Era la mansión de la familia, grande, de piedra y madera noble, ubicada en las afueras boscosas del pueblo. Solía ser un hervidero de risas, especialmente en diciembre. Ahora, era una cripta perfectamente mantenida.
Los pasillos eran silencios helados. No había ni un solo adorno, ni una sola luz parpadeante. Shane había prohibido todo atisbo de festividad; ni siquiera el aroma a pino natural estaba permitido, por si accidentalmente recordaba el olor del aire dentro de la camioneta aquella noche.
Bajó las escaleras de roble, sintiendo el crujido de cada paso bajo su peso. Vestía un traje de negocios caro, una armadura contra el mundo.
Al llegar al final del corredor, la encontró.
La abuela Elvira.
Era la única persona que se negaba a habitar la prisión que Shane había construido. Estaba sentada a la mesa del desayuno, una mesa tan grande que su figura pequeña se veía diminuta. Pero su presencia era monumental. Vestía un suéter de lana color carmesí brillante, un insulto visual a la neutralidad gris que Shane se esforzaba por mantener. Un pequeño ramillete de muérdago colgaba desafiante sobre el umbral del salón. Elvira leía el periódico con sus lentes de montura fina, sorbiendo té de una taza de porcelana que no paraba de emitir vapor.
—Buenos días, Ceniza —dijo ella sin levantar la vista del periódico, usando el apodo que le había puesto por su perpetuo semblante gris.
Shane se deslizó en la silla más alejada. No respondió. No había desayunado caliente en dos años; un batido proteico era todo lo que su garganta helada le permitía tragar.
—La nieve de anoche es preciosa —continuó Elvira con ese tono afilado que indicaba que se acercaba una confrontación—. Pero sabes, la nieve solo se aprecia cuando hay un fuego encendido dentro. Y esta casa... esta casa tiene moho en el alma, Shane.
Shane dejó el vaso con un golpe seco.
—Abuela, ya hablamos de esto. Si quiere una chimenea, enciéndela. Pero deje de hablar del "alma" de la casa. Es una propiedad, y estoy intentando mantenerla estable mientras usted siga viviendo aquí.
—Y yo estoy intentando mantener estable a mi único nieto. Tu luto es un jardín envenenado. Te estás marchitando en él.
Ella finalmente bajó el periódico. Sus ojos, a pesar de la edad, eran tan penetrantes como el hielo.
—He sido paciente. He tolerado tu guerra contra el calendario por dos años. Pero no voy a permitir que te conviertas en una estatua de sal. Necesito ayuda real, Shane. Mi médico dice que necesito asistencia constante.
—Contrate a una enfermera. La pagaré. A tiempo completo. Que venga de lunes a viernes y se vaya a su casa por las noches. —Shane anticipó la siguiente movida y la bloqueó de inmediato—. Y sin cama extra. Que no viva aquí.
Elvira sonrió, una sonrisa pequeña y conocedora que encendió la alarma de Shane.
—Ahí está el problema. Nadie quiere venir hasta aquí en invierno y trabajar solo de día. Necesito a alguien que viva aquí. Alguien que no se asuste de tu cara de funeral. Y no necesito una enfermera, Shane. Necesito una compañía. Necesito vida en esta casa.
El silencio se instaló, tenso y peligroso. Shane sintió el pulso martillando en sus sienes. La vida. Era lo que él había perdido.
—Lo que no necesito es ruido. No necesito gente. No necesito... niños. Mi regla es clara, Abuela. Si hay niños involucrados, la respuesta es no. —Cada palabra era una estaca en el suelo, protegiendo el cementerio que era su corazón.
Elvira simplemente alzó una ceja, volviendo al periódico.
—Ya veremos. Hoy tengo una entrevista. Y créeme, no le pregunté por sus planes de reproducción.
Mientras Shane conducía hacia la ciudad, envuelto en su propia miseria, Sofía estaba al otro lado del pueblo, en el pequeño café "La Taza de Jengibre", lidiando con su propia versión del infierno.
El aroma de café recién molido y las galletas de jengibre era dulce y embriagador, un contraste chocante con el nudo de terror en su estómago. La cafetería era un refugio de luz y color, lleno de guirnaldas y villancicos suaves que apenas lograba silenciar el miedo que la devoraba.
Sofía limpiaba migas de una mesa con movimientos mecánicos, mientras su jefa, una mujer rechoncha y amable, le hacía un gesto desde la barra.
—Sofía, es tu abogado. Suena urgente.
Ella sintió que el aire se le iba de los pulmones. Se disculpó y fue al trastero, cerrando la puerta con pestillo.
—Doctora García, ¿qué sucede?
La voz de la abogada era grave.
—Sofía, tu exesposo, Marco, ha vuelto. Ha presentado una moción de emergencia. Alega abandono de hogar, inestabilidad financiera y, lo que es peor, falta de residencia fija y entorno estable para la menor.
El corazón de Sofía se convirtió en un tambor de guerra en su pecho. Lía. Su Lía. Su única razón para respirar.
Había huido de Marco un año atrás, un hombre posesivo y violento que no quería a su hija, pero que la usaría como arma para controlarla.
—No tengo nada fijo, Doctora. No puedo pagar el alquiler más que de mes en mes. ¿Y si me la quita?
—Es muy posible. Necesitamos demostrar estabilidad, Sofía. Un trabajo formal, un sueldo decente y una residencia estable. Necesitamos esto antes de la audiencia de la próxima semana.
Sofía colgó el teléfono, sintiendo náuseas. Miró a su cartera donde tenía una foto desgastada de Lía, sonriendo con un sombrero de Papá Noel. No podía dejar que Marco le arrebatará esa sonrisa. Su hija era una llama, y Marco, una bocanada de aire frío que amenazaba con extinguirla.
De vuelta a la barra, su jefa notó sus ojos rojos.
—¿Problemas con el demonio de tu ex? Mira, te conseguí una entrevista. Es urgente, la mujer me llamó esta mañana. Es un trabajo de compañía para una anciana, la abuela de Shane Vans. Bien pagado. Y lo mejor: residencia incluida. Es una casa grande en las afueras, un lugar seguro.
Sofía parpadeó. ¿Residencia? ¿Estabilidad? Era la respuesta a su oración más desesperada. El precio era la soledad de las afueras, pero la recompensa era Lía.
—Lo tomo. ¿Cuándo es la entrevista?
—Ahora —Respondió la mujer.
La tarde cayó sobre la mansión de los Blackwood como un sudario.
Shane regresó exhausto de una reunión de negocios, el frío exterior penetrando hasta los huesos. Abrió la puerta y el silencio lo recibió, pesado y familiar. Dejó su portafolio en el suelo con un golpe indiferente.
Pero había algo diferente.
En la mesa del vestíbulo, junto al jarrón vacío que él mantenía, había un par de guantes pequeños de color rosa, empapados. Eran de niña.
Su respiración se cortó. El pánico del recuerdo regresó, más frío que la nieve.
Elvira salió del salón, su rostro era ilegible, pero sus ojos brillaban con una victoria apenas contenida.
—Tarde. Deberías haber llegado antes, Ceniza.
—¿Qué es esto? —Shane señaló los guantes, su voz peligrosamente baja.
—Una evidencia. Acabo de tener una entrevista con la señorita Sofía. Y con su hija, Lía. Es una mujer encantadora, fuerte, y su hija... bueno, es una maravilla.
Shane sintió que la sangre se le helaba. La rabia, el dolor y la traición se mezclaron en un cóctel tóxico.
—Me desafiaste. Te dije no niños. Lo sabes. Sabes lo que significa.
—Sé lo que significa, Shane. Significa que tienes miedo de que una niña te recuerde lo que perdiste. Pero también significa que estoy cansada de ver cómo te pudres. Ella tiene experiencia, necesita un lugar seguro, y yo necesito que alguien ponga vida en esta casa antes de morir de tristeza.
Shane se acercó a ella. Su altura lo hacía intimidante, pero Elvira nunca retrocedía.
—Despídela ahora sí quieres. Pero te aseguro que me iré de esta casa. Y haré lo posible por venderla, no tendrás más este lugar, este "santuario" que has convertido en tu tumba. ¿Qué vale más, Shane? ¿Tu promesa absurda a la muerte, o el último vínculo tangible con tu vida anterior?
—Elvira golpeó la mesa con el puño.
Shane se quedó inmóvil. Perder la casa era perder el último escenario que compartió con Elena, el último lugar donde su risa había rebotado en los muros. Perder el hogar era perder hasta el recuerdo.
Su cuerpo temblaba de ira contenida. Se inclinó, forzando las palabras a través de los dientes apretados.
—Bien. tu ganas, está contratada.
Elvira sonrió con tristeza.
—No he ganado yo, querido. Ha ganado la vida.
—Pero yo pongo las reglas. —Shane se enderezó, imponiendo su propia versión de la derrota—. Que venga mañana. Pero escúchame bien: Ni un solo adorno. Cero villancicos. La niña se mantiene alejada de mí y de mis pertenencias. Y si menciona la Navidad, la despides en el acto. ¿Entendido?
Elvira asintió, su victoria ahora teñida de preocupación.
Shane tomó sus llaves del coche. No podía estar en esa casa, no esta noche. Salió a la calle nevada. La nieve caía con el mismo silencio cómplice que había tenido hace dos años.
Mañana, su luto se acabaría. Mañana, la vida iba a invadirlo. Y Shane solo podía sentir el temor frío de saber que, en el fondo, su abuela tenía razón: la guerra contra el calendario había terminado. Mañana una niña y su madre llegarán para deshelar cada copo de dolor, lo quisiera o no.