~Dolorosa Nochebuena~
Narrador:
"Dos diciembres. Setecientos treinta días y la nieve sigue cayendo como ceniza sobre un recuerdo. Se suponía que la Navidad era luz, promesa, una canción. Para mí, es el eco de un silencio que lo abarca todo, y el recordatorio punzante de lo que nunca fue. No quiero que nadie la celebre. No aquí. No más."
La luz grisácea de la mañana de diciembre era una burla. Una iluminación tenue, sin promesa, que apenas lograba abrirse paso a través de las cortinas pesadas de terciopelo. Shane se despertó con el mismo peso plomo en el pecho de los últimos dos años, un dolor físico que se había fusionado con su esternón. No era el frío de la casa; era el frío del recuerdo.
El reloj digital marcaba las 6:00 a.m. del 1 de diciembre, el preámbulo de otra temporada que no merecía ser llamada "fiesta". Se levantó, ignorando la punzada sorda en su rodilla, una cicatriz física que no era nada comparada con el cráter emocional.
Y entonces, sin previo aviso, la realidad se resquebrajó.
La familiaridad de la rutina matutina fue invadida por un olor a gasolina y nieve derretida. El presente se desvaneció. Se encontró de vuelta en aquel asiento, en el eco de una risa que ya no existía.
DOS AÑOS ATRÁS. NOCHEBUENA.
El olor a pino fresco de los árboles que bordeaban la carretera se mezclaba con el aroma dulce del perfume de Elena. Esa noche, el aire dentro de la camioneta era un refugio cálido contra la ventisca que se desataba afuera. La calefacción zumbaba suavemente, y el cristal del parabrisas apenas podía seguirle el ritmo a la nieve que caía con rabia.
La mano de Elena estaba posada en su muslo, un tacto tibio. Llevaba puesto el gorro de lana que él odiaba, pero que a ella le daba un aire de niña. Estaban volviendo de la cena familiar; la última gran noche de la temporada antes de la calma sagrada de la mañana de Navidad.
Ella se rió, y el sonido vibró en el esqueleto de Shane. Se sentía invencible. Estaban en ese momento perfecto en el que la vida finalmente hace clic:
Una casa pagada, una carrera estable, un amor indestructible. Y el vientre. Faltaban seis semanas.
—¿Te imaginas la cara de papá cuando vea que le hemos regalado ese viaje a Hawái? —dijo Elena, su voz felizmente pastosa por las dos copas de vino tinto que había tomado.
—Va a llorar —confirmó Shane, sonriendo, sin quitar los ojos de la carretera.
—Y la que va a llorar soy yo si no llego a casa y me pongo esa bata que huele a canela —replicó ella, apretándole el muslo con cariño.
Shane se giró un instante para mirarla. La luz de la luna, filtrada por las nubes densas, le dio un brillo plateado a su rostro. La imagen era tan perfecta que casi le dolió. Su esposa, su hijo, la promesa del futuro.
Y entonces, el infierno.
La masa oscura irrumpió desde la derecha, un fantasma de terror. No fue un borrón rápido. Fue una mole congelada en los faros, demasiado grande para ser solo un ciervo, demasiado aterrador. Un alce, quizás. No importaba. En un segundo fugaz, Shane vio la mirada ciega del animal, el terror reflejado en el cristal.
El grito fue solo un reflejo. Él giró el volante con una violencia desesperada, intentando evitar la colisión.
El auto, ya pesado, encontró el parche de hielo bajo la nieve. El control se esfumó. El mundo se convirtió en un ruido ensordecedor que se tragó todos los demás sentidos: el crujido metálico que perforaba los tímpanos, el estallido de un airbag, el rasguido horrible del metal raspando el asfalto.
Luego, un silencio brutal.
Shane colgaba. El cinturón de seguridad se hundía dolorosamente en su hombro y pecho. Tenía la cabeza ladeada contra el techo (que ahora era el suelo). Las luces del salpicadero parpadeaban frenéticamente, muriendo.
El aire. Quiso respirar y solo tragó polvo de cristal. El olor a anticongelante y gasolina era espeso.
Lo primero que buscó fue el movimiento. La mano de Elena. No la vio.
—¡Elena! —Su voz era un graznido ahogado.
El pánico se apoderó de él con garras de hielo. Su propia puerta estaba doblada, pero logró patearla hasta abrirla, arrastrándose fuera del amasijo de metal. Estaba magullado, sangrando por la frente, pero podía moverse. Eso era lo único que importaba.
Vio la camioneta, volcada sobre el lado del pasajero, hundida en la zanja nevada.
Llegó gateando hasta su lado del coche. La ventana de Elena ya no existía. Había sido reemplazada por un nido de metal retorcido que la había aprisionado.
—Shane... estoy aquí —su voz era un susurro húmedo, casi una burla a la fuerza con la que había reído minutos antes.
Se inclinó, metiendo la cabeza por el hueco. La imagen lo golpeó con la fuerza de un rayo. Estaba atrapada. Su rostro era pálido, casi transparente en la oscuridad. Él vio el shock en sus ojos, pero lo que lo rompió fue la calma antinatural con la que lo miró. Y luego, vio la mancha. En su vientre. En la nieve. Un rojo oscuro, un augurio imposible de ignorar.
—Voy a sacarte —murmuró, la saliva espesa. Su mente ya estaba dividida entre el pánico primitivo y el protocolo médico que había aprendido hacía años.
Intentó tirar de la puerta. Era inútil. El metal se había fusionado.
—No. No intentes, mi amor. Es demasiado tarde —dijo Elena, y esa aceptación hizo que el terror de Shane fuera absoluto.
—¡No! ¡La ayuda está en camino! ¡Llamé! ¡Aguanta! ¡Por favor, por nuestro hijo!
Él le agarró la mano. Su piel estaba fría, pero su agarre era firme.
—Shane, escúchame. No hay tiempo. Ya lo sé. Está nevando. El camino... va a tardar. —Su voz era cada vez más baja. Su aliento se volvía superficial, una serie de jadeos espaciados.
—Quiero que sepas... que te amo. Te amo más que a todo este mundo. Eres mi hogar. Siempre lo fuiste. Fui muy feliz. Esta... Esta fue la mejor Navidad. El mejor regalo.
Las palabras eran dagas. Era una despedida. El terror se convirtió en una furia sorda contra la injusticia, contra la nieve, contra el destino, contra sí mismo por no haber conducido más despacio.
—¡No hables así! ¡Te lo prohíbo! No me dejes, Elena. ¡Te lo ruego! El bebé... tienes que conocer a nuestro bebé. ¡Te prometo que vamos a salir de esto!
Ella sonrió. Era una mueca, una contracción de dolor que intentaba ser una sonrisa de paz.
—El frío... se siente. —Se estremeció. Luego, la súplica, el testamento que lo condenaría: —Encuentra la felicidad, Shane. No te quedes aquí. No te quedes en este momento. Tienes que seguir adelante. Tienes que... tienes que encontrar a alguien que te ame, que te recuerde cómo es la luz.
Su agarre se aflojó. El brillo en sus ojos se opacó, como si alguien hubiera apagado una vela detrás de ellos. Su última exhalación fue un suspiro débil que se desvaneció en el aire helado, llevándose consigo la promesa de un futuro, la risa de un hijo y la luz de Shane.
Gritó. Un grito primitivo, desgarrador, que se tragó el silencio de la nieve. Gritó el nombre de Elena una y otra vez, golpeando el metal congelado con sus puños ensangrentados. No escuchó las sirenas. Solo escuchó el silencio de ella.
Cuando los paramédicos lo apartaron del coche, se negó a soltar su mano. Pero lo obligaron a hacerlo. Lo inmovilizaron contra el capó frío de la camioneta.
Vio las luces de la ambulancia, parpadeando contra la nieve. Vio las luces navideñas de las casas lejanas, destellando con una cruel indiferencia. Luces. Promesas. Alegría.
Mentira, todo eso era mentira.
Mientras la ambulancia se llevaba un cuerpo envuelto y la promesa muerta de un niño, Shane juró. Juró sobre la nieve que manchaba su ropa y sobre el dolor que le desgarraba el alma:
“Nunca más.”
La Navidad era la asesina.
Y la promesa de Elena de que debía ser feliz se convirtió en la carga más pesada de su vida. Él se negó. Permanecería aquí, en este frío, en este silencio, para siempre.
PRESENTE.
Shane se sentó en la cama. El dolor no era un recuerdo, era la realidad.
Se dirigió al baño, mirando su reflejo: un hombre tallado en piedra, con el ceño fruncido permanentemente. Hoy iniciaba la burla a su pesadilla.
Su abuela, la única persona en el mundo que se negaba a respetar su luto. La única persona que estaba a punto de irrumpir en su promesa con una camarera necesitada y una niña con ojos demasiado brillantes. Una niña que, sin saberlo Shane, traería la luz de vuelta a la casa que él había condenado al invierno eterno.