POV SHANE El lunes por la mañana llegó como un verdugo, arrastrando la promesa de la rutina y el recuerdo punzante de mi fracaso. El fin de semana había sido un desierto. La casa, que ya era un mausoleo, se sentía ahora como una tumba sellada. El silencio, antes mi único consuelo, me gritaba. Me gritaba el nombre de Lía. Me gritaba que yo era un monstruo. Me había levantado con la angustia del remordimiento apretándome el pecho. No podía borrar el recuerdo de su carita descompuesta, del miedo en sus ojos cuando yo, el hombre que supuestamente debía protegerla de los monstruos, me había convertido en uno. Por algún motivo que mi lógica empresarial y mi luto no lograban descifrar, sentía una ansiedad inusual. No era la urgencia de trabajar; era la necesidad de que volvieran, de ver a

