El beso se convierte en un huracán. Manson no es gentil, nunca lo ha sido. Es como si intentara demostrar algo con cada movimiento, con cada roce de sus labios. Su mano se aferra a mi cintura, y por un instante, el mundo entero desaparece. Todo lo que queda es él, su sabor, su calor, y esa sensación vertiginosa de estar cayendo al vacío.
Pero como todo huracán, el caos no tarda en arrasar con todo. Manson se separa de golpe, respirando con dificultad, y sus ojos se clavan en los míos como si buscara algo, una respuesta que no sé si puedo darle.
—Esto no puede seguir así. —murmura, pero el peso de sus palabras es como un golpe en el pecho.
—¿Qué querés decir? —Mi propia voz tiembla, y odio que pueda ver cuánto me afecta.
—Vos sabés lo que quiero decir, Emma. —Manson da un paso hacia atrás, como si necesitara poner distancia entre nosotros para no perder el control. —No puedo seguir arrastrándote a mi mierda. No es justo para vos.
—¿Y creés que ahora te importa lo que es justo para mí? —escupo, mi tono cargado de una mezcla de ira y desesperación. —Si de verdad te importara, no hubieras aparecido en mi vida en primer lugar.
—No fue mi elección. —Manson suelta una risa amarga, pasando una mano por su cabello oscuro, despeinándolo aún más. —Vos sabés que no puedo alejarme de vos, Emma. Pero cada vez que me acerco, te lastimo. Y ahora... con todo lo que está pasando...
—¿Qué está pasando, Manson? —Lo interrumpo, dando un paso hacia él. Mis manos tiemblan, pero las aprieto en puños, tratando de mantenerme firme. —Decime la verdad. Estoy cansada de los secretos, de las medias tintas. Si querés protegerme, como decís, entonces empezá por ser honesto conmigo.
Manson se queda en silencio, su mandíbula apretada. Es un hombre acostumbrado a callar, a esconderse detrás de sus secretos y su dureza. Pero hay algo en mis palabras que lo sacude, que lo obliga a mirarme de una manera diferente.
—No es tan simple, Emma. —su voz suena derrotada. —Hay cosas que no podés entender. Cosas que...
—¡Intentá explicarlas! —lo interrumpo, levantando la voz. Siento lágrimas ardiendo en mis ojos, pero las ignoro. —Por una vez, dejá de decidir por mí. Dejame elegir si quiero o no seguir a tu lado, a pesar de todo.
Él me mira durante un largo momento, como si estuviera librando una batalla interna. Suspira y desvía la mirada, como si le costara demasiado sostenerme la vista.
—Está bien. —Su voz es baja, pero firme. —Te lo voy a contar, pero no acá. Vení conmigo.
—¿A dónde? —pregunto, mi corazón latiendo con fuerza.
—A un lugar seguro. —Sus ojos vuelven a encontrar los míos, y esta vez, no hay rastro de duda en ellos. —Si vamos a hacer esto, no quiero que nadie más escuche. Sobre todo, ellos.
—¿Ellos? —repito, confundida, pero antes de que pueda decir algo más, Manson toma mi mano y me guía hacia su auto.
El trayecto es tenso, cargado de un silencio que parece más pesado con cada minuto que pasa. Manson no dice nada, sus ojos fijos en la carretera, pero sus manos están tan tensas sobre el volante que los nudillos se le ponen blancos. Yo tampoco hablo, porque no sé qué decir. Una parte de mí está aterrorizada por lo que pueda contarme. Otra está desesperada por saberlo todo.
Llegamos a un edificio viejo en las afueras de la ciudad. Es un lugar discreto, casi abandonado, pero hay algo en la forma en que Manson lo observa que me dice que este lugar significa algo para él.
—¿Qué es este lugar? —pregunto mientras bajo del auto.
—Un refugio. —Es lo único que dice antes de caminar hacia la puerta.
El interior es tan sombrío como el exterior. Las paredes están cubiertas de pintura descascarada, y el suelo de madera cruje bajo nuestros pies. Pero hay algo más. Algo que no puedo identificar pero que me pone la piel de gallina.
Manson me guía hacia una pequeña sala con un sofá gastado y una mesa llena de papeles. Se sienta y me señala el sofá frente a él.
—Sentate. —Su tono no es una orden, pero tampoco deja espacio para discutir.
Lo obedezco, y espero. Manson se pasa una mano por el cabello, claramente nervioso, algo que no estoy acostumbrada a ver en él.
—Lo que te voy a decir... cambia todo. —Empieza, su voz baja. —Y una vez que lo sepas, no hay vuelta atrás.
—Ya te lo dije, Manson. Estoy cansada de los secretos. —Cruzo los brazos, tratando de aparentar una confianza que no siento. —Contame de una vez.
Él asiente lentamente, como si estuviera preparándose para algo.
—¿Te acordás de esa noche? —empieza, sus ojos oscuros fijos en los míos. —La noche en que me viste en el bosque, enterrando algo.
Mi corazón se detiene por un segundo. Claro que me acuerdo. Es una imagen que nunca pude borrar de mi mente, aunque me esforcé mucho por hacerlo.
—Sí. —Mi voz es apenas un susurro. —¿Qué tenía que ver eso conmigo?
Manson respira hondo, como si le costara juntar las palabras.
—No estaba enterrando algo, Emma. Estaba enterrando a alguien. A mi padre. —Su confesión cae como una bomba, y por un momento, no sé cómo reaccionar.
—¿Tu... tu padre? —repito, incapaz de procesar lo que acaba de decir.
—Sí. —Su voz es baja, pero hay un temblor en ella. —Él... te iba a lastimar, Emma. Esa noche, él estaba borracho, fuera de control. Cuando vi lo que quería hacerte, no lo pensé. Solo actué.
Las palabras de Manson golpean mi mente como un trueno, y siento que el suelo bajo mis pies desaparece. El hombre que amé, el hombre que todavía amo, mató a su propio padre… por mí.
—¿Por qué nunca me lo contaste? —pregunto, mi voz rota.
—Porque sabía que si lo hacía, te perdería. —Sus ojos están llenos de una vulnerabilidad que nunca había visto antes. —Y porque pensé que podría protegerte de mi pasado. Pero ahora... ya no estoy seguro de nada.
El silencio que sigue es abrumador. Todo lo que creía saber sobre Manson, sobre nosotros, se derrumba en un instante. Y mientras intento juntar las piezas de lo que queda, solo sé una cosa con certeza: ya no hay marcha atrás.