Lo que siento por Manson es como un fuego que nunca se apaga, siempre ardiendo, siempre devorándome. Cuando me separa de él, apenas puedo pensar. Mis labios todavía tiemblan de la intensidad, mi cuerpo pidiendo más, exigiendo más. El aire entre nosotros parece denso, cargado de electricidad, como si en cualquier momento todo pudiera estallar de nuevo. Manson me observa en silencio, sus ojos tan oscuros que me siento atrapada en su mirada. No dice nada, pero hay algo en su expresión que me desconcierta. Está… preocupado, o al menos, eso es lo que quiero creer. En su rostro se dibuja una sombra de duda, como si realmente estuviera luchando con lo que acaba de suceder, pero luego se desvanece en su frialdad habitual. —Esto no debería estar pasando, Emma —dice, con una voz que, a pesar de se

