El pasillo nos lleva a una escalera de metal que chirría bajo nuestros pies, y luego salimos a una azotea. La vista de la ciudad es impresionante: las luces titilantes se extienden hasta donde alcanza la vista, como un mar de estrellas urbanas. Manson suelta mi mano y camina hacia el borde del edificio, donde se apoya contra la barandilla. Hay algo inquietantemente sereno en él, como si este fuera su refugio, el único lugar donde puede bajar la guardia. —Ven acá —dice, sin volverse hacia mí. Vacilo por un momento, pero luego camino hacia él. Cuando estoy a su lado, se inclina hacia mí, lo suficientemente cerca como para que pueda ver las sombras bajo sus ojos, los rastros de algo que nunca compartirá por completo. —¿Por qué me trajiste aquí? —pregunto, mi voz apenas un susurro. Él me

