El silencio se alarga entre nosotros, pesado, casi insoportable. Manson se aleja apenas unos pasos, pasando una mano por su cabello oscuro, en un gesto que delata su frustración. Lo observo en silencio, esperando, dándole el espacio que parece necesitar, aunque por dentro me carcome la ansiedad. Se da vuelta para mirarme, sus ojos atrapándome como siempre, pero esta vez hay algo distinto: miedo. —Emma… —empieza, con una voz más baja de lo habitual—. Hay cosas que vos no sabés, cosas que hice… —¿Qué cosas? —lo interrumpo, adelantándome un paso hacia él. —Dejá que termine, por favor. —Su tono es firme, pero no duro. Hay una súplica escondida en su voz que me obliga a callar. Se sienta en el borde de un viejo escritorio que ocupa el centro de la habitación. Cruza los brazos y baja la mir

