Manson acelera el auto, el motor rugiendo como un animal herido mientras atravesamos las calles desiertas. La frialdad de sus palabras todavía resuena en mi cabeza, una y otra vez, como un eco interminable: Te quieren a vos también. —¿Por qué yo? —pregunto tratando de que mi voz no tiemble tanto. Él no responde al instante. Su mandíbula se tensa, sus dedos tamborilean contra el volante, y durante unos segundos el único sonido es el del motor y el viento que golpea contra las ventanas. —Porque te metiste conmigo —dice con una voz baja y cargada de rabia contenida—. Y porque saben que sos mi debilidad. El peso de sus palabras me golpea con una mezcla de temor y… algo más. Algo que no quiero admitir. —¿Tu debilidad? —repito, como si necesitara oírlo de nuevo para creerlo. Manson suelta

