El silencio en el auto es asfixiante mientras Manson conduce a través de un camino secundario, apenas iluminado por los faros. Slater, sentado en el asiento trasero, permanece alerta, con una mano cerca de la pistola que lleva oculta en el abrigo. Yo no puedo dejar de observar a Manson, tratando de leer algo, cualquier cosa, en su rostro, pero su expresión es un muro impenetrable. —¿Adónde vamos ahora? —pregunto, rompiendo el silencio. Mi voz suena más segura de lo que me siento, pero tengo que saberlo. No puedo seguir dejándome arrastrar sin respuestas. —A un lugar seguro —responde Manson, sin apartar la vista de la carretera. —¿Y eso qué significa? ¿Otro escondite improvisado? ¿O vas a explicarme de una vez qué está pasando? —insisto, con un filo en mi tono. Manson deja escapar un la

