Unos faros atraviesan la oscuridad, seguidos por el rugido de motores. Dos camionetas negras llegan al claro, y de ellas bajan hombres armados hasta los dientes. No son aliados de Manson. —Emma, vayámonos ahora —murmura Slater, que aprovecha el momento para arrastrarse hacia mí. —¿Quiénes son ellos? —pregunto, mi voz apenas audible. —Problemas más grandes que él. Manson parece darse cuenta de que la situación ha cambiado. Sus ojos se clavan en los míos una vez más, y aunque su expresión sigue siendo calmada, puedo ver la furia detrás de su mirada. —Esto no ha terminado, Emma. Volveremos a vernos. —Espero que no —respondo, sin bajar el arma. Con un movimiento rápido, él hace una señal a sus hombres, y todos se retiran hacia el bosque mientras los recién llegados toman posición. —¡Em

