El peso de sus palabras me aplasta el pecho, como si el aire se hubiera vuelto demasiado espeso para respirar. Lo miro, y de pronto es como si estuviera viendo a un completo extraño. Manson, el hombre que nunca bajaba la guardia, el que siempre controlaba todo, ahora parece vulnerable, casi... roto.
—Decime que esto es mentira. —susurro, apenas audible, pero suficiente para llenar el espacio entre nosotros.
—Ojalá pudiera. —Manson se pasa una mano por la cara, sus ojos oscuros brillando con algo que parece una mezcla de culpa y desesperación. —Pero no lo es. Esa noche... Esa noche lo cambió todo.
Me levanto del sofá de golpe, como si quedarme quieta fuera a hacerme explotar. Camino por la habitación, mis pensamientos corren en círculos. Cada paso es un intento fallido de procesar lo que acaba de confesarme.
—No puedo... no puedo creerlo. —Me giro hacia él —¿Me estás diciendo que mataste a tu padre? ¿Por mí?
Manson se pone de pie también, aunque mantiene la distancia. Su postura sigue siendo tensa, como si estuviera listo para soportar el golpe que sabe que se avecina.
—Sí. —La palabra cae como una sentencia. Directa. Fría. Sin espacio para malentendidos.
—¡Es que no lo entiendo! —grito, mi voz se quiebra al final. Las lágrimas empiezan a correr por mis mejillas, pero no me importa. —¿Qué daño él podría hacerme.
—¡No tenía elección, Emma! —responde, alzando la voz por primera vez. Su control se desmorona, y por un momento, veo al verdadero Manson, al hombre detrás de la máscara. —¿Qué querías que hiciera? ¿Dejar que te lastimara? ¿Que te destruyera?
—No lo sé. —Sacudo la cabeza, dando un paso hacia atrás. —Pero esto... esto es demasiado.
—¿Demasiado? —Manson suelta una risa amarga, clavándome la mirada. —¿Y qué esperabas? ¿Que mi vida fuera perfecta? ¿Que no hubiera oscuridad?
—Esperaba que confiaras en mí. —Mi voz se suaviza, aunque el dolor sigue ahí, latiendo con fuerza. —Esperaba que me dijeras la verdad desde el principio.
Él se queda en silencio, como si no tuviera una respuesta para eso. Y tal vez no la tiene, porque sabe que tengo razón.
—Nunca quise arrastrarte a esto. —su voz es un murmullo, apenas audible. —Pero ahora... ahora ya no hay forma de salir.
—¿Qué querés decir? —Lo miro, sintiendo que hay algo más, algo peor, que todavía no me ha dicho.
Manson se pasa una mano por el cabello, su expresión endureciéndose de nuevo. Es como si hubiera vuelto a ponerse la máscara, esa barrera que lo mantiene alejado de todos.
—Mi padre no era cualquier hombre, Emma. —Sus palabras son lentas, como si nada una le costara un esfuerzo. —Estaba metido en negocios sucios, con gente peligrosa. Y cuando lo maté, ellos lo notaron.
—¿Ellos? —repito, mi voz está temblando.
—La mafia. —La palabra queda suspendida en el aire, como un cuchillo afilado. —Él les debía dinero. Mucho dinero. Y cuando desapareció, empezaron a hacer preguntas.
—¿Y ahora te están buscando? —Mi corazón late con fuerza, el miedo está empezando a instalarse en mi pecho.
—No solo a mí. —Manson me mira con una intensidad que me hace retroceder un paso. —A vos también.
—¿A mí? —El pánico en mi voz es evidente, pero no puedo evitarlo. —¿Qué tengo que ver yo con esto?
—Ellos saben que estás conmigo. —Su voz es grave, seria, y no deja espacio para dudas. —Y creen que vos sabés algo, que podrías ser una amenaza.
—Esto no puede estar pasando. —Me llevo las manos a la cabeza, intentando procesar lo que acaba de decir. —No puedo creer que me hayas metido en esto, Manson.
—No quería hacerlo. —Su voz se quiebra por un instante, mostrándome algo de la culpa que lleva encima. —Pero ya no hay vuelta atrás.
—Siempre decís eso. —Lo miro, con lágrimas corriendo por mi rostro. —"No hay vuelta atrás". ¿No entendés que yo no quería esto? Yo no quería ser parte de tu mundo.
—Lo sé. —Manson da un paso hacia mí, sus ojos llenos de algo que no puedo identificar. —Y por eso tengo que sacarte de él.
—¿Qué? —Mi corazón se detiene por un instante.
—Tenés que irte, Emma. —Su voz es firme, pero hay una tristeza en ella que lo traiciona. —Lejos de acá, lejos de mí. Es la única manera de mantenerte a salvo.
—¿Y qué hay de vos? —pregunto, mi voz temblando. —¿Qué vas a hacer?
—Yo voy a arreglar esto. —Manson desvía la mirada, como si no pudiera enfrentarse a mis ojos. —Voy a hacer lo que sea necesario para que ellos te dejen en paz.
—No te voy a dejar. —Doy un paso hacia él, mi voz está llena de seguridad. —No voy a desaparecer mientras vos te enfrentás a todo esto solo.
—Emma, por favor. —Manson extiende una mano hacia mí, pero no se atreve a tocarme. —Si de verdad te importo, tenés que hacerme caso.
—No. —Sacudo la cabeza, sintiendo que el miedo empieza a transformarse en algo más. En rabia. En seguridad. —No voy a dejar que decidas por mí otra vez, Manson.
Él me mira, y por un momento, parece que va a decir algo. Pero entonces suspira y se aparta, como si supiera que no puede ganar esta pelea.
—Entonces tenemos que actuar rápido. —Su tono cambia, volviéndose más frío, más calculador. —Si vamos a enfrentarnos a ellos, necesitamos un plan.
—¿"Ellos"? —pregunto, cruzándome de brazos.
—Los hombres de mi padre. —Manson se endereza, su postura está recuperando la firmeza. —Y créeme, Emma, no son el tipo de personas con las que querés cruzarte.
Me quedo mirándolo, sabiendo que mi vida nunca volverá a ser la misma. Pero en el fondo, también sé algo más: aunque esté aterrada, aunque no confíe del todo en él, no puedo dejarlo solo. No ahora.