—Te dije que no comieses aquí, joder —le repito al imbécil de mi amigo Álex cuando saca un bocadillo de su maletín y le empieza a morder. —Es la hora de comer, ya me rugen las tripas. —Que me da igual, no llenes de migas a mi bebé. —Tú le has llenado de cosas peores, ¿y te preocupan las migas? —Este coche es sagrado, no le he manchado nunca con nada. —Antes de llover, siempre chispea tío. —Eso se dice cuando dejas embarazada a una mujer en la marcha atrás. —Ya, pero como le has llamado bebé a un vehículo feo, me pegaba la referencia. —¡¿Has dicho que mi coche es feo?! —Sí. —¡Sal ahora mismo de aquí! —Pero si me has obligado a venir contigo, ¿ahora me echas? —¡Sí! ¡Fuera de mi coche! —Vale, me voy a comer con Celia. —No, espera —le detengo sujetando su brazo—. Que si me quedo

