Capitulo IV “Té de salvación”

1020 Words
-Le ruego que olvide mi propuesta – exclamó él sin siquiera voltear a mirarme, en ese instante mi cuerpo se sintió helado, lo había arruinado, pude haber detenido todo en un instante, pero fui extremadamente egoísta – también puede olvidar la guerra – agregó antes de salir del castillo. Corrí hasta la entrada para verlo una vez más, no entendí lo que quiso decir hasta el momento en que ordenó a sus tropas retirarse, diciendo «La guerra no tiene sentido, es para locos y fanáticos, vámonos a casa» papá llegó junto con mi hermano y su tropa de caballeros a la mañana siguiente, podía escucharlo desde mi habitación gritar. -Han muerto en batalla la mitad de nuestros hombres para nada – se le escuchaba colérico. Bajé las escaleras como de costumbre, con la misma sutileza y gracia con la que las había bajado desde que aprendí a caminar de manera adecuada. Podía ver a mi padre y a mi hermano, parecían molestos, agotados, definitivamente no estaban hechos para pelear, solo para gobernar y ordenar a otros, no les quito méritos por ello, también se requiere talento para ser un buen líder. -¿Y tú? ¿Qué es lo que has hecho? Por donde pasábamos han gritado tu nombre y no los nuestros, han aplaudido tu victoria y no nuestra batalla, parece que tu único deseo es avergonzar a nuestra familia – comenzó a decirme papá apenas se percató de mi presencia. -¿Qué hice? Me parece que tomé el té y pedí misericordia – contesté con total calma. Los días transcurrían de manera tranquila, sin embargo una carta haría que todos los reinos se estremecieran, mamá estaba completamente anonadada mientras leía, pues, Smarágdi estaba preparando un gran baile para la semana siguiente. -No existen bailes como esos – decía mamá como si flotara en un sueño – no ha habido palacio más hermoso sobre la tierra, ni gente tan bien educada, mucho menos tanto servicio y flamas doradas. -Creí que el reino de Smarágdi era pobre – comentó Bastián confundido. -Te equivocas, hijo. Son pobres, pero eran uno de los reinos más prósperos en su época, su nombre se debe a que son los principales productores de esmeraldas en el mundo, sin embargo, básicamente su economía estaba basada exclusivamente en la piedra preciosa, lo que hizo que los otros reinos dejaron de comprarles, de esta manera se vieron obligados a rebajar el precio de lo que es su única fuente de ingreso. A pesar de lo valiosas y hermosas que son, no debieron depender tanto de ellas – expuso mamá con completa confianza. Debido al baile la hermana de mamá vino a pasar unos días con nosotros, la tía Anette era una persona bastante complicada, tenía un buen corazón, pero también una gran boca que no sabía cerrar, su esposo Arthur por el contrario era callado y casi siempre pasaba desapercibido, mis dos primas Camile y Celine eran idénticas a su madre, hablaban tanto que a veces deseaba mandarlas a la horca, teniendo casi seguro que después de muertas seguirían hablando la una con la otra y sus cabeza serían utilizadas para atormentar a los peores criminales. -Me han dicho que el príncipe Dante estuvo tomando el té con Colette – comentaba la tía Annette a mamá. -Si, han tenido un pequeña plática sobre la situación que aquejaba a nuestros reinos – contestó mi progenitora. -Y ha sido tu hija quien ha acabado con la guerra, así, como si nada – replicaba la tía dando un sorbo de su taza. -Yo he escuchado que el palacio de Smarágdi no tiene comparación en el mundo, que tanto lujo solo se lo pueden permitir ellos – agregaba Camile. -¿Es el príncipe tan hermoso como se rumorea? – se dirigió Celine hacia mí en ese instante. -Es un hombre agradable, educado y sí, bastante apuesto dentro de lo que cabe – contesté casi sin pensar. La mayor parte del tiempo no estaba prestando atención a su conversación, no entendía porqué mis hermanos no debían soportar aquella tortura y yo sí. -¿Crees que el príncipe esté interesado en casarse? – preguntó la tía abruptamente. No pude evitar evocar el recuerdo de aquella noche, él sin lugar a dudas era el sueño de la mayoría, sin embargo no pude imaginarlo como mi esposo, quizás porque no lo conocía o porque en ese momento era más bien mi enemigo. -No mencionó nada al respecto según recuerdo – contesté fríamente. -No es de extrañar – interfirió Camile – se dice que es un amargado, que no tiene intenciones de desposar a nadie y que probablemente nunca lo hará. -Es una verdadera lástima – acotaba la tía Annette. El sastre de la familia se dirigió al castillo ese mismo día, los vestidos debían lucir impecables, los peinados, las carrozas. Parecía que todos habían perdido la cabeza y solo podían pensar en el dichoso baile. Al ver a mis primas pude sentir por primera vez en mi vida un poco de envidia hacia ellas, lo único que deseaban de este mundo era tener buenos esposos e hijos preciosos, yo en cambio me veía involucrada en una situación muy distinta, si algún día me casaba iba a ser por todo menos por amor. -Desearía ser tan hermosa como tú – se dirigió Camille hacia mí mientras me probaba el corset. -Lo eres – contesté para salir del paso. -Tienes razón, soy hermosa, al menos físicamente. Pero los hombres no me consideran lo suficientemente instruida, no quieren desposar a alguien como yo – replicó ella mientras agachaba la mirada. -Esos hombres tampoco son suficientes para ti, necesitas a un hombre que te vea por quien eres realmente, no por tu valor ante la sociedad – traté de consolarla colocando la mano en su hombro. -Los hombres de los que hablas no son lo suficientemente ricos, así que preferiría ser como tú – sentenció. Sus palabras eran exactamente la razón por la que no era como yo, me equivoqué totalmente al desear mandarlas a la horca, en esas cabezas hace mucho que ya no había vida.
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