El sol caía suave sobre París, tiñendo de oro los tejados y balcones floridos. Camila e Isabella caminaban de la mano por el Jardín de las Tullerías, entre fuentes, estatuas clásicas y el murmullo de los árboles agitados por el viento. No llevaban prisa. Eran dos mujeres enamoradas flotando por la ciudad más romántica del mundo. —¿Sabes qué me encanta de este lugar? —preguntó Camila, deteniéndose frente a una escultura de mármol. —¿El arte? —respondió Isabella. —El silencio. Ese silencio que no es vacío… sino lleno de belleza. Como si todo aquí se construyera para que el corazón respire más lento. Isabella la miró con ternura y besó suavemente su mejilla. —Contigo, hasta el ruido de los autos me parece poesía. Pasaron por el Louvre, y aunque no entraron esta vez, se tomaron fotos fre

