La noche en la mansión brillaba como una joya. Todo estaba preparado con un lujo sobrio: copas de cristal, centros de mesa dorados, música suave de cuerdas y el eco elegante de las risas de empresarios, políticos y celebridades. Alberto Del Monte alzó su copa con orgullo. —¡Quiero una foto con mis tres tesoros! —exclamó, mirando con calidez a sus hijos—. ¡Nicolás, Camila, Isabella… vengan! Nicolás fue el primero en acercarse. Guapo, vestido con un esmoquin azul impecable, irradiaba confianza. Camila apareció segundos después, vestida con un vestido rojo que parecía hecho a medida de su figura, con la espalda descubierta y su melena lisa suelta que dejaba ver sus delicadas facciones. Isabella la vio desde lejos… y su mundo tembló un poco. Isabella caminó con elegancia hacia ellos. Lleva

