A la mañana siguiente, al levantarse, Elisabeth encontró su bolsa en la mesa de la sala, de forma extraña. —Hija – su padre, sentado cerca, llamó su atención. — Lo que hiciste me dolió mucho. Acabas de deshonrar mi nombre. Me quedé despierto toda la noche preguntándome por qué. ¿Por qué lo has hecho? ¿Sólo para herirme, para devastarme? ¡Qué ingrata, Elisabeth! Qué ingrata… –Moisés se emocionó, las lágrimas casi rodaron por el rostro traicionado de su padre. — Vas a empacar tus cosas, poner todo en tu maleta e ir a la casa de huéspedes de la señora Graciela. —¿Me estás echando de la casa? – Elisabeth, se quedó perpleja. —No. Es sólo hasta que pueda entender todo esto, hasta que pueda perdonarte… ¡Expulsado de casa! ¡Cuando más necesitaba la comprensión y el cariño de su familia!

