Elena se sentó junto a ella, ayudándola a seleccionar las flores más bonitas: crisantemos rojos, jazmines blancos, margaritas amarillas. Doña Rosa tenía setenta años, pero sus manos seguían ágiles y seguras, y sus ojos veían más de lo que aparentaba.
—Ya sé de lo que vienes a hablar —dijo la anciana, mientras ataba un ramo de flores—. La profesora Josefa.
Elena suspiró, sintiendo cómo se aflojaba el nudo que tenía en el pecho—. ¿Cómo lo sabías?
—En esta aldea nada se esconde por mucho tiempo —respondió Doña Rosa con una sonrisa amarga—. Y además, he visto cómo la miran las personas. Y cómo ella mira a tu marido.
—Pero Santiago me ama —dijo Elena con firmeza, aunque su voz temblaba ligeramente—. Nos conocemos desde niños, nos casamos hace cinco años. Nada puede cambiar eso.
—El amor es como el mar, mija —explicó Doña Rosa, colocando una flor en el ramo—. Puede ser tranquilo y sereno, pero también puede desatar tormentas que nadie puede controlar. Y a veces, las corrientes ocultas son las que más daño hacen.
—¿Crees que ella intentará algo? —preguntó Elena, con la voz más baja.
—No creo que lo haga a propósito —respondió la anciana—. El corazón es un ser caprichoso. Pero tienes que estar atenta. Santiago es un hombre bueno, fuerte, pero también tiene una parte salvaje en él, como su apodo lo indica. Esa parte puede ser bendición o maldición, dependiendo de quién la despierte.
Mientras hablaban, se oyó el sonido de una camioneta acercándose. Santiago bajó del vehículo, cargando unos paquetes que había traído de la ciudad: tela nueva, herramientas, y algunos dulces para los niños de la aldea.
—¡Papá Santiago! —gritaron los nietos de Doña Rosa, corriendo hacia él.
Él los abrazó con cariño, entregándoles los dulces, y luego se acercó a Elena y Doña Rosa—. ¿Cómo va la preparación? —preguntó, besando la frente de Elena.
—Todo bien, hijo —respondió Doña Rosa—. Elena nos está ayudando mucho. ¿Y tú cómo estuvo tu viaje?
—Bien, traje todo lo que necesitábamos —dijo Santiago, colocando los paquetes en el suelo—. Además, el comerciante me pidió que le hiciera otro mueble, así que tendré trabajo para varios días.
Justo en ese momento, Josefa apareció en la puerta del patio, llevando unos dibujos que los niños habían hecho en clase—. Doña Rosa, los niños quieren que veas lo que hicieron —dijo, luego se percató de la presencia de Santiago—. ¡Oh, hola Santiago! No sabía que ya habías regresado.
—Acabo de llegar —respondió él, sonriendo—. Me dicen que los niños hicieron unos diseños hermosos con los símbolos tradicionales.
—Sí, les expliqué su significado —dijo Josefa, acercándose para mostrarle los dibujos—. Carlos, el pequeño que siempre hace preguntas, quiso saber por qué el lobo es tan importante en tus tradiciones.
Santiago tomó los dibujos, examinándolos con atención. Elena observó cómo su rostro se iluminaba cuando hablaba de sus ancestros, cómo sus manos se movían con pasión al explicar cada detalle. Y vio cómo Josefa lo miraba, con esos ojos verdes que parecían absorber cada palabra, cada gesto.
—Mi abuelo decía que el lobo es el guardián de los secretos de la noche —explicó Santiago—. Que aquellos que tienen el alma de lobo pueden caminar entre dos mundos, pueden entender el lenguaje de la naturaleza y comunicarse con los espíritus de sus antepasados.
—¿Y tú crees que tienes ese don? —preguntó Josefa, con la mirada fija en él.
Santiago se quedó callado por un momento, mirando hacia el horizonte donde el mar se unía al cielo—. Mi abuelo decía que la sangre de los lobos corre por mis venas —dijo en voz baja—. A veces siento que puedo sentir cosas que otros no pueden, que puedo oír el llamado de la luna y el mar. Pero nunca he sabido qué hacer con esa sensación.
Josefa colocó una mano sobre su brazo, y Elena sintió cómo una ola de celos la invadía—. Tal vez simplemente tienes que aprender a escuchar —dijo Josefa—. A dejar que esa parte de ti misma hable.
En ese instante, el viento cambió de dirección, llevando consigo el aroma de copal y sal. Santiago se estremeció, como si hubiera sentido algo que los demás no podían percibir—. Tengo que ir al taller —dijo bruscamente—. Hay algo que necesito terminar antes de que caiga la noche.
Se despidió rápidamente y se fue, dejando a las tres mujeres en silencio. Doña Rosa suspiró, mientras Josefa seguía mirando la dirección por la que se había ido. Elena sintió cómo su corazón comenzaba a llenarse de una angustia que no podía explicar.
CAPÍTULO 3: EL LLAMADO DE LA LUNA
La luna llena de septiembre se alzó en el cielo con una claridad inusual, iluminando la aldea como si fuera mediodía. Santiago se encontraba en la playa, solo, mirando cómo las olas rompían contra las rocas negras que formaban el arrecife protector de la aldea. Había sentido el llamado desde que regresó de la ciudad, una sensación irresistible que lo había obligado a salir de casa, dejando a Elena durmiendo tranquilamente en su cama.
Se quitó la camisa y los pantalones, quedándose solo con los calzoncillos. Su cuerpo era fuerte y musculoso, producto de años de trabajo con la madera y los elementos. Las cicatrices en sus brazos y piernas contaban historias de accidentes en el taller, de heridas recibidas mientras navegaba, de las pequeñas batallas que libró con la naturaleza para ganarse la vida.
Se adentró en el agua, sintiendo cómo la temperatura fresca calmaba su piel caliente. El mar lo envolvía como una madre, llevándolo hacia afuera con sus corrientes suaves pero firmes. Nadó hasta llegar a un pequeño islote de rocas que solo se veía durante la marea baja, un lugar que su abuelo le había enseñado cuando era niño, un lugar sagrado donde los guardianes de la aldea iban a comunicarse con los espíritus.
Se subió a las rocas, sentándose en la plataforma plana que sus antepasados habían tallado con herramientas de piedra. Miró hacia la luna, sintiendo cómo su energía fluía por su cuerpo, calentándolo desde dentro. Comenzó a cantar la canción ancestral que su abuelo le había enseñado, una melodía gutural y profunda que parecía resonar con el propio ritmo de la tierra.
Mientras cantaba, sintió cómo algo cambiaba en él. Su piel comenzaba a temblar, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Sus manos se estiraban, las uñas se hacían más largas y afiladas. Su vista se intensificaba, permitiéndole ver en la oscuridad como si fuera día. Sentía el pelo crecer en su cuerpo, cubriéndolo con una capa gruesa y oscura.
Santiago sabía lo que estaba pasando. Su abuelo se lo había contado cuando cumplió dieciocho años, cuando el don de los lobos comenzó a manifestarse en él. Cada luna llena, su cuerpo se transformaba en el de un lobo grande y poderoso, permitiéndole correr por la playa, sentir el olfato del mar y la tierra, comunicarse con los espíritus que guardaban los secretos de su pueblo.
Pero nunca había sentido el cambio tan fuerte como esa noche. Como si algo o alguien estuviera llamándolo con más fuerza de lo habitual.
Cuando la transformación finalizó, Santiago —ahora un lobo de pelaje n***o como la noche y ojos color ámbar brillantes— bajó de las rocas y corrió hacia la playa. Su paso era ligero y silencioso, sus sentidos agudizados al máximo. Podía oler el aroma de los animales que vagaban por la orilla, el olor de las plantas que crecían en los manglares, el sabor salado del mar en el aire.
Pero había otro aroma que llamaba su atención: un aroma dulce y picante, como mezcla de jazmín y canela. Un aroma que no conocía, pero que le resultaba extrañamente familiar.
Siguió el rastro hasta llegar a la casa de Josefa. La profesora estaba sentada en su terraza, vestida con una túnica blanca que fluía con el viento, mirando hacia la luna con los brazos abiertos. Cuando sintió que estaba cerca, se giró, y sus ojos verdes encontraron los suyos en la oscuridad.
No sintió miedo. Al contrario, sonrió, extendiendo la mano como si quisiera tocarlo—. Sabía que vendrías —dijo, con voz suave—. He sentido tu presencia desde que llegué a esta aldea. He escuchado tu canto en las noches de luna llena.
El lobo se acercó con cautela, oliendo su mano extendida. El aroma era incluso más fuerte ahora, y sentía cómo una emoción desconocida lo invadía: mezcla de deseo, curiosidad y una conexión profunda que no podía explicar. Josefa acarició su cabeza suavemente, y él cerró los ojos, sintiendo cómo una ola de calma lo envolvía.
—Tu abuelo me habló de ti —dijo ella, mientras continuaba acariciándolo—. Cuando yo era niña, viví cerca de aquí, en un pueblo pequeño que fue destruido por una tormenta. Tu abuelo me encontró perdida en la playa y me cuidó durante varios días. Me contó sobre los lobos que caminan bajo la luna, sobre el amor que trasciende el tiempo y la forma física. Me dijo que algún día conocería a alguien como tú.
El lobo gruñó suavemente, como si entendiera sus palabras. Josefa se sentó en el suelo, y él se acurrucó junto a ella, poniendo la cabeza en su regazo. Ella continuaba acariciándolo, cantando una melodía que parecía ser la contraparte de la canción que él había cantado en las rocas.
Mientras tanto, Elena se despertó en su cama, sintiendo la ausencia de Santiago a su lado. Se levantó, preocupada, y salió a buscarlo por la casa, por el taller, por la playa. Llegó hasta el arrecife sagrado, donde vio las ropas de Santiago esparcidas en la arena. Sintió cómo el miedo la invadía, pero también algo más: una sensación de pérdida profunda, como si una parte fundamental de su vida se estuviera alejando de ella.
Siguió los rastros en la arena, rastros de patas grandes y puntiagudas que la llevaron hasta la casa de Josefa. Allí, a la luz de la luna, vio a su marido —en forma de lobo— acurrucado junto a la profesora, mientras ella lo acariciaba y cantaba.
Elena se quedó paralizada, sintiendo cómo las lágrimas corrían por sus mejillas. Quería gritar, quería correr hacia ellos, pero algo la detenía. Vio cómo Josefa miraba hacia donde ella estaba, como si la sintiera presente, y en sus ojos verdes vio algo que rompió su corazón: un amor tan profundo y verdadero como el que ella misma sentía por Santiago.
Se dio media vuelta y corrió hacia casa, llorando desconsoladamente. Sabía que su vida nunca sería la misma, que el amor que compartía con Santiago había sido tocado por fuerzas que nadie podía controlar. Y no sabía si sería capaz de luchar contra ellas, o si tendría que aceptar que el destino había trazado un camino diferente para cada uno de ellos.
CAPÍTULO 4: LOS HIJOS DE LA NOCHE
La mañana siguiente, el sol apareció con una luz débil y nublada, como si la propia naturaleza sintiera la tristeza que invadía la aldea. Santiago regresó a casa justo antes del amanecer, encontrando a Elena sentada en la cocina, con los ojos hinchados de llorar y una taza de café frío frente a ella.
—Elena... —comenzó él, pero no supo qué decir.
—Te vi —dijo ella, sin mirarlo—. Vi cómo estabas con ella. Vi cómo la miraba, cómo te permitías que te acariciara.
Santiago se sentó frente a ella, sintiendo cómo el peso de su secreto le aplastaba el pecho—. No es lo que crees —dijo—. Esa noche... soy diferente cuando la luna está llena. Mi abuelo me lo explicó cuando era joven: mi familia tiene sangre de lobos, podemos transformarnos en ellos durante las noches de luna llena. Es un don que hemos heredado de nuestros antepasados, para proteger la aldea y mantener viva nuestra tradición.
—¿Y ella lo sabía? —preguntó Elena, finalmente levantando la mirada hacia él—. ¿Sabía que eres... que puedes hacer eso?
—Ella me lo contó ayer —respondió Santiago—. Su pueblo fue destruido por una tormenta cuando ella era niña, y mi abuelo la cuidó durante varios días. Le contó sobre nuestro don, sobre lo que somos. Ella dijo que había sentido mi presencia desde que llegó aquí, que había escuchado mi canto en las noches de luna.
—Y ¿qué sientes tú por ella? —preguntó Elena, con la voz quebrándose.
Santiago se quedó en silencio por un largo rato, mirando hacia la ventana que daba al mar—. Te amo, Elena —dijo finalmente—. Eres mi compañera, mi esposa, la persona que conocí desde que era niño y que siempre he amado. Pero con Josefa... siento algo diferente. Es como si nos conocieramos de antes, como si hubiera un lazo entre nosotros que va más allá del tiempo y el espacio. Ella entiende esa parte de mí que ni siquiera yo comprendo completamente.
Elena cerró los ojos, sintiendo cómo su corazón se rompía en mil pedazos. Había esperado que él le dijera que no sentía nada por Josefa, que todo había sido un error, que solo la amaba a ella. Pero la verdad era mucho más complicada que eso.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó en voz baja.
—No lo sé —respondió Santiago, pasando las manos por el rostro—. Mi abuelo decía que los lazos que se forman bajo la luna llena son más fuertes que cualquier promesa hecha bajo el sol. Pero también decía que el amor verdadero siempre encuentra un camino.
Mientras hablaban, se oyó un golpe suave en la puerta. Josefa entró con paso cauteloso, llevando una cesta con pan casero y fruta. Sus ojos estaban hinchados de llorar también, y su rostro lucía pálido y cansado.
—Perdón por entrar así —dijo, con voz temblorosa—. Quería disculparme por lo de anoche. No quise hacer daño a nadie, especialmente a ti, Elena. Te quiero mucho, eres como una hermana para mí.
—Entonces ¿por qué lo hiciste? —preguntó Elena, con la voz más firme—. ¿Por qué permitiste que pasara eso? Sabías que estábamos casados, que lo amaba.
—Porque no lo pude evitar —respondió Josefa, sentándose en una silla cerca de la puerta—. Cuando era niña, mi abuela me contó que estaría destinada a amar a un hombre especial, un hombre con el alma de lobo, que nos unirían fuerzas mayores que nosotros mismos. Pensé que era solo una historia, hasta que llegué aquí y conocí a Santiago. Sentí cómo mi corazón reconocía el suyo, cómo cada célula de mi cuerpo respondía a su presencia.
—Pero el amor no es solo una sensación —dijo Elena—. También es un compromiso, una promesa que haces con otra persona. Santiago y yo nos prometimos amor y fidelidad ante Dios y ante nuestra comunidad.
—Lo sé —dijo Josefa, bajando la mirada—. Y me culpa por lo que pasó. Pero también sé que las cosas no siempre son negras o blancas. A veces el destino nos presenta caminos que nunca imaginamos, y tenemos que tomar decisiones que nos hacen sufrir pero que son necesarias.
Santiago se levantó, caminando hacia la ventana—. Mi abuelo me contó una historia una vez —dijo, con voz suave—. Había una vez un hombre con el alma de lobo que amaba a dos mujeres: una que le daba la paz y la estabilidad que necesitaba, y otra que le permitía ser quien realmente era. El hombre sufrió mucho, porque no quería hacer