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LUNA ENTRE DOS MARES: Una historia de amor trágico

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LUNA ENTRE DOS MARES Una historia de amor trágico   PERSONAJES PRINCIPALES - SANTIAGO “LOBO” MORENO (27 años): Nacido en una aldea costera a orillas del Golfo de México, lleva el apodo de “Lobo” por su naturaleza salvaje y su conexión con las fuerzas de la noche. Carpintero de profesión, heredero de tradiciones ancestrales que le permiten comunicarse con el mundo espiritual de su tierra. Conoció a Elena desde que ambos eran niños.- ELENA CÁRDENAS (26 años): Hija de los pescadores más respetados de la aldea, creció junto a Santiago, compartiendo sus sueños y sus secretos. Se casó con él hace cinco años, y su amor es el eje alrededor del cual gira la vida de la comunidad. Tiene una conexión especial con el mar y sus misterios.- MARÍA JOSEFA “JOSEFA” VILLARREAL (24 años): Llegó a la aldea hace seis años, huyendo de un pasado que nunca ha contado. Se instaló como profesora en la única escuela de la zona, y rápidamente se ganó el cariño de los niños y el interés de Santiago. Su llegada desencadenará fuerzas que nadie pudo prever.

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LUNA ENTRE DOS MARES (Una historia de amor trágico)
PERSONAJES PRINCIPALES - SANTIAGO “LOBO” MORENO (27 años): Nacido en una aldea costera a orillas del Golfo de México, lleva el apodo de “Lobo” por su naturaleza salvaje y su conexión con las fuerzas de la noche. Carpintero de profesión, heredero de tradiciones ancestrales que le permiten comunicarse con el mundo espiritual de su tierra. Conoció a Elena desde que ambos eran niños. - ELENA CÁRDENAS (26 años): Hija de los pescadores más respetados de la aldea, creció junto a Santiago, compartiendo sus sueños y sus secretos. Se casó con él hace cinco años, y su amor es el eje alrededor del cual gira la vida de la comunidad. Tiene una conexión especial con el mar y sus misterios. - MARÍA JOSEFA “JOSEFA” VILLARREAL (24 años): Llegó a la aldea hace seis años, huyendo de un pasado que nunca ha contado. Se instaló como profesora en la única escuela de la zona, y rápidamente se ganó el cariño de los niños y el interés de Santiago. Su llegada desencadenará fuerzas que nadie pudo prever. CAPÍTULO 1: LAS RAÍCES DEL SUEÑO La luna llena de agosto bañaba la aldea de San Lorenzo de las Arenas con una luz plateada que parecía sacada de un sueño antiguo. Las olas rompían suavemente contra la costa, mientras el viento llevaba el aroma de sal, jazmín y copal que quemaban en las ofrendas que la gente colocaba en la orilla. Santiago Moreno se encontraba en su taller de carpintería, acabando los detalles de un barco a escala que había estado construyendo durante meses. Sus manos, grandes y seguras, tallaban con precisión los símbolos ancestrales que su abuelo le había enseñado: estrellas que guiaban el camino, olas que protegían de los peligros, y la figura de un lobo que guardaba los secretos de la noche. —Santiago, amor —la voz de Elena lo hizo girar—. Ya es tarde. Deberías descansar. Elena Cárdenas entró en el taller, llevando una taza de café caliente y un plato con pan casero y queso. Su cabello castaño, largo y ondulado, caía sobre sus hombros como un río de seda, y sus ojos color ámbar brillaban bajo la luz de la lámpara de queroseno. Llevaba la túnica de algodón azul marino que Santiago le había hecho para su boda, adornada con cuentas de concha que ella misma había tejido. —Estoy acabando este modelo —respondió Santiago, levantándose para besarla en la frente—. Es para el niño de Doña Rosa. Quiere ser marinero cuando sea grande. Elena se acercó a ver el barco, admirando la precisión de los detalles—. Es hermoso —dijo, tocando la madera pulida—. Como todos los que haces. Tu abuelo estaría muy orgulloso. Santiago envolvió sus brazos alrededor de su cintura, hundiendo la cara en el cuello de Elena. Podía sentir su aroma a salvia y mar, el mismo que había conocido desde que ambos eran niños, jugando en la playa mientras sus padres trabajaban en las redes o en los talleres. —¿Te acuerdas cuando éramos pequeños? —preguntó, con voz suave—. Solíamos escondernos entre los manglares, y yo te contaba las historias que mi abuelo me decía sobre los lobos que caminan bajo la luna llena. Elena rio suavemente, acurrucándose contra él—. Claro que me acuerdo. Decías que eras uno de ellos, que podías sentir el ritmo de la tierra y el mar como lo hacían los animales. Yo siempre te creí. —Porque es verdad —respondió Santiago, separándose un poco para mirarla a los ojos—. Mi sangre lleva la fuerza de mis antepasados, la conexión con los espíritus que cuidan esta tierra. Y tú... tú siempre has sido la única que me ha entendido. Los dos se besaron bajo la luz de la luna que entraba por la ventana del taller, un beso largo y apasionado que contenía todos los años de amor y complicidad que los unían. Se conocían desde que ambos tenían cinco años: él, el niño silencioso que pasaba horas observando el mar y los árboles; ella, la niña curiosa que siempre buscaba compañía en sus aventuras. Su amor había crecido como el árbol de ceiba que dominaba la plaza principal de la aldea: fuerte, profundo y arraigado en la tierra que los sostenía. Se habían casado cinco años atrás, en una ceremonia que combinaba las tradiciones católicas de la aldea con los rituales ancestrales de la familia de Santiago. Todos habían asistido: los pescadores con sus mujeres, los artesanos con sus familias, los niños que corrían entre las mesas llenas de comida y flores. —Mañana voy a la escuela a ayudar a Josefa con los materiales para la feria de ciencias —dijo Elena, mientras recogía los platos vacíos—. Los niños están muy emocionados. Santiago frunció el ceño ligeramente. Maria Josefa Villarreal había llegado a la aldea hace seis años, cuando él y Elena llevaban ya un año comprometidos. Había llegado en una lancha desde Veracruz, con una maleta pequeña y una guitarra vieja, pidiendo trabajo como profesora. La comunidad, que carecía de maestros desde hacía tiempo, la había recibido con los brazos abiertos. Josefa era hermosa, con cabello rojizo como el fuego y ojos color verde esmeralda que parecían ver más allá de lo evidente. Había ganado rápidamente el cariño de los niños, enseñándoles no solo lectoescritura y matemáticas, sino también música, pintura y poesía. En la aldea conservadora de San Lorenzo, su forma de ser libre y audaz había sido al mismo tiempo admirada y temida. —¿Necesitas que vaya contigo? —preguntó Santiago, tratando de ocultar su malestar—. Puedo dejar el trabajo por un rato. —No, amor, está bien —respondió Elena, acariciándole la mejilla—. Josefa y yo nos encargaremos. Ella es muy capaz, y los niños la adoran. Santiago asintió, aunque seguía sintiendo una extraña incomodidad cada vez que se mencionaba a la profesora. No era que no la quisiera: Josefa había sido amable con él desde el primer día, preguntándole sobre sus tradiciones, admirando sus barcos, escuchando con atención las historias que contaba. Pero había algo en ella, algo en la forma en que lo miraba, que despertaba en él una sensación que no podía explicar: como si una parte de su ser que había estado dormida durante años comenzara a despertar. —Vamos a casa —dijo Elena, cogiendo su mano—. La luna está muy bonita esta noche. Quizás podamos ir a la playa antes de dormir, como cuando estábamos novios. Santiago sonrió, dejando de lado sus preocupaciones. Elena era su vida, su compañera, la persona que lo conocía mejor que nadie en el mundo. Nada ni nadie podía cambiar eso. Cerraron el taller y caminaron hacia su casa, una pequeña construcción de madera y piedra frente al mar. Las calles de la aldea estaban vacías, salvo por algunos perros que vagaban buscando restos de comida, y el sonido de los tambores que alguna familia tocaba en celebración de un cumpleaños. Al llegar a casa, Elena encendió unas velas y preparó una pequeña ofrenda para la diosa del mar: flores blancas, copal y un trozo de pan casero. Santiago la ayudó, colocando la ofrenda en la ventana que daba al océano. —Mi madre siempre decía que la diosa protege a quienes la respetan —dijo Elena, mientras las llamas de las velas bailaban en la brisa—. Dijo que ella nos cuidaría a nosotros y a nuestros hijos. Santiago la abrazó desde atrás, colocando sus manos sobre su vientre plano. Habían estado esperando un bebé desde hacía tiempo, pero hasta ahora no había llegado la bendición. Elena lo tomaba con calma, diciendo que el momento llegaría cuando los espíritus lo consideraran oportuno. —Cuando llegue nuestro hijo —dijo Santiago—. Le enseñaré todo lo que sé: a construir barcos, a entender el lenguaje del mar, a respetar las tradiciones de nuestra gente. —Y yo le enseñaré a amar la tierra y el cielo —añadió Elena—. A ver la belleza en las cosas pequeñas, a ser fuerte y bondadoso como tú. Los dos salieron hacia la playa, donde la luna llena reflejaba su luz en el agua como miles de diamantes. Se sentaron en la arena, abrazados, mientras las olas rompían suavemente a sus pies. Santiago comenzó a cantar una canción que su abuelo le había enseñado, una melodía antigua que hablaba de los lobos que caminan bajo la luna y de los amores que trascienden el tiempo. Elena cerró los ojos, escuchando la voz de Santiago mezclarse con el sonido del mar. Sentía la paz que siempre encontraba en su presencia, la certeza de que estaban unidos por algo más fuerte que el tiempo y el espacio. Nunca se imaginó que esa noche sería una de las últimas en que disfrutarían de esa tranquilidad, que muy pronto su mundo sería destrozado por fuerzas que nadie podía controlar. CAPÍTULO 2: EL VIENTO DEL CAMBIO La mañana siguiente, el sol despertó a la aldea con su luz dorada, calentando la arena y despertando a los pájaros que anidaban en los árboles de la plaza. Elena se levantó temprano, preparando el desayuno mientras Santiago acababa de hacer las maletas para un viaje corto a la ciudad vecina, donde tenía que entregar algunos muebles que había construido para un comerciante. —Volveré antes del anochecer —dijo Santiago, besándola antes de salir—. Cuidate mucho, amor. Y si necesitas algo, llama a mi tío. —Estoy bien —respondió Elena, sonriendo—. Voy a la escuela con Josefa, y luego ayudaré a Doña Rosa con las preparaciones para la fiesta de la Virgen del Carmen. No te preocupes por mí. Santiago subió a su camioneta vieja y se fue hacia la carretera que llevaba a la ciudad. Elena se quedó mirándolo hasta que desapareció de vista, luego regresó a casa para terminar de preparar los materiales que llevaría a la escuela. La escuela de San Lorenzo de las Arenas era una pequeña construcción de madera pintada de azul cielo, con dos salones y un patio donde los niños jugaban durante el recreo. Cuando Elena llegó, Josefa ya estaba allí, organizando los pupitres y colocando libros sobre las mesas. —¡Elena, qué alegría verte! —dijo Josefa, acercándose a besarla en la mejilla—. Traje algunos materiales nuevos que conseguí en la ciudad: papel de colores, tijeras, pegamento. Los niños van a encantarles. Josefa llevaba una blusa blanca de algodón y una falda larga de cuadros rojos y negros. Su cabello rojizo estaba recogido en una trenza suelta que le caía sobre el hombro, y sus ojos verdes brillaban con entusiasmo. Tenía veinticuatro años, tres menos que Elena, y su energía juvenil contrastaba con la serenidad de la aldea. —Traje las cajas con los objetos naturales que recopilamos —dijo Elena, mostrando las cajas llenas de conchas, piedras, hojas y semillas—. Pensé que los niños podrían hacer collares o figuras con ellos. —¡Qué idea maravillosa! —exclamó Josefa—. Les enseñaré a hacer diseños con los símbolos que Santiago les enseñó en sus talleres de carpintería. Dices que él sabe mucho sobre las tradiciones de la aldea. Elena asintió, sintiendo un cosquilleo de orgullo en el pecho—. Sí, es el mejor artesano de la zona. Aprendió de su abuelo, que era muy respetado en la comunidad. Mientras preparaban los materiales, los niños comenzaron a llegar, saludándolas con entusiasmo. Josefa tenía un don especial para conectarse con ellos, haciendo que incluso los más tímidos se sintieran cómodos y queridos. Elena la admiraba por eso: ella misma no tenía mucha paciencia con los niños, a pesar de querer tenerlos algún día. —Hoy vamos a hacer un proyecto muy especial —anunció Josefa, cuando todos estaban sentados—. Vamos a crear nuestras propias ofrendas para la naturaleza, usando los materiales que trajo Elena y los diseños que nos enseñó Santiago. ¿Les parece bien? Los niños respondieron con gritos de alegría, y comenzaron a trabajar con entusiasmo. Elena ayudaba a los más pequeños, enseñándoles cómo sujetar las conchas con hilo de algodón, mientras Josefa explicaba el significado de cada símbolo: la estrella que guía el camino, la ola que protege, el lobo que guarda los secretos. —¿Por qué el lobo? —preguntó un niño pequeño llamado Carlos—. Mi mamá dice que los lobos son peligrosos. Josefa se agachó para estar a su altura—. Los lobos pueden ser peligrosos si los provocas —explicó, con voz suave—. Pero en las tradiciones de Santiago, el lobo representa la fuerza de la naturaleza, la conexión con nuestros antepasados. Decían que algunos hombres tenían el alma de un lobo, y que eso les permitía entender el lenguaje de la tierra y el mar. Elena observó a Josefa mientras hablaba, notando cómo sus ojos brillaban cuando mencionaba a Santiago. Había escuchado rumores en la aldea sobre la relación entre ellos: algunos decían que Josefa estaba enamorada del carpintero, que la miraba con ojos diferentes a los que usaba con los demás. Pero Elena nunca le había prestado atención a esas habladurías: confiaba ciegamente en Santiago, sabía que su amor por ella era más fuerte que cualquier tentación. Después de la clase, Josefa invitó a Elena a tomar un café en su casa, que estaba en la orilla del pueblo, cerca del cementerio antiguo. Era una pequeña casa blanca con ventanas azules, llena de plantas, libros y cuadernos con poemas y dibujos. —Me encanta vivir aquí —dijo Josefa, sirviendo el café en tazas de barro—. La aldea es como un refugio del mundo exterior. A veces siento que aquí el tiempo pasa más despacio, que las cosas tienen más sentido. —Sí —respondió Elena, admirando los dibujos que estaban colgados en las paredes—. Mi familia ha vivido aquí por generaciones. Mi padre siempre decía que la tierra y el mar nos dan todo lo que necesitamos, siempre y cuando seamos respetuosos. Josefa se sentó frente a ella, apoyando las mejillas en sus manos—. Me gusta mucho Santiago —dijo, sin rodeos—. Es un hombre muy especial. Tiene una energía única, como si estuviera conectado con algo más grande que él mismo. Elena sonrió, aunque sintió un ligero escalofrío en la espalda—. Sí, lo es —dijo—. Lo amo con todo mi corazón. Hemos estado juntos desde que éramos niños. Él es mi vida. Josefa bajó la mirada, jugueteando con la taza de café—. Lo sé —dijo en voz baja—. Y no haría nada para dañar eso. Pero... a veces el corazón tiene sus propios caminos, ¿no crees? A veces las conexiones que establecemos con las personas no tienen nada que ver con el tiempo que hemos pasado juntas. Elena no supo qué responder. Había sentido que Josefa llevaba tiempo queriendo decirle algo, pero nunca imaginó que sería esto. Se levantó, disculpándose por tener que irse a ayudar a Doña Rosa, y se despidió rápidamente. Mientras caminaba hacia la casa de Doña Rosa, su mente estaba enredada en pensamientos contradictorios. Por un lado, quería creer que Josefa no haría nada para interferir en su matrimonio; después de todo, era una mujer educada y respetuosa. Pero por otro lado, notó cómo su amiga miraba a Santiago, cómo su voz cambiaba cuando hablaba de él, cómo su cuerpo se inclinaba hacia él cuando estaban juntos. Llegó a la casa de Doña Rosa, una construcción antigua de piedra y madera donde la anciana vivía con sus nietos. Doña Rosa estaba sentada en el patio, preparando las flores para la ofrenda de la Virgen del Carmen. —Ven, mija —dijo, sin necesidad de preguntar qué pasaba—. Siéntate conmigo. A veces las flores saben escuchar mejor que las personas.

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