Luan
Comí mi helado en completo silencio hundido en mis pensamientos, pensaba en cuánto tiempo había desperdiciado en mi vida o si tal vez hubo algo que podría mejorar en con tal de aprovechar el tiempo perdido, el único “pero” que encontraba era que tenía la mayor parte de mi vida invertida en mi trabajo.
¿cuánto hacía de mi última cita? ¿dos años o quizás más?, ¿era indispensable trabajar tanto y no disfrutarlo?, comencé a tener tantas contradicciones, ¿en qué momento comenzaron que no me di cuenta?
—¡Dama! —grité con fuerza —¿puedes venir?
—¿qué desea Señor?
—Tengo una duda, dígame la verdad, omitiendo mi edad, ¿crees que he estado desperdiciando mi vida?
—Todo depende señor en que contexto sea, en lo laboral siento que no, es usted un hombre muy trabajador, en el área sentimental, con todo el respeto que usted se merece, definitivamente diría que lo ha dejado de un lado, no es que haya desperdiciado su vida, es como todo, también es importante, tiene que hacer un equilibrio en su vida para que todo fluya, no todo es trabajo.
—Muy bien Dama, es usted muy amable, puede continuar con sus labores.
—Muy bien, con su permiso.
Vaya que esta mujer si fue directa, pero a pesar de sus palabras, sentía lo mismo, sentía que algo estaba haciendo falta, no lo sé, quizás unas vacaciones me ayudarían a despejar mi mente y dejar todo fluir como se debía.
—Buenos días Milena, no los esperaba tan de mañana, pero lo agradezco, ¿Oscar?, ¿dónde está?
—No ha llegado señor Swanson, dime, ¿necesita algo?
—Sí, sí, ¿conoces alguna agencia de viajes?, bueno, quiero unas vacaciones y no suelo salir mucho de paseo.
—Sí, claro, podría guiarlo a unas agencias que conozco.
—Bien, vamos, le dejaré dicho a Oscar que nos espere aquí, necesito salir de inmediato antes de que me arrepienta.
Sonreí, pero a Milena no le hizo gracia mi chiste, ¿hasta cuándo sería una mujer dura frente a mí?
—Claro, usted me indica.
Definitivamente ella llevaba consigo un régimen militar, de alguna manera me parecía atractiva verla con esa postura, pero también me sentía un tanto desubicado, por primera vez sentía ganas de hablar con alguien, solo que ese alguien si quiera me miraba.
—Vamos, quiero hacer esto rápido, antes de que se me olvide, ustedes dos vienen conmigo, creo que es obvio ¿no? ¿tienen los documentos al día para salir del país?
—Yo sí señor, no sé Oscar, de todas maneras, se lo indicaré cuando lo vea.
—Muy bien, se lo agradezco mucho Milena.
El viaje hasta la agencia fue rápido, regresamos y Oscar nos estaba esperando, parecía tener una mirada oscura, como de enojo. Nos bajamos sin decir una palabra, me saludó amablemente, pero apenas entré a la casa comencé a escuchar los gritos que le daba a Milena, salí para intervenir, esto no sería algo que pasaría frecuentemente y mucho menos cuando estuviese presente.
—Oscar —hablé molesto —le recuerdo que aquí ambos son empleados y estoy pagando por sus servicios, así que si le solicito a Milena llevarme a algún lugar esté usted o no, ella debe cumplir con mi mandato, así que guarda tus palabras y comienza a respetarla, porque el único afectado serás tú, ¿entendido?
No respondió, así que lo di como entendido, mire a Milena y regrese a casa, ¿es que acaso esto era una competencia?, ambos ganarían exactamente lo mismo por lo que era muy tonto la actitud de Oscar.
—Hermanita, te llamo para decirte que me voy de vacaciones a Bali, creo que las necesito.
—Eso si es que es de sorprenderse, ¿quién te ha hecho brujería?
—Deja de burlarte, solo quiero despejar mi mente por unos días, no es grave o, ¿sí?
—¿qué boberías estás diciendo Luan?, claro que no, es bueno que vayas a despejarte unos días, te lo mereces.
Tenía que volver a salir a dejar unos documentos, para cuando salí Milena estaba recostada en una pared leyendo un libro, Oscar de un lado mirando su celular, me dio mucha gracia ver a estos dos cada quién por su lado.
—¿a dónde lo llevo señor?
Preguntó Oscar, sentí que por alguna razón él quería ser el mandamás, él que le diera las órdenes a Milena, quería sentirse importante y Milena, ella era difícil de leer.
—Al registro y después a la embajada.
Esta vez Milena se sentó junto a mí, me emocioné, aunque fuéramos en silencio, me sentía cómo un niño chiquito disfrutando de las atenciones de los demás.
En una curva un tanto cerrada, un auto a toda velocidad invadió nuestro carril haciendo que el auto se desestabilizara a manos de Oscar, Milena cayó sobre mí y me sujetó con fuerza, fue jodidamente mal de mi parte, pero sentir su cuerpo sobre el mío y la fuerza con la que me sujetaba me excitó.
—¿se encuentra bien?
Moví mi cabeza afirmando.
—¿están los dos bien?
Preguntó Oscar.
—Sí, sí.
Respondí acomodándome en el asiento.
Milena no puso su mirada en mí durante el viaje, quise creer que era por vergüenza por la forma en que juntaba sus manos, en mi caso evidentemente me había dejado con mucho calor en el cuerpo.
Al finalizar la jornada llegamos a casa, me despedí de Milena pues ellos se turnaban para estar conmigo por si algo acontecía y justo hoy era el turno de Oscar.
—Hasta mañana Señor Swanson, que descanse bien, feliz noche.
—Muchas gracias Milena, igual para ti, feliz noche, nos vemos mañana.
Me dio lo que creo que fue una sonrisa y se marchó, esa noche no cabía de felicidad, para mí esa sonrisa significó mucho más de lo que cualquiera pudiese imaginar.
—A dormir muchachos.
Acaricie a mis perros y nos en caminamos a la habitación
—Ay muchachos, llevo pocas semanas con guardaespaldas y Milena, ¿creen que le caigo mal?, es decir, mírenme, soy un hombre solitario hablándole a dos perros hermosos, pero, no lo sé, ella es tan fría y tan seria, es cómo si yo fuese repugnante para ella, y luego está Oscar, intimidante, pero tan inmaduro, se siente humillado por trabajar con una mujer.
Campeón, él sí que sabía como darse entender, lamió mi cara y ladró dos veces, estaba seguro que concordaba conmigo cuando decía que Oscar se comportaba de forma inadecuada con Milena.
—Ya es tarde, vamos a dormir.
Por la mañana a la primera persona que me encontré fue a Milena, era una mañana bastante fría y ella vestía su ropa de trabajo, pero sin ningún abrigo que le evitara congelarse.
—¿qué haces ahí?
Le pregunté de forma angustiante, ¿por qué lo hacía?, era mi empleada y debía, supongo yo, preocuparme por lo que le pasara mientras estuviera cerca de mí.
—Aquí es donde espero todas las mañanas.
—Ya lo sé, me refiero a qué está haciendo mucho frío, te vas a congelar, ve a la oficina allí puedes hacerte un café caliente o un chocolate.
—Gracias, pero prefiero esperar aquí si no tiene inconveniente.
¡ay Milena!
Dije en mi mente, era tan testaruda, lo hacía para poner límites, pero ¿límites de qué?
Entré a la casa en busca de un suéter, no permitiría que esta mujer se congelara solo por un capricho pudiendo ir a la sala que de descanso que acondicioné para ellos.
—Ten, vas a congelarte y no es algo que vaya a permitir, pasa, haré un chocolate caliente, también tengo frío.
Intentó negarse, pero siendo quién manda, tuvo que obedecer.
—Muchas gracias por el chocolate caliente y el suéter.
—Puedes quedarte con el suéter, no sabemos si hará frío todo el día.
Salimos de la casa y Oscar ni el rastro, la impuntualidad de este hombre me estaba torturando.
—Buenos días señor Swanson, ¿a dónde necesita salir hoy?
—Necesito ir a la empresa, tengo una reunión importante, mañana nos vamos de viaje y ustedes dos vendrán conmigo.
Ambos asintieron, subí al auto y Milena se sentó a mi lado nuevamente, de reojo vi el arma guardada en el estuche guindando de su pasa fajas, subí la mirada y ella me estaba observando seria.
—Nunca aprendí a usar un arma, no me siento cómodo con ellas en mis manos.
—Pero, ¿las ha tenido en sus manos?
—Sí, vivía en un barrio de esos que le llaman, barrio bajo por su pobreza y delincuencia, eran muy frecuentes las balaceras y en casa papá tenía una por si tenía que defendernos, crecí con un trauma.
Dije con un poco de gracia, pero aquellos días fueron una total pesadilla.
—Siento mucho eso señor Swanson, en mi caso, crecí rodeada de armas, mi papá me enseñó a usarlas, luego, cuando entré al ejercito fue lo mismo, así que ya estoy acostumbrada.
—Puedo imaginarlo Milena, es bueno, sabe, quizá me atreva algún día a usar una, ya veremos.
—Claro señor Swanson, existen muchos lugares donde pueden ayudarle.
Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa para luego ponerse sería, quizás estaba solo manteniendo su postura laboral por respeto a mi persona y a Oscar quién no dejaba de mirarla con ojos asesinos. Tuve que esbozar una risa por los ojos que le hacía Oscar a Milena y quitar la mirada hacía mi ventana ignorando el hecho que había reído sin motivos.
—Hemos llegado señor Swanson, Milena quédate a vigilar el auto.
—No es necesario —interferí —aquí hay parqueo y guardas, puedes dejar el auto en el parqueo que no va a pasar nada.
Al bajarme Milena lo hizo también.
—Señor Swanson, muchas gracias por darme mi lugar, verá que soy muy buena en lo que hago, mejor que ese grandulón —sonrió —se lo voy a demostrar con hechos y no con palabras.
Asentí sonriente y no por sus palabras sino porque me había dado dos sonrisas en un solo día.
—Claro que sí, confío en usted Milena.