El bar

2002 Words
La mañana siguiente el hospital se sentía como un territorio extraño, casi hostil. El destino, en su retorcido sentido del humor, hizo que las puertas del ascensor se abrieran justo cuando él llegaba. Entré primero, él entró después. El espacio, que solía ser nuestro lugar de besos robados y manos entrelazadas entre turno y turno, se convirtió en un lugar incomodo Ninguno de los dos se dirigió la palabra, John mantenía la vista fija en los números rojos que marcaban los pisos. Yo, por mi parte, me refugié en el reflejo de las puertas metálicas, observando cómo el hombre de mi vida se transformaba en un extraño ante mis ojos. Cuando el ascensor se abrió, salimos en direcciones opuestas sin una sola mirada, como dos planetas que acababan de chocar y ahora se alejaban hacia el vacío. Al entrar en mi consultorio, Fátima ya me esperaba. No necesitó preguntarme cómo estaba; mi rostro era un mapa de mi desastre personal. —¿Lo hiciste? —preguntó ella, cerrando la puerta tras de mí. —Dime que lo que hablamos ayer fue solo un arranque de locura, Lorena. ¿Cumpliste con lo del divorcio? —Sí —respondí, dejando mi bolso sobre el escritorio con un golpe. —Se lo pedí anoche. También le pedí que se fuera de la casa. Fátima se cruzó de brazos, incrédula. —¿Y él? ¿Acaso te tomó la palabra y se marchó así como así? —Sí, se fue. Estaba muy enojado, Fátima. Me dijo cosas que me dolieron, pero supongo que se las ganó mi frialdad. Se fue creyendo que ya no lo amo. —¿Y por qué rayos estás haciendo todo esto, Lorena? —Fátima estalló, dando un paso hacia mí. —¡Mírame a los ojos y dime la verdad! ¿Acaso dejaste de amarlo de un día para otro? ¿Se apagó todo el amor de una vida entera en una noche? —¡Claro que no he dejado de amarlo! —le grité, sintiendo las lágrimas inundaría toda mi cara. —Lo amo más que a mi propia respiración y lo dejo precisamente por eso, por lo que ya sabes. Quiero que busque a alguien más, alguien que no esté defectuosa, alguien que pueda darle los hijos que yo nunca podré darle. Quiero que sea el padre que sueña ser, aunque no sea conmigo. —¡Estás loca! —exclamó Fátima, llevándose las manos a la cabeza. —No puede ser que un amor de tantos años, una historia que comenzó cuando apenas eran unos adolescentes, la tires por la borda porque simplemente no puedes ser madre. ¡John te quiere a ti! —Cuando estés enamorada de verdad, Fátima —le dije con una voz que me salió desde lo más profundo del alma. —entenderás que el amor no es solo posesión. El amor, a veces, también es saber dejar ir para que el otro sea feliz. Fátima me miró con lástima y frustración, suspiró profundamente y negó con la cabeza. —No quiero escuchar más tonterías, Lorena. No puedo con tu lógica de mártir hoy. Es mejor que empecemos a trabajar, los pacientes no tienen la culpa de lo que estás haciendo. Salió del consultorio sin decir más, me puse la bata blanca sin pensarlo demasiado. "Concéntrate en el trabajo", me repetí como un mantra mientras me ajustaba el estetoscopio. "Aquí eres la doctora Klerc, la cirujana infalible. Aquí no hay espacio para la mujer que acaba de amputar su propio corazón". Me sumergí en el trabajo con una desesperación casi maníaca, usando cada caso médico como un escudo contra mis propios pensamientos. Cuando finalmente llegó la hora de irme, sentí que mis huesos pesaban una tonelada. —Te llevo a tu casa, Fátima —le dije mientras guardábamos las cosas. —No, gracias —respondió ella, todavía con un tono distante. —Saldré con unos compañeros del hospital a tomar algo, necesito distraerme de todo esto. —Me parece bien. Que te vaya muy bien —le dije, forzando una sonrisa. Caminé hacia el ascensor, deseando llegar a mi casa vacía para poder derrumbarme en paz. Las puertas se abrieron y entré, pero antes de que se cerraran, una mano detuvo el sensor, John entró justamente. Me giré hacia el frente, sintiendo su presencia a escasos centímetros. Podía oler su perfume, el mismo que yo misma le había regalado, y el impulso de apoyar mi cabeza en su hombro fue casi insoportable. Bajamos hasta el parqueo en un silencio, un silencio que pesaba más que cualquier grito. Al abrirse las puertas en el sótano, cada uno caminó hacia su auto sin decir una palabra, como si fuéramos dos desconocidos compartiendo un viaje incómodo. Entré en mi coche y cerré la puerta, pero no lo encendí. A través del parabrisas, vi a John entrar en su auto unos metros más allá. En ese momento, sentí un impulso extraño, una necesidad de bajarme, correr tras él, golpear su ventanilla y besarlo hasta quedar sin labios. Quería decirle cuánto lo amaba, que todo era una mentira, que lo necesitaba para seguir respirando. Pero apreté el volante con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. —No lo haré —dije para mí misma, viendo cómo las luces de su auto se encendían. —No lo haré por amor a él. Prefiero que me odie y sea libre, a que me ame y se quede encadenado a mi esterilidad. Arranqué el coche y salí del hospital, siguiendo la estela de sus luces traseras hasta que lo perdí de vista en el primer semáforo. Los días ya no eran días para mi, parecía ser un hueco vacío que no tenía profundidad. Dos meses habían pasado desde que le pedí a John que se marchara, dos meses en los que cada rincón me recordaba a él. Me había convencido a mí misma de que estaba haciendo lo correcto, de que mi sacrificio era el precio de su felicidad futura. Sin embargo, el dolor no se había ido; solo se había vuelto una presencia triste y constante, como una cicatriz que no cierra tan fácil. Aquella noche, Fátima prácticamente me arrastró a un bar del centro. El lugar estaba lleno de gente, luces y música que intentaba hacer que la gente se sintiera en extremo bien. Estábamos sentadas en la barra cuando sentí que el cuerpo de mi amiga se tensaba de repente. —Lorena... no voltees —dijo ella, tomando un sorbo rápido de su bebida. —No mires hacia la mesa del rincón. Fue como decirme que saltara al vacío, mis instintos ganaron y giré la cabeza. Allí, en una mesa de cristal, estaba John. Pero no estaba solo, estaba hablando con una chica, inclinado hacia ella, y lo peor de todo: estaba sonriendo. Esa sonrisa que una vez fue solo mía ahora iluminaba el rostro de otra persona. —Encontró una sustituta muy rápido —dije, sintiendo cómo una punzada de celos que me recorría el pecho. Fátima me miró con una ceja levantada, su paciencia claramente agotada. —¿Y de qué te quejas? Era exactamente eso lo que querías, ¿no? Que buscara a alguien más. —Tienes razón —respondí, apretando el vaso con tanta fuerza que mis nudillos blanquearon. —pero no esperaba verlo tan rápido con alguien más. No pensé que mi lugar fuera tan fácil de ocupar. Fátima entrecerró los ojos, analizando la escena a lo lejos. —Espera un segundo... ¿esa no es su secretaria? La del hospital. Volví a mirar, observé el cabello, la postura, esa forma de inclinar la cabeza. Mis ojos de cirujana no fallaron. —Sí, es ella —confirmé con un tono lleno de veneno. —Esa mujer siempre intentaba coquetear con él en el consultorio. Siempre sospeché que buscaba algo más. —Pues parece que ahora sí le hicieron caso al coqueteo —comentó Fátima sin filtros. —porque se están riendo bastante mientras hablan. En ese preciso instante, como si él sintiera mi mirada, John giró la cabeza, sus ojos se encontraron con los míos. Volví a mirar a Fátima, por dentro había un fuego que me quemaba y tenía nombre; eran celos. —Me voy —le dije a Fátima, levantándome de repente. —No puedo estar aquí. Salí del bar casi corriendo, sintiendo que el aire me faltaba. Escuché los pasos de Fátima detrás de mí, pero antes de que pudiéramos llegar al auto, una sombra se interpuso en mi camino. Era él. John había salido tras de nosotros. —Lorena, no es lo que crees —dijo él, con la voz agitada. Me detuve y me giré, poniéndome la máscara de frialdad que tanto me había costado construir estos meses. Solté una risa irónica y carente de humor. —Por favor, John. Por mí te puedes acostar con quien quieras, así sea con tu secretaria o con cualquier otra mujer que encuentres en un bar. No tienes que darme explicaciones. —No me estoy acostando con mi secretaria —respondió él, dando un paso hacia mí. —¡Que no me des explicaciones! —le grité. —A estas alturas ya no me importa. Yo también puedo salir con otro hombre si me da la gana. Al fin y al cabo, estamos separados, aunque el divorcio no sea legal todavía. John sonrió con un sarcasmo que me dolió más que un golpe físico. Negó con la cabeza, mirándome como si fuera la primera vez que me veía de verdad. —Vaya... y yo que pensé que la mujer que tenía a mi lado era única. Una mujer íntegra, y especial. Pero ahora estoy viendo otra cosa. Tardaste demasiado en revelar tu verdadera cara, Lorena. Resulta que eres tan común como cualquiera. —Es bueno que la conozcas de una vez, entonces —le respondí, aunque sentía que mi corazón se estaba haciendo pedazos por dentro. Fátima, que había estado observando el intercambio con horror, se puso en medio de los dos. —¡Ya basta! ¡Por favor! —gritó, mirándonos a ambos. —Dejen de discutir como niños. Se aman, es evidente. Dejen este orgullo estúpido de lado y de una buena vez reconcíliense. —No hay nada que reconciliar, eso está clarísimo —dije tajante. Caminé hacia mi auto, abrí la puerta, entré y encendí el auto. A través del retrovisor, vi a John dándose la vuelta, derrotado, disponiéndose a entrar de nuevo al bar, seguramente para volver con ella. Un impulso estúpido y desesperado me hizo bajar la ventanilla. —¡John! —lo llamé. Él se detuvo y se giró. Me miró con una indiferencia que me heló la sangre. —Aún te quedaron cosas en la casa —le dije, tratando de verme como si no importara. —Ya las tengo todas listas en maletas. Sería bueno que fueras lo más pronto posible por ellas para cerrar esto de una vez. John me miró por un segundo. No dijo nada, simplemente se dio la vuelta y entró al bar, ignorándome por completo, dejándome con la palabra en la boca frente a Fátima. —¡Me acaba de ignorar! —exclamé indignada, mientras Fátima subía al asiento del copiloto. —¡Se dio la vuelta y me dejó hablando sola! Fátima se abrochó el cinturón y suspiró con pesadez, mirándome con una decepción que no pudo ocultar. —¿Y qué esperabas, Lorena? Yo también lo hubiese hecho. Lo tratas como basura y luego esperas que sea el caballero de siempre. —Mejor te llevo a tu casa —dije, arrancando el auto. —Parece que hoy todo el mundo está en contra de mí. —No estoy en contra de ti, Lorena —respondió ella. —Estoy en contra de lo que estás haciendo. Estoy en contra de tus decisiones y de la forma en que estás destruyendo a un buen hombre y a ti misma por un miedo que no te atreves a enfrentar.
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