Mi rostro se transformó en una máscara de piedra. La comida aun no llegaba, pero estaba bien, porque el hambre se me acaba de quitar.
—¿Por qué insistes tanto en tener hijos últimamente, John? —pregunté con una frialdad que cortó el romance de la mesa.
Él pareció desconcertado por mi reacción.
—Porque deseo ser padre, Lorena y pienso que nosotros podemos tener un bebé hermoso, que sea el fruto de este amor. Es lo natural, ¿no?
—No quiero hablar de ese tema ahora —dije, retirando mi mano de la suya.
—Pero es algo que hablamos antes de casarnos —insistió él, sin rendirse. —Tú siempre dijiste que los querías. ¿Qué ha cambiado?
—¡He dicho que no quiero hablar del tema! —exclamé, levantándome de la silla con brusquedad. —Me voy.
—¡Lorena, espera! No te marches.
John dejó un fajo de billetes sobre la mesa por la comida que ni siquiera había llegado y salió detrás de mí a la calle.
Me alcanzó en la acera y me tomó del brazo, obligándome a detenerme.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué reaccionas así? Tú no eres así Lorena—me preguntó, genuinamente preocupado.
—¡Me pasa que parece que lo único importante para ti últimamente es eso! —le grité, liberándome de su agarre. —¡Tener hijos, tener hijos! ¿Es que yo no soy suficiente para ti?
—Eso no es cierto, mi cielo. Solo quiero formar una familia contigo porque te amo. No entiendo por qué te pones así.
—¡Parece que es lo único que te interesa! —le recriminé, con las lágrimas empezando a nublar mi vista. —¡Si no hay un niño de por medio, parece que nuestro matrimonio no vale nada para ti!
—Estás muy extraña desde ayer —dijo él, bajando la voz, tratando de calmarme. —Dime qué es lo que realmente te sucede.
—¡No me pasa nada! —le grité con todas mis fuerzas. — ¡Solo déjame en paz! ¡Déjame tranquila de una vez!
Me giré justo cuando un taxi pasaba por la calle.
Alcé la mano con desesperación, el vehículo se detuvo y me subí antes de que John pudiera decir otra palabra.
—A la calle C... —le dije al taxista con la voz llena de nervios.
El camino de quince minutos fue un suplicio. Mi mente era un caos de dolor, culpa y enojo.
Al llegar, pagué el servicio y caminé hacia la puerta de la casa de Fátima.
Toqué la madera con desespero, en cuanto la puerta se abrió, entré como un torbellino, empujada por una furia que apenas podía contener.
Apenas me vio entrar como un vendaval, con la respiración errática y el maquillaje estropeado por las lágrimas, cerró la puerta tras de mí y me tomó por los hombros.
La calidez de su hogar, que solía oler a canela y libros viejos, me resultó asfixiante en mi estado de agitación.
—¡Lorena! Por Dios, ¿qué te pasa? —preguntó Fátima con desespero guiándome hacia el sofá. —Estás temblando.
—He vuelto a discutir con él, Fátima —solté, dejándome caer sobre los cojines, sintiendo que el peso de mi propio cuerpo era demasiado para mis piernas. —Otra vez lo mismo. Otra vez el maldito tema de los hijos. No puedo más, simplemente no puedo.
Fátima se sentó a mi lado, y me miró con ternura.
—¿Se lo dijiste? —preguntó. — ¿Le dijiste finalmente lo de los resultados? ¿Sabe ya sobre tu infertilidad?
Negué con la cabeza con decepción, ocultando mi rostro entre las manos.
—No... no le he dicho nada aún. No pude hacerlo, en el restaurante, cuando me miró con esa ilusión en los ojos, cuando habló de que ya no fuéramos dos, sino tres... sentí que las palabras se me congelaban en la lengua. ¿Cómo se supone que voy a romperle el corazón de esa manera?
—Lorena, escucha —me dijo ella, tomando mis manos con fuerza. — tienes que decírselo. Tienes que ser valiente. Si se lo explicas, él entenderá por qué estás tan reactiva. Si sabe la verdad, dejará de mencionar el tema, dejará de presionarte sin querer, él no es un monstruo, es tu esposo.
—¡Ese es el problema! —grité, poniéndome de pie y comenzando a caminar de un lado a otro por la pequeña sala. —Siento que lo voy a destruir con la noticia. John sueña con ese bebé, lo desea con cada fibra de su ser. Si se queda a mi lado sabiendo que nunca podré dárselo, nunca será feliz. Lo veré marchitarse día a día, mirándome con lástima o, peor aún, con resentimiento. No puedo permitir que sacrifique su paternidad por un cuerpo que no funciona.
—Te equivocas —dijo Fátima con seguridad. —John te ama más que a nadie en este mundo. Te lo ha demostrado desde que eran unos adolescentes. Por el hecho de que no puedas darle un hijo, él no dejará de amarte. El amor verdadero no es una transacción de fertilidad, Lorena. Él te eligió a ti, no a un útero.
—Sí lo hará —respondí, con una amargura que me quemaba la garganta. —Tal vez no hoy, tal vez no mañana, pero lo hará. Porque ese es su deseo más grande: ser padre. Lo veo cuando mira a los niños en el parque, lo veo en la forma en que sus ojos brillan cuando habla del futuro. Mi diagnóstico es una sentencia de muerte para su sueño más deseado.
Fátima suspiró, frustrada por mi terquedad.
—¿Y entonces qué piensas hacer? ¿Vas a huir cada vez que abra la boca? ¿Vas a discutir con él y gritarle cada vez que mencione el tema por el resto de sus vidas? Eso sí que va a destruir tu matrimonio mucho antes que la infertilidad.