Capítulo 8

962 Words
Me fui temprano de casa después de haber conversado con Steven un momento. Acaricié lentamente su rostro y lo besé como hace mucho tiempo no lo hacía. Después de verlo sonreír, fui al salón a pensar antes que Audrey llegara. Tomé asiento en el sofá y me recosté sobre él con la mirada fija en el techo, sin saber realmente hacia dónde quería dirigir mis pensamientos. Comencé pensando en Steven, replanteándome lo que sentía por él. Me gustaba verlo sonreír y odiaba verlo enfadado, pero también me pasaba eso con Audrey, así que eso no significaba mucho. Podía perfectamente tener que ver con amistad. ¿Qué sentía cuando lo besaba? ¿Qué sentía cuando hacíamos el amor? Reflexioné un momento. ¿Realmente hacíamos el amor? Hacía mucho tiempo que las cosas ya no eran las mismas. Steven se había vuelto inseguro sobre nosotros. Más que sobre nosotros, sobre él mismo y sobre lo que yo sentía por él. Aún me dolía saber que me había sido infiel, que había tirado a la basura nuestra relación sólo por algo del momento. Pero también sabía que él se arrepentía de eso todos los días de su vida. Y que probablemente yo lo torturaba al recordárselo cada vez que podía. Aunque esa no fuera necesariamente mi intención, lo hería. Recordé cuando supe la infidelidad de Steven. Había ido al salón a llorar, a hundirme. No quería que él me viera destrozado, quería reflexionar solo, tranquilo, sin que nadie me molestara. No tenía ganas de nada, ni de pintar, ni de trabajar, sólo quería quedarme sobre el sofá todo el día. Sentía que algo en mí se había roto, que una parte de mí se había muerto. Sentía un vacío doloroso en mi pecho, desolación y sentimientos gélidos. Dolor, tristeza, impotencia. —¿Chris? —había dicho ella, precipitándose a mi encuentro. Escondí mi rostro. —¿Qué haces aquí? —pregunté con la garganta reseca. Ella se detuvo en seco. —Yo… lo siento —murmuró—. Me desperté temprano y quise venirme antes a pensar. La miré sorprendido. Siempre era lo mismo, siempre nos encontrábamos aquí cuando queríamos pensar. —No te disculpes —respondí meneando la cabeza—. Lo siento, no debí hablarte así. Terminó de acercarse a mí y me abrazó. Apoyé mi cabeza en su hombro, respirando pesado. —¿Qué pasó, Chris? —preguntó dulcemente, acariciando lentamente mi cabello. —Steven me engañó —respondí sombrío. Ella se quedó en silencio, sólo dándome calor y apoyo. Tomé sus piernas y la senté en mi regazo para que ambos estuviéramos más cómodos. La rodeé con mis brazos y ella siguió acariciándome—. No sé qué hacer, pequeña. Siento que todo se derrumba alrededor mío. ¿De verdad valgo tan poco? Ella tomó mi mentón y me obligó a mirarla. Me observaba con reproche. —Chris, eres una de las personas más valiosas que he conocido —musitó dulcemente—. Si él no te supo valorar en su momento, no puedes desvalorizarte tú. Eres increíble, como artista, como persona, como amigo y, estoy segura, que como novio. Te quiero, Chris. Por favor, no te culpes a ti de la debilidad de otro. Y esa fue la primera vez en que la vi como una mujer. No como amiga ni como modelo, sino como la hermosa y dulce mujer que era. Fue la primera vez que la quise besar, la primera vez que su mirada me hizo temblar. En ese momento pensé que era porque me encontraba débil y desorientado, pero ahora, meses después de ese mismo constante deseo, sé que no fue sólo eso, que había algo más. Suspiré y me levanté para darle una ojeada al traje antes que llegara ella, pero fue muy tarde. —Ya llegué —anunció alegremente al abrir la puerta. Me quedó mirando curiosa y observó la funda que colgaba de mi brazo. Le sonreí y alargué el perchero hacia ella. —Mira lo que he conseguido —dije. Tomó la bolsa oscura y la puso sobre el sofá. Estaba nervioso y ella no me ayudaba con su lentitud. —Oh, Dios —murmuró con la mirada brillante. Me miró y no pude evitar sonreír—. ¡Es precioso! —Y lo vas a usar tú —respondí satisfecho. Sabía que esa iba a ser su reacción. —¿Qué? ¿Yo? ¡Oh, gracias, gracias, gracias! —exclamó lanzándose a mis brazos con euforia, haciéndome reír—. ¿Cómo lo conseguiste? —Se lo pedí a una de las actrices de ayer —respondí sonriendo, sin querer dar muchos detalles. Empezando por obviar las ganas que había tenido de ir a buscarla y besarla. —¿Y accedió así, sin más? No te creo nada —dijo enarcando una de sus finas cejas, escéptica. La miré dramáticamente ofendido. —¿Qué podría haber hecho yo? —pregunté moviendo rápidamente mis pestañas, haciendo que ella riera. —Eres un idiota —dijo pegándome un leve empujón. Puse mis manos al aire y le imité. —Bah, cariño, sólo usé mis encantos —confesé tranquilamente—. Cayó en un dos por tres. De seguro ni imaginaba que era para otra chica, a la cual seguramente ese traje le quedaría mil veces mejor. Ella rió y me miró con una expresión burlona, como diciendo “¿realmente esperas que me crea eso?”. Sentí el desafío implícito y no pude evitar caer ante la tentación. Me sentí realmente ofendido esta vez. —¿No me crees, verdad? Ella negó con la cabeza y sonrió irónicamente. Mi expresión fue la misma que cuando me acerqué a la muchacha del teatro y ella me miró enérgicamente. Grave error. No había marcha atrás.
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