La habitación estaba en completo silencio, la mirad de Gia estuvo atenta a cada movimiento de Lucian, lo observó avanzar hacía a ella, como si fuese una serpiente cazando a un pequeño ratoncito, vio sus ojos verdes brillar y su respiración se contuvo cuando sintió su lengua húmeda dar la primer lamida. —¡Mi Dios! —dijo suspirando, al tiempo que Lucian separaba más sus piernas para dar otra lamida y sintió como sus brazos musculosos apretaban sus muslos mientras Lucian hundía más su lengua. Los dedos de sus pies se apretaron a los tacones que Gia aún tenía puestos, mientras que estos se hundían en el costoso sillón de cuero. Gia soltó un gemido y hundió sus dedos en el cuero cabelludo de Lucian cuando su lengua se aplastó contra su clítoris y se movió de forma candente en el pequeño botón

