Capítulo 1 · El chico de la ventana al patio
La claridad que se colaba por la ventana era sucia, de patio interior. Mateo abrió los ojos y vio la mancha de humedad en el techo. Tenía forma de la península ibérica —con Portugal incluido, si entrecerrabas los ojos—. Llevaba dos años prometiéndose que la arreglaría, o que llamaría al casero, o que se mudaría. No había hecho ninguna de las tres. La mancha seguía allí, imperturbable, como un recordatorio de que su vida tampoco avanzaba.
El móvil vibró sobre la almohada con la insistencia de un animal herido. Lo agarró sin mirar. Cuarenta y siete mensajes sin leer de Inés. El último era un audio. Lo abrió con el pulgar todavía torpe por el sueño.
—Mateo. Son las ocho. El cliente nos ha mandado un burofax. Si no presentas algo decente hoy, te juro por mis muertos que estás en la calle. Y no me hagas poner mayúsculas. Besos.
Mateo soltó el móvil y cerró los ojos. La resaca le latía en la nuca como un tambor desafinado. Anoche estaba terminando una demo para un cliente: un jueguecito de móvil de esos que se juegan sin jugar, de los que van solos mientras tú haces otra cosa. Recordaba vagamente haber copiado código de un repositorio cutre —de esos que encuentras a las tres de la mañana en un foro en alemán—, haber compilado sin limpiar la caché, y luego una luz blanca, bestial, como si le hubieran dado con un palo en la nuca. La pantalla del portátil echaba humo. Literalmente. El plástico todavía olía a quemado cuando se despertó.
Se incorporó en la cama. Mismo piso. Mismo cuarto. Mismo póster del Atleti campeón de Liga en 2021 ajado en la pared. Mismo olor a fritura del bar de abajo. Todo igual que siempre. Pero algo le cosquilleaba en el fondo del cráneo.
Agarró el móvil. La fecha no era la misma.
17 de marzo de 2025.
—¿Pero esto qué coño...?
Y entonces la vio.
Una línea de texto verde neón flotaba en la esquina superior derecha de su campo de visión. Parpadeaba. Como un HUD de videojuego, pero en la vida real. En sus retinas. En su cerebro. Donde fuera que estuviese pasando aquello.
[Sistema iniciándose...]
[Estado actual: Cultivo Nivel 1 — Fase inicial]
[Errores detectados: muchos. No me hagas contarlos]
[Aviso: Soy tu creación. No me preguntes cómo, que yo tampoco lo sé]
[Por cierto: la pizza de anoche tenía pinta de ser una mierda]
Mateo parpadeó. La línea seguía ahí.
—Estoy colocado —dijo en voz alta—. Me ha sentado mal la pizza de anoche.
[Negativo. No estás colocado]
[Aunque la pizza era de las baratas, se nota]
Se pellizcó el muslo con todas sus fuerzas. Le dolió. Se pellizcó otra vez. Seguía doliendo. Se levantó, fue al lavabo, se echó agua en la cara. El espejo le devolvió la imagen de siempre: un chico de veintisiete años con barba de tres días, pelo revuelto y cara de no haber dormido. Pero en la esquina de su visión, la línea verde seguía flotando, impasible, como esperando a que el imbécil del usuario dejase de hacer el tonto.
—Vale —dijo mirándose al espejo—. O estoy en un brote psicótico o me ha pasado algo muy gordo.
[Un poco de las dos cosas, si te soy sincero]
Se vistió con la ropa de siempre. Camiseta gris del mercadillo del Rastro —tres por cinco euros—, pantalones de chándal con una mancha de salsa que ya ni recordaba de dónde había salido, chanclas de imitación Croc compradas en un todo a cien de la calle Tribulete. Se miró en el espejo del ascensor —que hoy sí funcionaba, milagro— y pensó que no parecía un viajero interdimensional. Parecía un tío cualquiera. Un pringado cualquiera. Pero con una línea verde en la cabeza.
El barrio ya estaba en marcha. El carnicero ecuatoriano que se sabía los nombres de todos los vecinos colocaba el género con parsimonia. La peluquería de señoras, con su toldo raído y su letrero de neón que se encendía incluso de día, ya tenía a dos clientas con el cartón en la mano. Pasó un repartidor de Glovo en bici esquivando a una señora con el carro de la compra. Todo era exactamente igual que ayer. Igual que siempre. Pero Mateo sentía un zumbido eléctrico bajo la piel, como si el mundo entero estuviese renderizándose a su alrededor.
O igual es que no había desayunado.
En el bar Manolo, su rincón de siempre —junto a la ventana, donde la luz entraba sesgada por la mañana—, pidió un ColaCao con porras. Manolo estaba detrás de la barra, gallego de sesenta años, bigote y delantal blanco, sirviendo cafés con la misma expresión de hastío con que los había servido los últimos cuarenta años. El gato del bar, un siamés gordo que respondía al nombre de Paquito, dormía sobre un taburete acolchado hecho una rosca perfecta. Dormía dieciocho horas diarias. Mateo lo admiraba profundamente. Si existía la reencarnación, él quería volver como Paquito.
—Hoy llegas tarde, ¿no? —le soltó Manolo sin levantar la vista de la cafetera.
—Cosas del teletrabajo.
—Pero si tú no teletrabajas.
—Pues cosas del trabajo presencial. O algo.
Manolo le sirvió el ColaCao con la misma expresión de siempre: hartazgo y un punto de ternura, como un padre que ya ha renunciado a entender a su hijo. Mateo mojó una porra y masticó despacio mientras la línea verde seguía parpadeando en su campo visual. Nadie más la veía. Era solo suya.
Agarró el móvil. Volvió a mirar la fecha. 2025. Mientras removía el ColaCao, un flash le cruzó la memoria: la pantalla del portátil echando humo, y justo antes del apagón, una línea de código que no había escrito él. Un comentario en el código fuente. *// Proyecto Cangrejo de Río — Iteración 47 — No desplegar sin autorización.* Lo había borrado sin leerlo del todo, como quien borra los términos y condiciones antes de instalar una app. Ahora deseaba no haberlo hecho.
—Oye, Manolo —dijo—. Una pregunta tonta. ¿En qué año estamos?
Manolo lo miró por encima de la barra con la ceja levantada.
—Deja las drogas, muchacho.
—No, en serio.
—2025. Para lo que me preguntas.
Mateo asintió, muy despacio, como si asimilara una información razonable. No lo era. No lo era en absoluto. Pero asintió. Terminó el desayuno, dejó unas monedas sobre la barra y se despidió de Paquito con un gesto de la barbilla. Paquito ni se inmutó. Profesional.
Cuando salió a la calle, la luz de Madrid le dio de lleno en la cara. Caminó hacia la boca del metro con las manos en los bolsillos. La línea verde seguía ahí. Y por primera vez, además del texto, había un icono: una rueda dentada que giraba lentamente.
Se detuvo en mitad de la calle. Un repartidor le soltó un «¡Aparta, coño!» que Mateo ni registró.
—Vale, Sistema —murmuró—. ¿Qué se supone que tengo que hacer contigo?
[Pues mira, el plan es el siguiente:]
[Tú eres el administrador de este sistema]
[Yo soy el motor del juego que programaste]
[Estamos fusionados. Literalmente. Almas gemelas. Qué bonito]
[A cambio, tienes acceso a todas las funciones]
[Pero hay una pega]
—Siempre hay una pega.
[El sistema solo responde a actividades comerciales]
[Negocios. Empresa. Pasta, vaya]
[Si lo intentas usar para vaguear, jugar o cocinar:]
[se te va a petar todo]
[Probado y confirmado]
Mateo asimiló la información. Llegó a la boca del metro, apoyó la mano en la barandilla y miró al cielo de Madrid. Un cielo azul claro, sin nubes, con la estela de un avión cortándolo en diagonal. No sabía si reírse o tirarse por la escalera.
—O sea, que tengo superpoderes, pero solo para currar.
[Exacto]
[La ironía es maravillosa, ¿no?]
—Pues vaya mierda de superpoder —dijo en voz alta.
Una señora que pasaba a su lado lo miró con desaprobación y se santiguó. Mateo se encogió de hombros. Empezó a bajar las escaleras del metro, con las chanclas chapoteando contra los escalones de cemento. El vagón llegó puntual, por una vez en la vida. Mateo se sentó en un asiento libre, apoyó la cabeza contra la ventanilla y cerró los ojos. La línea verde seguía parpadeando en la oscuridad de sus párpados.
—Sistema —murmuró—. ¿Esto es real?
[Más real que tu título de ingeniero]
[Y eso que tardaste seis años en sacarlo]
Mateo resopló. No era una risa. Pero casi.
¿Ha merecido la pena? Pues ya sabes. Siguiente capítulo. Que la caña se enfría y el algoritmo no se arregla solo.