capítulo 15

1082 Words
El Día de la Apuesta El aire en el campus estaba cargado de una energía tensa y anticipatoria. El sol brillaba alto, pero el ambiente parecía más oscuro de lo habitual. Clara, como cada mañana, había llegado con Valeria, apoyándose en su bastón con una mezcla de costumbre y resignación. Lo que no sabía era que ese día marcaría un antes y un después en su vida, aunque todavía no tuviera ni idea de lo que estaba por venir. Por su parte, Adrián caminaba hacia la universidad con el corazón agitado. Los últimos días habían sido un caos emocional para él. Su mente estaba completamente dividida entre lo que sentía por Clara y la presión de su entorno. Carolina había estado más distante, como si intuyera que algo no estaba bien, pero lo que realmente lo atormentaba eran los comentarios de sus amigos. Desde hacía un tiempo, notaba las miradas y las bromas que hacían sobre Clara. Al principio, había intentado ignorarlas, pero todo había empeorado ese día. Mientras Adrián caminaba hacia el edificio principal, su grupo de amigos lo interceptó. Entre risas y comentarios sarcásticos, lo empujaron hacia un rincón del campus donde solían reunirse a hablar sin ser molestados. Valeria y Clara estaban en la cafetería, lejos de esa zona, lo que hacía que el lugar pareciera perfecto para lo que estaba a punto de ocurrir. —Adrián, hermano, necesitamos hablar contigo —dijo uno de sus amigos, lanzándole una sonrisa burlona. Adrián frunció el ceño, sabiendo que nada bueno saldría de esa conversación. —¿Sobre qué? —preguntó con un tono cansado, intentando desviar la conversación hacia cualquier otro tema. Pero no le dieron oportunidad. Marcos, el líder del grupo, se adelantó con una sonrisa astuta. —Es sobre Clara... ¿Sabes? Tu vecinita. La del bastón —comentó, con una risa mal disimulada. Adrián sintió que su estómago se revolvía. Sabía por dónde iba todo, y no quería escuchar ni una palabra más. Sin embargo, no tuvo más opción que quedarse ahí, atrapado entre las miradas insistentes de sus amigos. —¿Qué tiene que ver Clara en esto? —replicó, intentando mantener la calma, aunque por dentro sentía que todo se desmoronaba. —Bueno, es que hemos estado pensando... —intervino uno de los otros chicos—. Ya sabes, siempre está a tu alrededor, y parece que no puede soltarte, incluso después de todo este tiempo. Así que... ¿por qué no la haces parte de un jueguito? Adrián sintió que la sangre le hervía. Cada palabra que decían le hacía daño, pero no lograba encontrar una forma de defenderla sin delatar lo que realmente sentía por ella. Si mostraba su debilidad frente a ellos, lo destrozarían. Su orgullo estaba en juego, pero también lo estaba Clara. —¿Qué tipo de jueguito? —preguntó, sabiendo que la respuesta no sería agradable. Marcos sonrió de manera siniestra, disfrutando del momento. —Una apuesta. Sabes lo que se dice de ella, ¿no? Que es débil, que nunca podrá tener una vida normal. ¿Qué tal si tú eres el tipo que la hace sentir especial, solo para... ya sabes... divertirte un poco y demostrarles a todos que no es más que una niña que depende de otros? Haz que se enamore de ti, y luego la sueltas. Fácil, ¿no? Adrián sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No podía creer lo que estaba escuchando. El simple pensamiento de herir a Clara de esa manera lo hacía querer vomitar. Pero los ojos de sus amigos lo miraban con expectativa, esperando su respuesta. El silencio se hacía cada vez más insoportable. —No puedo hacer eso... —murmuró, intentando alejarse de la situación. Pero no fue tan fácil. Marcos lo agarró del brazo, sus dedos clavándose en su piel, mientras lo miraba con una mezcla de diversión y amenaza. —Oh, claro que puedes. No nos decepciones, Adrián. Sabes que tienes que hacerlo. Además... no querrás parecer un cobarde, ¿verdad? El ambiente estaba cargado de tensión. Adrián miró a sus amigos, intentando encontrar una salida, pero estaba atrapado. La presión social, el miedo al rechazo y al ridículo pesaban demasiado. El eco de sus risas lo rodeaba, y con cada segundo que pasaba, sentía que no tenía otra opción más que aceptar. Con un nudo en la garganta y la vista fija en el suelo, murmuró: —Está bien... acepto. Las palabras apenas salieron de su boca, pero resonaron como una sentencia en su cabeza. Sabía que acababa de cometer el peor error de su vida. —¡Sabía que lo harías! —exclamó Marcos, dándole una palmada en la espalda—. Vamos, va a ser divertido. Solo asegúrate de no enamorarte de la chica, ¿eh? Adrián asintió con una mueca amarga, mientras sus amigos seguían riéndose y haciendo bromas. Apenas podía escuchar lo que decían. Su mente estaba en otro lugar, perdida entre el arrepentimiento y el miedo. ¿Cómo había llegado a este punto? Todo lo que quería era proteger a Clara, y ahora se encontraba participando en algo que sabía que la destruiría. Sin que lo supiera, Valeria había escuchado todo desde detrás de un árbol cercano. Había salido a buscar algo que había olvidado en el auto cuando escuchó la voz de Marcos mencionando el nombre de Clara. Lo que oyó a continuación la dejó congelada, incapaz de creer lo que estaba sucediendo. Adrián, su supuesto amigo, había aceptado una apuesta cruel, una que pondría el corazón de Clara en peligro. Valeria apretó los puños, sintiendo una furia creciente. Sabía que tenía que proteger a Clara, costara lo que costara. Pero también sabía que Clara estaba enamorada de Adrián desde que eran niños. Esto no solo sería un golpe devastador para ella, sino que podría romperla por completo. Respirando hondo, Valeria salió de su escondite. No podía quedarse callada. Estaba dispuesta a enfrentar a Adrián, a obligarlo a ver la magnitud de su error. Y, más que nada, estaba decidida a hacer todo lo posible para evitar que Clara saliera lastimada. Mientras caminaba hacia el grupo de chicos, la determinación en sus ojos era inquebrantable. Podía escuchar las risas a medida que se acercaba, pero no le importaba. Adrián tenía que entender lo que estaba en juego. Iba a hacer que lo comprendiera, aunque tuviera que sacudirlo hasta que despertara de su ceguera. Este era un día crucial, y Valeria no iba a quedarse de brazos cruzados.
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