Silencios que pesan
Clara trataba de concentrarse en las notas que el profesor escribía en la pizarra, pero su mente vagaba una y otra vez hacia la escena de esa mañana. No era la primera vez que Adrián intentaba ignorarla, pero hoy se había sentido diferente. Había algo en la forma en que ni siquiera levantó la cabeza, en cómo su mirada parecía buscar cualquier punto en el horizonte, excepto el que la incluía a ella.
Valeria, sentada a su lado, notó su distracción y le dio un ligero codazo.
—Tierra llamando a Clara... ¿Estás bien? —susurró.
Clara se sobresaltó, volviendo bruscamente al presente. Asintió rápidamente, aunque sabía que Valeria no se lo creía. Habían pasado demasiados años juntas como para que esa pequeña mentira fuera creíble.
—Solo... no dormí bien anoche —respondió Clara, tratando de sonar despreocupada.
Valeria la observó un momento más, como si estuviera evaluando si debía insistir o no, pero al final simplemente sonrió.
—Cuando quieras hablar, ya sabes que aquí estoy —dijo con una sonrisa cálida, antes de volver a sus apuntes.
Clara agradeció el silencio que siguió. Sabía que Valeria podía insistir si realmente lo consideraba necesario, pero también respetaba sus espacios. Sin embargo, su mente no podía dejar de volver a esa imagen: Adrián caminando junto a Camila, sus pasos sincronizados, sus risas resonando en el aire fresco de la mañana.
Los minutos pasaban con lentitud, y la clase, que normalmente disfrutaba, se convirtió en una tortura. Cada segundo se sentía más pesado que el anterior. Por fin, el sonido del timbre la devolvió a la realidad. Junto a Valeria, recogió sus cosas y salieron del aula en medio del bullicio de los otros estudiantes.
Mientras caminaban por los pasillos, las miradas furtivas y los murmullos a sus espaldas seguían como siempre. Los comentarios no eran algo nuevo, pero había días en los que dolían más que otros. Hoy era uno de esos días.
—Mira, la coja otra vez —escuchó una voz susurrar mientras pasaba junto a un grupo de chicos. Risas ahogadas siguieron el comentario, y aunque Clara trató de ignorarlo, sintió cómo la sangre le hervía.
Valeria, siempre protectora, apretó su brazo un poco más fuerte y giró la cabeza hacia los chicos.
—¿Decían algo? —preguntó en un tono gélido.
Los chicos se quedaron callados por un momento, incómodos bajo la mirada de Valeria, antes de apartar la vista y seguir su camino. Valeria bufó con desdén.
—Un día de estos voy a soltarles una bofetada que no olvidarán jamás —murmuró entre dientes.
Clara suspiró. Sabía que Valeria estaba tratando de protegerla, pero había aprendido hace mucho tiempo que enfrentar ese tipo de situaciones no cambiaba nada. Las palabras dolían, pero al menos podía controlarlas. Lo que no podía controlar era lo que sentía cuando veía a Adrián.
Al llegar a la cafetería, se encontraron con su mesa habitual junto a la ventana. El lugar ya estaba abarrotado de estudiantes que reían, charlaban y parecían disfrutar de la vida universitaria como si todo fuera fácil para ellos. Valeria tomó asiento primero, mientras Clara dejaba su bastón a un lado y se sentaba con cuidado.
—¿Qué vas a querer? —preguntó Valeria, sacando su billetera.
—Solo un café, no tengo mucho apetito hoy —respondió Clara, mirando distraídamente por la ventana.
Valeria se levantó y fue a la barra, mientras Clara dejaba que sus pensamientos se perdieran en el vaivén de la gente. Sin querer, su mirada se desvió hacia la puerta de la cafetería... y ahí estaban. Adrián y Camila, entrando juntos, una vez más. Él llevaba su típica chaqueta de cuero negra y su cabello revuelto, con esa despreocupación que siempre había tenido. Camila, perfecta como siempre, reía a su lado.
Clara sintió una punzada en el pecho. No sabía si era celos o simplemente una frustración profunda que no podía poner en palabras. ¿Cómo había llegado a este punto? Habían sido amigos durante tantos años, compartido tantos momentos... y ahora, él la trataba como si no existiera. Como si todos esos recuerdos no significaran nada.
Adrián la vio. Lo sabía porque lo atrapó en un breve momento en que sus ojos se encontraron. Fue solo un segundo, pero fue suficiente. Algo en su expresión cambió, como si una sombra cruzara su rostro. Pero entonces, como si nada, volvió a centrarse en Camila, riendo con ella como si Clara fuera invisible.
—¿No te cansas de torturarte así? —dijo Valeria, volviendo a la mesa con el café en mano.
Clara se sobresaltó, dándose cuenta de que había estado observándolos demasiado tiempo.
—No es tortura... solo... no sé. —Bajó la mirada, sintiéndose expuesta.
Valeria la observó por un momento antes de suspirar.
—Mira, sé que es difícil, y sé que hay mucho que no has dicho... pero tienes que dejar de mirar hacia atrás. Lo único que vas a encontrar ahí es más dolor.
Clara sabía que tenía razón, pero era más fácil decirlo que hacerlo. ¿Cómo dejar atrás a alguien que había sido tan importante para ti durante tanto tiempo? ¿Cómo ignorar esos sentimientos que no habían desaparecido del todo?
Valeria continuó hablando, tratando de distraerla con cualquier cosa, y por un rato, funcionó. Pero cada vez que Clara levantaba la vista, veía a Adrián y Camila sentados a unas mesas de distancia, conversando como si el mundo a su alrededor no existiera.
—No te merece, Clara. Recuerda eso —dijo Valeria de repente, como si hubiera leído su mente.
Clara no respondió, simplemente asintió. Tal vez Valeria tenía razón, tal vez no. Pero lo que Clara sabía era que, por más que intentara olvidarlo, Adrián siempre sería una parte de su vida, y eso era lo que más la asustaba.