Al borde del abismo
El sonido del despertador rompió el silencio en la habitación de Clara. Las paredes pintadas de un azul suave y los posters de sus artistas favoritos la rodeaban como un recordatorio de los sueños que alguna vez había tenido, de las metas que aún no se atrevía a dejar ir. Entre ellos, un póster de Michael Jackson, cuyo rostro le daba esa fuerza invisible que siempre había necesitado. Inspiró profundamente, y aunque el día apenas comenzaba, ya podía sentir el peso de todo lo que implicaba salir de la cama.
—Clara, ¿ya estás lista? Valeria llegará en cualquier momento —la voz de su madre retumbó desde el otro lado de la puerta.
Ella suspiró. Vivir con sus padres a veces se sentía como estar atrapada en una burbuja. La protección constante, la preocupación interminable... todo eso la asfixiaba, aunque sabía que sus padres lo hacían por amor. Sin embargo, había una parte de ella que deseaba poder respirar sin sentirse observada, sin que cada movimiento suyo fuese motivo de preocupación.
Se levantó de la cama lentamente y, con esfuerzo, tomó su bastón. Las piernas siempre le recordaban que, aunque ella intentara vivir una vida normal, había limitaciones que no podía ignorar. Pero su corazón, aunque frágil en ciertos aspectos, se mantenía firme en su convicción de avanzar.
Bajó las escaleras y vio por la ventana el auto de Valeria estacionado frente a su casa. Su mejor amiga había sido un pilar incondicional desde que eran pequeñas. A diferencia de muchos otros, Valeria jamás la trató diferente por su discapacidad, y eso era algo que Clara agradecía más de lo que podía expresar.
—¡Val, ya voy! —gritó mientras se ponía su chaqueta.
—Apúrate, que nos van a cerrar la cafetería —bromeó Valeria desde la puerta del coche, sonriendo de manera contagiosa.
Antes de salir, Clara hizo una pausa frente al espejo del pasillo. Se miró a sí misma, tomando un respiro profundo, tratando de mentalizarse para lo que le esperaba en la universidad. Siempre había comentarios, miradas, risas... y aunque trataba de ignorarlos, algunos días eran más difíciles que otros. No era solo su discapacidad lo que los atraía, sino también la inseguridad que ella aún no lograba vencer del todo. "Hoy será diferente", se prometió en silencio, aunque en el fondo dudaba de sus propias palabras.
Justo cuando Clara salió de la casa apoyada en su bastón, algo en su visión periférica llamó su atención. Adrián, su vecino de toda la vida, estaba saliendo de su casa también, pero no estaba solo. Llevaba del brazo a su novia, Camila, la chica más popular de la universidad. Su risa resonaba en la tranquila mañana, y Clara sintió cómo su pecho se apretaba al verlos.
Adrián la vio. Lo sabía. Ese ligero temblor en su expresión lo delataba. Pero en lugar de saludarla, como lo había hecho tantas veces antes, bajó la mirada, haciendo un esfuerzo evidente por ignorarla. Clara lo notó, y por un instante, sintió cómo un viejo nudo se formaba en su garganta. Pero no podía permitirse el lujo de detenerse en eso ahora. No cuando estaba tratando de mantener su propio equilibrio, tanto físico como emocional.
Subió al auto de Valeria, quien la miró con una ceja levantada.
—¿Otra vez ignorándote? —preguntó Valeria, sin necesidad de que Clara dijera una sola palabra. Sabía lo que estaba pasando entre ellos. O más bien, lo que nunca había pasado pero siempre estuvo ahí, en esa frontera incierta entre la amistad y algo más.
—No importa. —Clara trató de sonar casual, pero el tono de su voz la traicionó.
Valeria suspiró mientras arrancaba el auto, poniendo música para intentar cambiar el ambiente. El trayecto hacia la universidad era relativamente corto, pero cada vez que Clara veía a Adrián, sentía que el camino se alargaba eternamente. No ayudaba el hecho de que él viviera a solo unas casas de distancia y que pareciera salir a la misma hora todos los días.
Al llegar a la universidad, Clara bajó del auto, agradeciendo la compañía de Valeria. Pero cuando levantó la vista, ahí estaban otra vez: Adrián y Camila, abrazados mientras caminaban hacia el edificio principal. Camila, siempre perfecta, con su cabello dorado cayendo en suaves ondas y una sonrisa radiante. Adrián, con su rostro concentrado, evitando en todo momento mirar hacia donde estaba Clara.
—Me da gracia —dijo Valeria de repente, rompiendo el incómodo silencio.
—¿Qué cosa? —preguntó Clara, agradeciendo la distracción.
—Que Adrián trate tan desesperadamente de ignorarte cuando es obvio que no puede. —Valeria soltó una risa, pero su comentario estaba cargado de verdad.
Clara no supo qué responder. Llevaba años siendo su vecina, y lo conocía mejor que nadie. Sabía que algo estaba pasando con él, algo que iba más allá de simplemente evitarla. Pero lo que no entendía era por qué ahora se sentía tan diferente. Tal vez era porque había empezado a salir con Camila, o tal vez, porque Adrián estaba luchando con algo que aún no estaba listo para admitir.
Mientras caminaban juntas hacia la entrada de la universidad, Clara trató de sacudirse esos pensamientos. Era difícil, pero se dijo a sí misma que no podía seguir atrapada en algo que, claramente, él había dejado atrás. O al menos, eso era lo que ella pensaba.
—Vamos, Clara. Hoy será un buen día. Y si no lo es, lo hacemos bueno. —Valeria sonrió, tomando su brazo con cariño.
Clara sonrió de vuelta, aunque sus pensamientos seguían divididos. El camino a la puerta de entrada se sintió más pesado de lo normal, y aunque sus piernas le dolían un poco más de lo habitual, lo que realmente pesaba era el corazón.