El Templo
La carroza avanzaba lentamente por las calles del palacio, sus ruedas resonando sobre el pavimento de piedra, mientras el sol de la mañana iluminaba tenuemente los edificios circundantes. En su interior, Kaelion se encontraba sentado frente a Leocadia, observándola con una mezcla de intriga y admiración. Ella, vestida de manera sencilla, pero con una elegancia que no podía pasar desapercibida, se veía tranquila y decidida. Su atuendo, aunque modesto, reflejaba la sobriedad y el respeto al Templo que había aprendido a mostrar desde su infancia en Glen.
- ¿En serio vas a alimentar a los niños? - le preguntó Kaelion, con una ligera sonrisa de incredulidad, aunque también había algo de curiosidad en su tono. No podía evitar preguntarse si su esposa, quien había demostrado una gran inteligencia y responsabilidad en muchos aspectos, realmente se involucraría en algo tan cercano a las personas comunes.
Leocadia levantó la mirada hacia él, sus ojos brillando con una resolución tranquila.
- Lo hacía en Glen, - respondió ella, con una calma que denotaba seguridad. - Milena y Sir Rovik van conmigo. No veo la necesidad de que me acompañaras.
Kaelion arqueó una ceja, aparentemente no del todo convencido. Su mirada pasó de ella a la ciudad que se veía a través de la ventana del carruaje.
- Tengo asuntos con el templo, - dijo él, su tono más grave y cargado de una seriedad que denotaba la importancia de lo que tenía que hacer - Mientras haces tu trabajo, yo haré el mío.
Leocadia no reaccionó inmediatamente, pero un destello de comprensión pasó por sus ojos. Sabía que el templo no era solo un lugar de oración y meditación para él, sino también un campo de batalla espiritual y político en el que Kaelion se veía obligado a maniobrar con cautela. La relación del emperador con el clero era tensa, llena de desacuerdos y rivalidades.
- De acuerdo, - le dijo ella, manteniendo su tono sereno. - pero no olvides que hay cosas que no puedes controlar, Kaelion. Las personas pueden hacer más por otros cuando tienen algo tangible que ofrecer.
Él la miró fijamente, apreciando el tono firme, pero pacífico en su voz. Aunque su mundo estuviera lleno de intriga y peligro, Leocadia no se dejaba perturbar por las expectativas de su posición ni por el estrés que todo esto implicaba. Eso lo sorprendía y, de alguna manera, le inquietaba.
- Lo tendré en cuenta. - Kaelion asintió levemente, sabiendo que, aunque las diferencias entre ellos existían, su vínculo también los unía en formas que ninguno de los dos podía ignorar.
El resto del trayecto transcurrió en un silencio relativo, cada uno absorto en sus propios pensamientos mientras la carroza avanzaba hacia el templo. Cuando llegaron, la visión del edificio imponente y sereno hizo que Kaelion tomara aire profundamente, preparándose para enfrentar lo que fuera que le aguardaba dentro. Mientras tanto, Leocadia se dispuso a hacer lo que mejor sabía: conectar con las personas, escuchar sus necesidades y, sobre todo, ofrecerles algo tangible, algo que les devolviera la esperanza.
Cuando la carroza llegó al templo, la multitud que se había reunido a su alrededor era considerable. La gran entrada de piedra, adornada con símbolos religiosos y figuras talladas de antiguos dioses, estaba rodeada por un bullicio inusitado. Nobles, plebeyos, hombres y mujeres, todos se habían congregado en la explanada, creando una atmósfera vibrante de expectación. Los primeros rayos del sol daban un brillo dorado a la escena, haciendo que la ciudad entera pareciera más viva, más conectada, como si todo girara en torno a la visita de los emperadores.
Los nobles se mantenían a un lado, a una distancia respetuosa, mientras los plebeyos se agrupaban más cerca, algunos con canastas de comida, otros con carteles improvisados que rezaban por la bendición del emperador y su esposa. Había una sensación de esperanza en el aire, como si la presencia de Leocadia y Kaelion pudiera traer consigo algo de alivio a los que luchaban por sobrevivir en un reino marcado por la guerra y el caos.
Kaelion, que había estado observando desde la ventana del carruaje, exhaló con suavidad y se preparó para bajar. Leocadia, a su lado, no parecía tan perturbada por la multitud. En su rostro había una serenidad que parecía contrarrestar la inmensidad de la escena que se desplegaba ante ellos.
- ¿Estás lista para esto? - preguntó Kaelion, notando la firmeza con que ella se mantenía.
Leocadia lo miró con una leve sonrisa, ajustándose la capa antes de salir del carruaje. Sus ojos brillaban con una mezcla de confianza y determinación.
- Por supuesto. Estos son los que realmente necesitan nuestra ayuda, Kaelion - su voz tenía una seguridad tranquila, la misma que había mostrado siempre al trabajar con aquellos que más necesitaban de su apoyo.
Kaelion, aunque un poco más distante y taciturno, no pudo evitar notar la diferencia entre la forma en que Leocadia se movía y cómo él mismo lo hacía en situaciones de este tipo. Ella era la emperatriz, no por la autoridad que llevaba, sino por el respeto genuino que lograba ganar de todos, desde los nobles hasta los más humildes.
Ambos descendieron del carruaje. Los nobles hicieron una ligera reverencia, pero fueron los plebeyos quienes mostraron la mayor emoción. Algunos aplaudieron, otros levantaron las manos en saludo y algunos incluso gritaron palabras de gratitud hacia la pareja imperial. En medio de la multitud, se podían ver a madres con hijos pequeños, ancianos con bastones, todos esperando la llegada de la emperatriz para recibir la ayuda que tan desesperadamente necesitaban.
Leocadia, con una calma que solo ella podía proyectar, dio un paso al frente. Alzó la mano suavemente, pidiendo silencio. Su gesto fue suficiente. La multitud se quedó en silencio, expectante, observando cada movimiento de su emperatriz.
- Gracias por su paciencia y su fe, - dijo ella con voz clara, mirando a los presentes - Hoy, en nombre de todos ustedes, tenemos un compromiso con el futuro de nuestro imperio. No solo les traemos alimento, sino la promesa de que, mientras estemos aquí, trabajaremos para construir un futuro mejor para todos.
El murmullo de aprobación se extendió por la multitud, mientras algunos empezaron a acercarse para recibir las bolsas con pan y comida que les ofrecían los sirvientes de la emperatriz. Leocadia hizo un gesto hacia Milena y Sir Rovik, quienes se encargaban de coordinar la entrega. Mientras tanto, Kaelion permanecía de pie cerca de ella, observando en silencio, siempre alerta, pero también observando la forma en que su esposa se manejaba con facilidad en medio de tanta gente.
A su lado, Milena le susurró al oído:
- La emperatriz sabe exactamente lo que hace. No se le escapa nada. No se preocupe, majestad.
Kaelion asintió, reconociendo la verdad en sus palabras, aunque no podía dejar de preguntarse cómo alguien tan joven, que había sido tan marginada por su propia familia, había llegado a ser una figura tan esencial para su gente.
Mientras Leocadia continuaba su labor, él comenzó a caminar hacia el interior del templo, sus pensamientos sumidos en las responsabilidades que lo aguardaban. El templo, ese lugar tan lleno de historia y, a la vez, de tensiones, sería el próximo escenario donde tendría que enfrentarse con viejos rivales y con nuevos desafíos. Pero al ver a Leocadia en su elemento, tan segura de sí misma y tan decidida a ayudar a aquellos que lo necesitaban, una parte de él comenzó a sentir algo más allá de la obligación, algo que aún no lograba comprender del todo.
Al mismo tiempo, un pequeño niño se acercó a Leocadia, con una flor en las manos, ofreciéndosela como muestra de agradecimiento. Leocadia le sonrió dulcemente, tomando la flor con delicadeza y agradeciéndole en voz baja, sin que la multitud dejara de observarla con admiración.
Kaelion observó todo desde la distancia, sintiendo un nudo en el estómago, un sentimiento de pertenencia y de cambio. Su imperio, su reino, podía necesitar muchas cosas, pero algo en su interior le decía que estaba comenzando a entender la verdadera razón por la que había decidido casarse con Leocadia.
El emperador miró a los sirvientes que rodeaban a Leocadia mientras ella se encargaba de distribuir la comida entre los plebeyos. A pesar de la formalidad de su posición y de la impresionante capa imperial que le colgaba sobre los hombros, no era su estatus lo que mantenía a la gente a su alrededor. No era la corona sobre su cabeza ni la autoridad de su título. Era algo mucho más sutil, una fuerza en su interior que parecía atraer a todos a su alrededor.
Su mente se centró en los rostros que había observado cuando vino a buscarla para el viaje al templo. Rovik, su viejo amigo y leal escolta, había sido siempre un hombre duro, un cascarrabias con una disposición que nadie podría clasificar como “amistosa”, pero incluso él, a pesar de su personalidad ruda y su tendencia a ser desconfiado, no parecía evitar admirar a Leocadia. Había algo en ella, una determinación silenciosa, que le hacía confiar en ella incluso sin necesidad de palabras.
Dorian, su secretario y consejero, el hombre siempre analítico, meticuloso en cada decisión, también había cambiado. Kaelion recordaba las primeras conversaciones con él sobre el matrimonio, cuando Dorian había mostrado dudas sobre la capacidad de Leocadia para ser más que una pieza decorativa en su corte. Ahora, sin embargo, el semblante de Dorian hablaba por sí mismo. Había comenzado a ver a su esposa no como una simple consorte, sino como una mujer capaz de afrontar lo que fuera que se le presentara, de asumir responsabilidades y tomar decisiones difíciles. Y lo peor de todo para Kaelion, Dorian parecía estar... orgulloso de ella. Esa mirada en sus ojos lo delataba.
Y luego estaba Milena, su doncella, cuyo papel siempre había sido el de mantener la distancia respetuosa entre el emperador y su esposa. Siempre un paso atrás, siempre observando, como si su lealtad fuera algo tácito, pero aún así indiscutible. Kaelion se dio cuenta de que Milena no solo protegía a Leocadia en su deber, sino que la admiraba de una manera casi maternal. Ella creía en su emperatriz. A Kaelion le había costado aceptar que el cariño que Milena sentía por Leocadia no era un simple respeto hacia su posición. Había algo más profundo en esa relación, algo de confianza genuina y eso era nuevo.
Y por supuesto, sus escoltas. Karn, Eron y Darek, hombres que no solo eran fieles a su emperador, sino también a su esposa. Aunque eran soldados endurecidos por la batalla, todos ellos se veían movidos por una lealtad inquebrantable hacia Leocadia desde que la conocieron. Kaelion había notado cómo siempre se aseguraban de que estuviera bien, cómo protegían su bienestar con más celo del que él mismo podría haber esperado. Era un detalle que no había pasado desapercibido para él y que lo hacía sentir... incómodo. Estos hombres, que conocían la crudeza del mundo y la guerra, creían en ella. Creían en su fuerza, en su carácter.
Y eso lo confundió.