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1319 Words
Encuentro en el Imperio Celeste Kaelion había recorrido muchos caminos en su vida. Había enfrentado batallas, luchado por su imperio, pero nunca había sido tan consciente del peso de sus propios pasos como ahora. No podía decir con certeza por qué había llegado hasta allí, a la mansión de Edward Transa, ni por qué sentía la necesidad urgente de actuar. Era un impulso extraño, un deseo de evitar un destino que, aunque aún incierto, lo acechaba como una sombra. La noche anterior, en el banquete de bienvenida a los oficiales del Imperio Celeste, había visto a Leocadia D’Aurial después de diez años. Como esposa de Edward Transa, se había mostrado a la vista de todos con una sonrisa perfecta, la máscara de la mujer noble que tenía todo lo que un reino pequeño podía ofrecer. Pero Kaelion había notado la fragilidad detrás de sus ojos, una vulnerabilidad que solo los más atentos podrían detectar. Algo en ella lo había perturbado, algo que había quedado grabado en su mente. En ese banquete, entre las conversaciones superficiales y las risas obligadas, Leocadia se había apartado un momento, buscando refugio en un rincón. Kaelion la observó en silencio desde su lugar, su mirada fija en ella mientras se retiraba del bullicio de los nobles y militares. Había algo inquietante en la manera en que ella se aislaba, como si no encajara del todo en el lugar donde estaba, como si su alma estuviera atrapada en un rincón oscuro. Era una princesa, pero no había brillo en ella esa noche. No como las otras mujeres del salón, que se entregaban al juego de la política y la corte. No, Leocadia estaba completamente sola, su sonrisa apenas una sombra de lo que solía ser. Algo en su postura, en la tensión de su cuerpo, le indicó que ella, a diferencia de los demás, no era una pieza más en el tablero. Fue entonces cuando Kaelion decidió acercarse, pero no lo hizo por compasión ni por deseo de cortejarla. No se trataba de una simple curiosidad. Algo dentro de él, algo profundo y oscuro, le decía que esa mujer no debía caer en las mismas manos que todos los demás. Edward Transa no era el hombre que pretendía ser y Kaelion lo sabía muy bien. Había llegado al reino como un simple observador, pero ese encuentro lo había marcado. Lo que siguió esa noche no fue un encuentro casual. Kaelion se acercó a ella con la misma destreza con la que se movía en la corte, pero lo que encontró en sus ojos fue algo que no había anticipado: desdén, pero también un leve resquicio de esperanza. Como si, en ese breve cruce de miradas, Leocadia ya supiera que él no era como los demás o eso quiso creer. Al final, la conversación fue breve. Un par de palabras que, a los ojos de los presentes, parecerían un simple intercambio de cortesías. Pero Kaelion pudo ver lo que ella no decía. La lucha interna, la desesperación oculta tras esa sonrisa frágil. Sabía, en ese instante, que algo no estaba bien y que su destino, de alguna forma, estaba vinculado al de ella. El día siguiente cambió todo. Recibió información que confirmaba sus sospechas. La mansión del conde Transa, donde Leocadia se encontraba atrapada, era un lugar de engaños y manipulaciones. La princesa estaba sumida en una prisión de mentiras y su marido, el hombre que le había prometido amor y protección, la trataba como un mero objeto. Kaelion no podía permitir que la princesa siguiera viviendo esa mentira, no después de lo que había visto. Decidió actuar. Esa noche, cuando la tormenta comenzaba a azotar el reino con su furia, Kaelion se presentó en la mansión, sin previo aviso. La oscuridad le servía de aliado, el sonido de los truenos cubría sus pasos mientras se acercaba a la ventana de la habitación de Leocadia. Su corazón latía más rápido de lo habitual y por un instante se preguntó si lo que hacía era realmente lo correcto. Pero el impulso era más fuerte que cualquier duda. El Baile: Kaelion POV Kaelion cerró los ojos mientras el carruaje avanzaba a la Villa Azul. Las emociones y la adrenalina de lo que había hecho estaban gastando toda su energía. Podía enfrentar ejércitos sin miedo con la fuerza de su espada y su aura, pero el secuestrar a la esposa de un noble de su propio Imperio como un adolescente enamorado le pegó duro. Quería convencerse de que actuó por justicia y por el honor de la princesa de un reino aliado, pero ahora, que la tenía en el carruaje en medio de la noche, no parecía eso. La mirada de sus caballeros lo hicieron consciente de ese hecho cuando llegó al carruaje con ella en los brazos. Si los periódicos se enteraban sería un escándalo no sólo para él si no que la reputación de la princesa sería destruida. No lo pensó... ¿Cómo explicarle a Transa que se llevó a su esposa? Lo único que pudo pensar fue en el baile de la noche anterior y al recordarlo decidió que volvería a hacerlo. Sin dudar. Conversación en el Balcón El salón estaba bañado en luces doradas, un mar de sedas y perfumes flotando en el aire mientras los nobles se deslizaban por el suelo de mármol, siguiendo el ritmo de la música. Cada uno de los movimientos parecía calculado y los murmullos se mezclaban con la melodía, creando una atmósfera de intriga y sofisticación. Kaelion Verithar se encontraba al margen de la pista, en el trono, su mirada fija en Leocadia D’Aurial, la princesa del pequeño reino aliado que había viajado con el segundo hijo del Conde Transa como su esposa. Había estado observándola durante la mayoría del baile, como un espectador que intenta comprender un misterio que lo atormenta. A pesar de las sonrisas que mostraba, había algo en su postura, una quietud demasiado tensa, como si estuviera aguantando algo mucho más grande que la etiqueta del momento. En su baile con Edward Transa, Leocadia parecía hermosa, su figura resplandeciente en un vestido color marfil, pero Kaelion no podía dejar de notar lo distante que estaba de él. Edward, su esposo, parecía desinteresado, como si la princesa fuera solo una pieza más de su estrategia. Era algo que Kaelion había detectado en cada uno de sus movimientos, su actitud indolente, pero lo que realmente le preocupaba era lo que veía en Leocadia. La forma en que sus ojos evitaban las miradas del público, la rigidez de sus movimientos, como si se estuviera protegiendo de algo invisible. La música seguía sonando, pero Kaelion se sintió atraído por ella como un imán, su voluntad de entender el sufrimiento de la princesa superando cualquier protocolo. Como emperador, él sabía lo que significaba la política, la traición, el sacrificio. Pero algo en la vulnerabilidad de Leocadia, algo en esa tristeza que parecía latir desde lo más profundo de su ser, lo empujó a actuar. Observó cómo su esposo la guiaba por el salón, un gesto de desdén pintado en su rostro. La tensión en Leocadia se hizo más evidente a medida que avanzaba el baile. No era solo la incomodidad del lugar, era algo más, algo que parecía pesar sobre ella. La música alcanzó su clímax y en un movimiento casi instintivo, Kaelion avanzó. Dejó el trono donde estaba sentado para mezclarse entre la multitud y se acercó a la mujer con pasos firmes, manteniéndose en las sombras, observando cada detalle. No podía seguir viéndola sufrir, no sin hacer algo al respecto. En cuanto el baile terminó, vio la oportunidad perfecta. Leocadia hizo una pequeña reverencia a su esposo, quien apenas la miró antes de volverse a la multitud. Ella, con una sonrisa tensa, se apartó de él y se dirigió hacia el balcón, un lugar solitario donde la oscuridad de la noche parecía hablar más fuerte que cualquier palabra.
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