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La Presión del Consejo La sala del trono del Palacio Imperial estaba llena de un silencio expectante. Los nobles, ataviados con sus mejores galas, murmuraban entre ellos, sus susurros apenas contenidos mientras esperaban que el emperador Kaelion Verithar hiciera su entrada. Los rumores que se habían esparcido como fuego sobre una amante en la misteriosa Villa Azul habían llegado a un punto crítico. La nobleza, inquieta por el escándalo, había solicitado una audiencia urgente para aclarar el asunto. Finalmente, las puertas dobles se abrieron y Kaelion entró con paso firme. Vestía una túnica negra decorada con bordados dorados que parecían reflejar la luz de los candelabros, su porte imponente silenciando de inmediato los murmullos. Rovik Tharun, su escolta y mejor amigo, lo seguía a corta distancia, su mirada alerta recorriendo el salón. Kaelion tomó asiento en el trono elevado al final de la sala, cruzó una pierna sobre la otra y apoyó un codo en el reposabrazos, su expresión neutral, casi aburrida. Cuando finalmente habló, su voz resonó con la autoridad que sólo un emperador podía manejar. - Tengo entendido que han solicitado una audiencia para discutir... rumores. - Hizo una pausa deliberada, sus ojos recorriendo a los nobles frente a él, algunos de los cuales se removieron incómodos bajo su mirada. - Espero que sea algo de vital importancia, considerando que han interrumpido mi mañana. Un noble mayor, Lord Carvenell, dio un paso adelante, inclinando la cabeza con respeto, aunque su tono no pudo ocultar del todo su audacia. - Majestad, los rumores que han llegado a nuestros oídos son... preocupantes. Se habla de una mujer alojada en la Villa Azul, bajo su protección directa. Se dice que es... su amante. El silencio que siguió fue tan pesado que parecía que todos contenían la respiración. Kaelion, en cambio, no mostró reacción alguna. Dejó que las palabras flotaran en el aire antes de que una lenta sonrisa se dibujara en sus labios. - Mi amante, ¿Dice usted? - repitió, su tono cargado de un sarcasmo apenas disimulado. Lord Carvenell asintió con cautela. - Majestad, la nobleza del Imperio está preocupada por la percepción pública. Una relación así, si no es legítima, podría dañar la imagen del trono. Nos preocupa... Kaelion lo interrumpió con un gesto de la mano, sus ojos brillando con una mezcla de burla e irritación. - Percepción pública. Qué preocupados están ustedes por lo que murmuran en las calles - Se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando ambas manos en los brazos del trono, como un león que se prepara para el ataque - Escuchen bien, porque no tengo intención de repetirlo. El salón se tensó aún más mientras Kaelion hablaba con una calma que parecía peligrosamente contenida. - Esa mujer no es mi amante - Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran profundamente en la audiencia. Luego, añadió, con un tono que era a la vez sarcástico y desafiante: - Es mi emperatriz. El impacto de esa declaración resonó como un trueno en la sala. Los nobles intercambiaron miradas de incredulidad y varios comenzaron a murmurar entre ellos. La reacción fue justo lo que Kaelion esperaba y su sonrisa se amplió ligeramente. - ¿Algún otro rumor que necesiten aclarar? - preguntó, recostándose en el trono con una confianza despreocupada. Lord Carvenell parecía haberse quedado sin palabras, pero otro noble, Lady Varienne, dio un paso adelante, su rostro una máscara de desconcierto. - Majestad, con todo respeto, ¿Está diciendo que esta mujer, esta...dama, será coronada como su consorte? Kaelion alzó una ceja, como si la pregunta fuera ridícula. - Estoy diciendo que la he elegido y eso debería bastar para todos ustedes. Lady Varienne, tratando de recuperar la compostura, se adelantó una vez más. - Pero, Majestad, esa mujer de la que se habla es la esposa del segundo hijo del Conde Transa... Kaelion levantó una mano para interrumpirla, su expresión se volvió glacial mientras sus ojos recorrían a la audiencia. - Me temo que han confundido la situación, Lady Varienne - dijo, su voz cargada de autoridad y una pizca de sarcasmo - La princesa viajó al Imperio escoltada por el joven Transa. Era un gesto de cortesía, nada más. La princesa estaba prometida a mí desde el principio, pero debido a los preparativos necesarios en el palacio para recibirla como corresponde, le pedí al Conde Transa que la alojara temporalmente en su mansión ¿No es así, Conde? Kaelion volvió su mirada hacia el Conde Transa, quien había permanecido en silencio, su rostro ahora tenso bajo la presión de la atención de toda la sala. La mirada del emperador, fría y penetrante, era suficiente para helar la sangre. - Tengo aquí mismo el documento firmado por el Rey de Glen que ratifica este acuerdo - continuó Kaelion, sacando un pergamino cualquiera de su túnica y desenrollándolo con una calma estudiada. Era una farsa perfecta y lo sabía. - Pero la dama asistió al baile con Lord Transa…- dijo un noble confundido. - Con lo chismosos que son, tenía que ver a mi esposa sin todos sus ojos viciosos…- bufó molesto – No quería exponerla a esta basura… El Conde Transa apretó los dientes, su orgullo y su posición lo mantenían en su lugar. Finalmente, inclinó ligeramente la cabeza y respondió con una voz controlada: - Todo fue hecho siguiendo su voluntad, Majestad. El Conde Transa apretó los dientes con furia contenida. Sabía que el emperador lo tenía en sus garras, pero no iba a dejar las cosas sin pelear. Aunque su hijo era un cobarde, él no lo era. - Nuestra familia ha velado por la seguridad de la princesa. Pueden enviar a los médicos que quieran para verificar su pureza - dijo con soberbia, levantando el mentón mientras su voz resonaba en el salón. El caos estalló de inmediato. Los murmullos se transformaron en exclamaciones y los nobles intercambiaban miradas entre incrédulos y fascinados. Kaelion apretó los puños con fuerza, sus nudillos blancos por la tensión. La mera idea de que trataran a Leocadia como ganado para ser inspeccionada le resultaba indignante, pero se obligó a mantener el control. No podía perder el dominio en un momento tan crucial, aunque la furia ardiera en su interior como una hoguera. El bastardo de Transa fue astuto. Los murmullos se intensificaron, pero Kaelion alzó una mano para silenciarlos, su paciencia al borde del límite. - El Imperio necesita un líder fuerte y una emperatriz digna. He tomado una decisión y como su emperador, no necesito justificarla ante ustedes. Su mirada recorrió la sala, desafiando a cualquiera a contradecirlo. Nadie se atrevió a hablar. - Si alguno de ustedes tiene algo más que decir, les sugiero que lo guarden para cuando estén a solas. Ahora, si eso es todo, esta audiencia ha terminado. Kaelion se levantó, su capa oscura ondeando tras él mientras salía de la sala, seguido por Rovik, quien apenas pudo contener una sonrisa. - Esa fue una manera interesante de manejarlo, majestad - murmuró Rovik cuando estuvieron fuera del alcance de los oídos curiosos. Kaelion no respondió, pero en su mirada había una mezcla de determinación y satisfacción. Había plantado una semilla, una declaración que nadie en la corte olvidaría pronto. Ahora, solo quedaba asegurarse de que la dama que descansaba en la Villa Azul estuviera lista para asumir el papel que él le había otorgado. Unilateralmente...
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