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732 Words
El Examen La atmósfera en la Villa Azul era tensa, cargada de murmullos y pasos inquietos. En el pasillo principal, frente a la puerta de la habitación donde descansaba Leocadia, un grupo de cuatro médicos esperaba, sus rostros serios y sus actitudes altivas. Llevaban consigo maletines de cuero, símbolos de su oficio y una carta con el sello del consejo que les daba autoridad para realizar lo que consideraran “necesario”. Kaelion entró en la villa con pasos firmes, sus botas resonando contra el suelo de mármol. La furia era evidente en su expresión, pero la contuvo detrás de una máscara de control rígido. Rovik, siempre a su lado, le seguía con una mirada igualmente sombría, su mano descansando sobre el pomo de su espada, como si la presencia misma de los médicos fuera un insulto que merecía ser resuelto de manera contundente. El grupo de médicos se giró hacia él al escuchar su llegada, pero ninguno habló de inmediato. Habían sido seleccionados por el consejo precisamente por su falta de escrúpulos, pero ahora enfrentaban al emperador mismo, un hombre cuya fama de no tolerar la insubordinación era bien conocida. Kaelion no perdió tiempo en formalidades. Su voz, grave y cargada de autoridad, cortó el aire como una hoja afilada: - ¿Qué hacen aquí? El asunto está terminado...No aceptaré estupideces de la corte El líder del grupo, un hombre mayor con cabello gris y ojos pequeños y calculadores, dio un paso adelante, inclinando ligeramente la cabeza, pero sin mostrar verdadera deferencia. - Majestad, hemos sido enviados por el consejo para llevar a cabo una revisión necesaria. Dada la situación que se ha presentado, el bienestar de la princesa debe ser confirmado y... Kaelion alzó una mano, deteniéndolo en seco. Su mirada glacial atravesó al hombre y cuando habló, su tono era bajo pero letal. - ¿Revisión? ¿Inspección? ¿Pretenden tratar a una princesa como si fuera un animal en un mercado? El médico titubeó, pero mantuvo su postura. - No es nuestra intención faltarle al respeto, Majestad, pero el consejo requiere pruebas claras para... disipar rumores. Kaelion avanzó un paso más, su presencia imponente obligando al médico a retroceder instintivamente. La tensión en el pasillo era palpable y los otros tres médicos intercambiaban miradas nerviosas, conscientes de que la situación podía salirse de control en cualquier momento. - Les daré una sola advertencia - dijo Kaelion, su voz un susurro helado que, sin embargo, llenó el pasillo. - La princesa Leocadia D’Aurial está bajo mi protección. Si alguno de ustedes intenta entrar en esa habitación o levantar un dedo sobre ella, lo consideraré un acto de traición. Y ya saben cuál es el castigo para los traidores. Rovik, a su lado, dio un paso hacia adelante, su mano aún sobre su espada, reforzando la amenaza implícita. El líder del grupo tragó saliva, su confianza erosionándose rápidamente bajo la mirada implacable del emperador. Dio un paso atrás, alzando las manos en un gesto de rendición. - Majestad, no queremos causar problemas... Solo seguíamos órdenes. - Pues desobedezcan esas órdenes. - replicó Kaelion con frialdad. - Y salgan de aquí antes de que pierda la paciencia. Los médicos, conscientes de que no tenían más opciones, comenzaron a retirarse de la puerta, pero sin intención de marcharse. Cuando el último de ellos se alejó, Kaelion se giró hacia Rovik, que lo observaba con una mezcla de respeto y preocupación. - Bastardos, - gruñó Kaelion entre dientes - ni siquiera me dieron tiempo para hablar con ella. - Esto no termina aquí, Kaelion. - respondió Rovik. - El consejo no se quedará quieto. Kaelion apretó los puños, su mandíbula tensa mientras procesaba las palabras de su amigo. Finalmente, soltó un suspiro y se dirigió a la puerta de la habitación de Leocadia. - Entonces debemos estar preparados. Pero ahora, necesito verla. Abrió la puerta con cuidado, su mirada suavizándose al instante cuando vio a Leocadia recostada en la cama. A pesar de su fragilidad, había una calma en su semblante que contrastaba con el caos del exterior. Kaelion sabía que tendría que decirle algo, pero por ahora, lo único que importaba era que ella estuviera a salvo. Cerró la puerta tras de sí, dejando a Rovik de guardia en el pasillo y se acercó a la cama, dispuesto a asegurarse de que los rumores y las intrigas no volvieran a alcanzarla.
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