Desafío
El sonido de sus pasos resonaba suavemente sobre las baldosas del pabellón cubierto. Leocadia, envuelta en un sencillo vestido de tonos claros, avanzaba hacia los jardines imperiales, buscando un respiro tras horas de estudio. El aire fresco y la fragancia de las flores siempre lograban calmar su mente, aunque no podía ignorar la tensión latente en el ambiente del palacio.
Al doblar una esquina, una figura emergió desde una de las terrazas laterales, bloqueándole el paso. Edward Transa, con su porte altivo y su característico aire de desprecio, estaba frente a ella. Su expresión mezclaba una sonrisa sardónica y una mirada cargada de rabia contenida.
- Vaya, vaya, si es la emperatriz, - dijo con un tono mordaz, inclinándose ligeramente como si estuviera saludándola. - O debería decir... mi dulce esposa fugitiva.
Leocadia sintió cómo su cuerpo se tensaba, pero no dio un paso atrás. Mantuvo la barbilla en alto, aunque por dentro sentía que su corazón comenzaba a latir con fuerza.
- Ya no tienes derecho a llamarme así, Edward, - respondió con calma, aunque su voz llevaba un filo afilado como una hoja - Ese vínculo ya no existe.
Edward dejó escapar una risa amarga, dando un paso hacia ella, reduciendo la distancia entre ambos.
- ¿Eso crees? - susurró, su tono lleno de veneno - ¿Que puedes escapar tan fácilmente de lo que eres? Por mucho que te vistas con sedas imperiales y juegues a ser la gran dama, sigues siendo la niña tonta que creyó todas mis palabras.
Leocadia apretó los puños, luchando por mantener la compostura ante su rudeza.
- Si vine aquí, fue porque creí en tus promesas, - dijo, su voz temblando levemente al principio, pero ganando fuerza rápidamente. - Pero eso fue antes de ver lo que realmente eras: un cobarde que no puede enfrentar la verdad.
Los ojos de Edward se estrecharon y su sonrisa desapareció. Dio otro paso hacia ella, ahora demasiado cerca para su comodidad.
- ¿Cobarde? - murmuró, inclinándose ligeramente hacia adelante - ¿Eso es lo que crees? El único error que cometí fue subestimarte. Debería haberte mantenido bajo control desde el principio, pero me dejé llevar por tu dulce cara de niña inocente.
Leocadia lo miró fijamente, sus ojos ardiendo con una mezcla de ira y desafío.
- No soy la misma persona que trajiste aquí, Edward. Y si crees que puedes intimidarme, estás aún más perdido de lo que pensé.
Edward sonrió nuevamente, pero esta vez había algo oscuro y amenazante en su expresión.
- ¿Y qué te hace pensar que eres intocable ahora? ¿Porque el gran emperador te protege? Kaelion puede ser poderoso, pero incluso él tiene enemigos y no siempre estará ahí para salvarte.
Antes de que pudiera decir algo más, una voz profunda resonó detrás de ellos.
- ¿Seguro que quieres probar esa teoría, Edward?
Ambos se giraron para ver a Rovik, escolta personal de Kaelion, caminando hacia ellos con paso firme. Sus ojos estaban clavados en Edward y, aunque su rostro mantenía la calma, había una clara advertencia en su mirada.
Edward retrocedió ligeramente, aunque su expresión seguía siendo desafiante.
- Esto no es asunto tuyo, Sir Rovik.
- Todo lo que ocurre cerca de la emperatriz es asunto mío, - respondió Rovik, deteniéndose junto a Leocadia y posicionándose ligeramente entre ellos - Y si tienes algún problema con ella, te sugiero que lo lleves al consejo... o que lo olvides.
Edward apretó los dientes, su mirada pasando de Rovik a Leocadia. Finalmente, dejó escapar un resoplido de frustración y dio un paso atrás.
- Esto no ha terminado, Leocadia. No puedes esconderte detrás de él para siempre.
Leocadia lo observó marcharse, su cuerpo aún tenso, pero esta vez, una chispa de satisfacción brillaba en sus ojos.
Rovik la miró, inclinando ligeramente la cabeza.
- ¿Está bien, princesa?
Ella asintió, soltando el aire que no sabía que había estado conteniendo.
- Estoy bien, Sir Rovik - Luego, tras un breve silencio, añadió: - Pero no voy a esconderme. No más.
Rovik sonrió levemente, aunque su mirada seguía atenta al camino que Edward había tomado.
- Bien dicho, pero por ahora, será mejor que regresemos al interior. Hay más de un peligro en este palacio y no todos son tan evidentes como Edward.
Leocadia asintió, sabiendo que, aunque el encuentro había terminado, la verdadera lucha apenas comenzaba.