Alejandro frunció el ceño, claramente inconforme con la respuesta tan superficial. Se acercó un paso más, su mirada fija en Edward como si intentara ver más allá de su fachada. Ondra permaneció en silencio, observando todo con ojos de hielo, sin moverse de su silla.
- ¿Solo eso? - dijo Alejandro con una incredulidad apenas disimulada. - ¿Te casaste con ella solo por su estatus? Pensé que eras más inteligente que eso. Sabías perfectamente que no sería un matrimonio por amor. Pero ¿Qué esperabas? Que todo fuera sencillo, ¿verdad? Que tendrías una esposa de prestigio y eso te daría poder, influencia, acceso a todos los recursos que te deseabas. Pero te has equivocado. Los reyes de Galen le han quitado el título, Edward. No tienes nada. Ya ni siquiera el matrimonio tiene valor.
El golpe fue directo, punzante. Edward sintió un nudo en el estómago, una oleada de frustración se alzó dentro de él, pero la rabia lo ahogó antes de que pudiera mostrarla. Alejandro había dado en el blanco. Su matrimonio ya no tenía el peso que pensó que tendría. La corona de Galen había despojado a Edward de cualquier poder, de cualquier derecho de influir en los asuntos del reino y por más que lo intentara, no podía cambiarlo.
Edward apretó los puños, su cuerpo rígido por el enfado, pero al mismo tiempo, una sensación de impotencia lo envolvía. Él lo había sabido, por supuesto, que aquel matrimonio no le otorgaría el poder que tanto había soñado si no engañaba y convencía a la ingenua princesa y a sus padres. Había esperado que la conexión con una princesa lo elevaría, lo haría importante. Pero, al final, todo había sido una ilusión. Y ella, Leocadia, con su nobleza intacta, con su mirada llena de expectativa y su esperanza ingenua, ahora no era más que un peso sobre sus hombros.
Alejandro lo observó, un brillo de desdén en sus ojos, pero también una cierta tristeza. Edward no había sido el hermano que creía que sería, no el hombre que podría haberse convertido en algo más que un simple título.
- Entonces, ¿Por qué no la has tocado? Los sirvientes dicen que no has dormido con ella - preguntó Alejandro ya sabiendo la respuesta, pero buscando confirmar la ridícula inconsistencia de todo el asunto. -¿Por qué no has siquiera intentado consumar el matrimonio?
Un rastro de incomodidad cruzó el rostro de Edward al instante y un suspiro casi inaudible escapó de sus labios. Los recuerdos de los primeros días en que llegó a la casa de los padres de Leocadia, lo que fue un cálido recibimiento en un reino distante, parecía una broma cruel. Después de casarse, se emborrachó y se durmió sin tocarla. Leocadia había esperado lo que toda esposa esperaba de su marido y él, por supuesto, había tenido la oportunidad y la desperdició. Cuando viajaron a Celeste, el carruaje era incómodo ya que los reyes se negaron a prestarles el carruaje real y estaba tan furioso cuando Leocadia le dijo que sus títulos habían sido revocados y que sería solo su mujer, que no tuvo las ganas para tomarla.
Y la última razón era clara, cuando llegaron a Celeste, aunque le costaba admitirlo: Kaelion Verithar, el emperador intervino.
- No pude - Edward murmuró, como si las palabras le pesaran en la lengua - Cuando llegué aquí, tuve que regresar rápidamente al cuartel. El emperador estaba supervisando las tropas y me envió a apoyar a los oficiales. El maldito emperador ha estado interviniendo en cada momento. Ella… ella estaba sola en la mansión. No he tenido tiempo.
Las palabras de Edward flotaron en el aire como un mal argumento, pero tanto Alejandro como su padre lo miraron con desdén.
- ¿No tuviste tiempo? - Alejandro repetía las palabras como si no pudiera creerlo - ¿De verdad crees que a alguien le interesa una excusa tan patética, Edward?
Ferdinand, al escuchar esa última confesión, dio un paso al frente. La furia que emanaba de su cuerpo era palpable, su voz profunda y llena de rabia:
- ¡No me vengas con excusas, Edward! - La mirada del conde era una mezcla de disgusto y desesperación - ¡Esto es un desastre! Si no puedes ni siquiera hacer lo que un hombre debe hacer con su esposa, ¿Qué clase de heredero estás siendo para esta familia?
La presión aumentó y Edward sintió que la frialdad de su padre lo atravesaba como una daga. Todo su mundo se desmoronaba a su alrededor. El estatus que creía que tendría, el matrimonio que pensó que lo elevaría, todo era solo humo.
Y lo peor de todo: Leocadia, tan pura, tan hermosa, tan llena de dignidad, ahora estaba fuera de su alcance. Había sido su error y todo el castigo que venía con ello lo sabía muy bien. Pero no podía dar marcha atrás.
Edward se levantó de un salto, la furia reventando en su pecho mientras el grito salía sin control. Sus ojos brillaban con rabia y su voz se rompió con cada palabra.
- ¡Ustedes debían educarla! - vociferó, apuntando con un dedo tembloroso a su madre, como si pudiera culparla de todo lo que había salido mal - ¡No me la trajeron preparada para nada! Estaba tan ilusionado con este matrimonio, y ahora todo es un desastre ¿Qué hicieron?
Ondra, su madre, se levantó bruscamente de su silla, la furia en su rostro aumentando con la explosión de su hijo. Su mirada no se apartó de él, pero en sus ojos había algo más: una mezcla de desencanto y de aquella autoridad que siempre había manejado con tal frialdad.
- Lo hice. - La respuesta de Ondra fue fría y directa, pero con una firmeza inquebrantable - La discipliné, la instruí y la preparé para lo que era necesario. La razón por la que no pudo cumplir con las expectativas que teníamos de ella no es culpa mía, Edward. La culpa es de ella misma. Es débil, frágil, completamente inadecuada para ser una Transa. Un desastre, simplemente.
Las palabras de Ondra eran como cuchillos afilados. Cada uno de sus comentarios caló hondo, haciendo que Edward sintiera una presión cada vez mayor en su pecho. Pero lo peor fue la absoluta indiferencia en su tono. No había remordimiento, no había disculpas. Solo una evaluación fría y desalmada de lo que su madre pensaba de su esposa.
Alejandro observó la escena con la mandíbula apretada. No podía entender cómo su madre, una mujer que siempre había sido tan calculadora y persuasiva, podía tratar a una joven que apenas conocía de esa forma. Él sabía que las princesas de otros reinos, por muy delicadas que fueran, podían convertirse en figuras clave en la política, en la imagen pública, pero no, Leocadia había sido un estorbo para su madre. La verdad era que Ondra nunca había pensado que Leocadia fuera capaz de cumplir su papel dentro de la familia, ni de cumplir con los estándares que esperaban de ella como esposa de un Transa.
Edward, aún enardecido, buscó algo a lo que aferrarse. Pero no encontró nada. La desilusión lo estaba devorando por completo.
- No era tan frágil cuando me la presentaron - murmuró, casi como un susurro lleno de veneno - Era la princesa perfecta, elegante, digna…
- ¿Digna? - interrumpió Ondra, alzando la ceja - Ella estaba llena de burbujas vacías en la cabeza, pensó que ser una princesa era suficiente para mantenernos tranquilos. No lo era. Y tú, Edward, eres el primero en culparme a mí por el fracaso de tu matrimonio. Pero deberías mirar a la persona frente a ti. Tú no te has hecho responsable de lo que significa ser un Transa.
El conde Ferdinand, hasta ahora en silencio, finalmente intervino, su voz grave y llena de una autoridad que solo un hombre de su estatus podría tener.
- Es cierto - dijo sin titubear - Tu madre hizo lo que pudo con lo que tenía. La educó para ser una Transa, pero no tenía lo que se necesitaba. Y tú, Edward, deberías haberte asegurado de que no fuera una carga. Tu matrimonio estaba destinado a ser más que un simple capricho, pero te empeñaste en una idea equivocada de ella. Y ahora todo esto ha caído en el abismo.
La indignación de Edward estalló de nuevo, pero las palabras de su padre y su madre lo ahogaron. No había forma de defenderse. La verdad era dolorosa. Leocadia no era lo que él había planeado ni querido. Pero lo peor de todo es que su madre, quien siempre había sido su aliada, lo trataba como si él fuera el único responsable.
La sala estaba impregnada de tensión y Edward, con los puños apretados, dio media vuelta y salió del despacho. En ese momento, la frustración lo invadió por completo. Había tomado decisiones equivocadas y se había dejado llevar por su arrogancia. Ahora, su esposa estaba perdida y la familia, más que nunca, estaba dividida.
El sonido de la puerta cerrándose con fuerza resonó en la mansión como un eco lejano, mientras los tres restantes permanecían en silencio.