Kaelion no lo dudó ni un segundo. Con una mirada rápida para asegurarse de que nadie lo observaba, caminó hacia ella, su presencia invisible en medio del bullicio. El aire fresco de la noche lo envolvió al acercarse al balcón y vio cómo la princesa se apoyaba en la barandilla, mirando al horizonte con una expresión vacía. Era evidente que había algo más, algo que nadie en el salón parecía ver.
Se detuvo detrás de ella, observando su espalda, esa línea tensa en su postura, la forma en que su cabello caía, intentando cubrir lo que, con todo su esfuerzo, ella intentaba ocultar. El cabello de Leocadia se movió ligeramente por la brisa nocturna y fue entonces cuando Kaelion vio la verdad. En su espalda, marcas recientes, líneas rojas y moradas, heridas aún frescas que se asomaban, como si el mismo aire las hubiera dejado al descubierto.
El golpe fue directo y frío. No había necesidad de palabras. Él había visto lo suficiente.
Leocadia giró hacia él con rapidez, tratando de esconder su espalda, pero Kaelion ya había visto lo suficiente. Sus ojos, fríos y calculadores, se encontraron con los de ella. Por un momento, ambos se quedaron en silencio, como si el mundo se hubiera detenido.
-Saludos a su majestad, Emperador de Celeste - le dijo con una reverencia educada.
-¿Quien te hizo eso?
La voz de Kaelion fue baja, cargada de algo más que curiosidad. Había algo en su mirada que ella no podía evitar notar. La preocupación. El enojo. La compasión que se asomaba lentamente a la superficie.
Leocadia no respondió de inmediato. Sus labios se apretaron y por un instante, su cuerpo tembló ligeramente. Kaelion vio cómo su mano se alzaba, como si quisiera cubrir su espalda, esconderse aún más en las sombras de la noche.
-No... no tiene que ver esto, majestad -Su voz se rompió al final y Kaelion pudo escuchar la lucha interna que se libraba dentro de ella. Estaba tan acostumbrada a esconderse, a mantener las apariencias, que ni siquiera sabía cómo hablar de lo que realmente sentía.
Kaelion no pudo evitar dar un paso más cerca, ahora mirando directamente sus ojos, aquellos ojos que se habían mostrado tan fuertes y llenos de vida en los días en que se conocieron en el reino de Galen. Pero ahora, estaban llenos de tristeza y de un dolor profundo, que era más oscuro que cualquier sombra en la que ella se refugiaba.
-No me importa lo que creas que debo ver -Su tono se suavizó, pero había un filo de determinación - Lo que importa es lo que tú necesitas.
Leocadia vaciló. Una parte de ella quería empujarlo, rechazar su ayuda, seguir en su mundo de dolor y mentiras. Pero otra parte, una parte que había estado callada tanto tiempo, estaba cansada. Cansada de ser débil, de callar.
-¿Majestad? - preguntó sorprendida y luego suspiró - No puede salvarme - Su voz era casi un susurro, apenas audible sobre el sonido de la música a lo lejos.
Kaelion observó sus ojos y vio lo que no se atrevía a decir en palabras. Leocadia quería ser salvada. Quería recuperar algo de control sobre su vida. Y Kaelion lo sabía. La conocía bien.
-Te ayudaré a salvarte, princesa - La promesa fue clara, firme - Juntos, recuperaremos lo que te han robado.
Leocadia no dijo nada, pero sus ojos brillaron con algo nuevo: esperanza. Y, por primera vez en mucho tiempo, esa esperanza se sintió real, pero no podía aceptarla.
- Majestad - le dijo inclinándose para marcharse - Ninguno de nosotros es más un niño. Nuestras decisiones tienen consecuencias. Y esta es la mía.
- ¡El que te azoten no es una de ellas! - exclamó frustrado - ¿Por qué no me dijiste? Creí que eras feliz...
- Usted es el emperador y yo sólo una noble. Ya no soy la princesa de Galen.
- Leo...- le dijo sin darse cuenta.
- Me disculpo, majestad - le dijo retrocediendo - Mi esposo debe estar buscándome.
Kaelion observó a la joven marcharse con el corazón apretado, tal como lo sentía ahora, al recordar. No sabía que esperar de lo que había hecho y las siguientes acciones, pero estaba seguro de que no permitiría que volvieran a hacerle daño a la mujer que tenía frente a él.