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El Linaje del Reino de Glen - Ah, sí... La princesa de Glen - respondió el sacerdote con una sonrisa que delataba una mezcla de sarcasmo y curiosidad. - Una gran fan de Nerias. Fascinante - Su tono mordaz subrayaba su desdén por todo lo que estaba relacionado con Glen, una tierra en la que la religión de Nerias era considerada la fuerza primordial. Kaelion no dejó que su disgusto se notara. Sabía exactamente lo que estaba haciendo el sumo sacerdote: estaba provocándolo, buscando una grieta por donde pudiera colarse, pero no iba a dejarse llevar por eso. En lugar de responder con la misma animosidad, decidió adoptar la misma estrategia que Leocadia había usado en otros momentos: no atacar directamente, sino ofrecer algo a cambio. Una zanahoria, como le había dicho Dorian. - Si recuerda - continuó Kaelion, ignorando la burla en la voz del sacerdote, - La emperatriz es la princesa de Glen y su familia tiene una relación especial con Nerias. No se puede negar que su reino es uno de los más devotos en cuanto a la adoración al dios de la sanación. El sumo sacerdote frunció ligeramente el ceño, observando al emperador con interés. Había algo en su postura que indicaba que Kaelion no iba a dejarse intimidar tan fácilmente. - Ah, claro, claro - dijo el sacerdote, con un tono que podría haber sido tanto una aceptación como una negación velada. - Pero, Majestad, no podemos olvidar que el vínculo entre Glen y Nerias tiene más que ver con la práctica que con la devoción genuina. Los reinos tienen sus propios intereses y no todo lo que brilla es lo que parece. Kaelion sonrió de manera fría, tomando sus palabras con calma, pero sin dar señales de que se lo tomaba a pecho. La zanahoria estaba en su lugar y el sumo sacerdote lo había mordido sin darse cuenta. Criticaba a los demás y mostraba su tendencia a predisponer a las personas con otras. - Supongo que, en muchos casos, el interés es lo que da forma a la devoción, pero, al final, el resultado es lo que cuenta. Y parece que mi esposa ha hecho un gran trabajo para traer los beneficios de su linaje a nuestro imperio, no solo por su habilidad, sino por su conocimiento ¿No está aquí, atrayendo a los fieles al Templo? El sacerdote no respondió inmediatamente. Su mirada se alargó sobre Kaelion, considerando sus palabras, pero no iba a ser tan fácil dejar que el emperador tomara la delantera en esa conversación. - ¿Usted cree que su linaje es suficientes para sanar lo que está mal en este Imperio? - El sumo sacerdote soltó la pregunta sin rodeos, observando el rostro de Kaelion. La tensión era palpable, la pregunta cargada de una intención oculta. Pero Kaelion no cedió. - Lo que mi esposa puede hacer es solo una pieza del rompecabezas - respondió Kaelion, su tono firme. - Ella está aquí por voluntad propia, para ayudar, no solo como la emperatriz, sino también como alguien comprometida con el bienestar de este imperio. - Interesante - murmuró el sacerdote, como si estuviera reflexionando sobre algo. Su mirada se posó en la estatua de Nerias y por un momento pareció olvidar a Kaelion a su lado. La luz que emanaba de la figura del dios lo cegaba por un momento y eso dio a Kaelion la oportunidad de tomar el control de la conversación. - Usted sabe bien lo que significan estas estatuas sacerdote. La luz que Nerias proyecta desde sus manos no solo es simbólica. Es lo que buscamos: algo para sanar este imperio, algo más allá de las intrigas y las luchas de poder. Kaelion dejó caer sus palabras con una calma que sólo alguien que controlaba su propio destino podía proyectar. - Así que, si tenemos que hablar de fe, hablemos de lo que realmente importa. No de títulos ni de intereses personales. Estoy aquí para buscar respuestas, no para dar explicaciones. El sumo sacerdote lo observó en silencio por un momento, y luego, al fin, asintió lentamente, como si hubiera comprendido que no iba a ganar esa partida con una provocación simple. - ¿Respuestas? Bueno, majestad... eso depende de cómo usted decida acercarse a las preguntas. Kaelion se inclinó ligeramente hacia adelante, un toque de desafío en sus ojos. - No es tanto sobre cómo me acerco, sino sobre cómo ustedes responden. Aunque las palabras del sacerdote seguían siendo afiladas y cargadas de desdén, Kaelion las aceptaba como parte del precio por obtener respuestas que necesitaba. - Como sabe, sumo sacerdote, - dijo Kaelion, con voz calculada - no he tenido mucha experiencia con el clero. Mi enfoque ha sido más en el gobierno y en lo político, pero mi esposa, Leocadia, tiene una conexión particular con el poder de Nerias. Su padre, el rey de Glen, posee la habilidad de sanación, transmitida a través de su linaje. Quisiera que me explicara un poco sobre esto. El sacerdote lo miró, su expresión oscilando entre la curiosidad y la desconfianza. Como era de esperar, un tema tan sensible relacionado con el poder divino del dios de la sanación no se trataba a la ligera. Sin embargo, el sacerdote estaba acostumbrado a ser requerido para hablar sobre los dones divinos y esta vez no iba a ser la excepción. - Ah, el poder de Nerias... - El sumo sacerdote dejó escapar un suspiro, como si se sintiera abrumado por la magnitud del tema - Es un regalo raro, Majestad. Nerias otorga su habilidad a unos pocos y la transmite a través de generaciones. No es un poder común. Puede curar heridas que de otro modo serían mortales, restaurar energías y, en algunos casos, purificar a aquellos que están muy cerca de la muerte. Este poder, tan generoso y abrumador, viene con un precio. El dios de la sanación otorgó su habilidad a la familia real de Glen, pero a cambio de un sacrificio. Quien tiene el don no puede sanar su cuerpo o a aquellos de su sangre directa. No pueden curarse a sí mismos ni a los suyos.
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