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1185 Words
Si ese es el Precio, Lo Pagaré Kaelion cerró la puerta tras él, el rostro tenso mientras miraba a Leocadia, recostada en la cama. Sus ojos claros lo siguieron con calma, pero había una sombra de curiosidad mezclada con desconfianza en su mirada. El emperador se sentó en una silla junto a la cama, apoyando los codos sobre las rodillas, mientras sus manos se entrelazaban y sostenían su barbilla. - Hay algo que necesito decirte - comenzó, su voz más baja de lo habitual. Leocadia lo observó en silencio, esperando. - Los rumores en la corte se han salido de control - dijo finalmente, con un suspiro. - Llevarte conmigo fue una decisión impulsiva. Sabía que te estaba protegiendo de algo peor, pero... no pensé en las consecuencias. Ella arqueó una ceja, pero no dijo nada, permitiéndole continuar. - Ahora se habla de ti como si fueras mi amante - Las palabras salieron con dificultad, cargadas de disgusto. - Y los nobles, encabezados por el consejo, quieren pruebas de tu... pureza. Han enviado médicos para inspeccionarte. Una humillación que nunca debió haber llegado hasta aquí. Es mi culpa, Leocadia. Asumiré toda la responsabilidad. La princesa lo miró y durante un instante, algo como comprensión cruzó sus ojos. Finalmente, habló, su voz tranquila pero cargada de un filo que Kaelion no había anticipado. - ¿Cómo planeas protegerme de esto? Kaelion cerró los ojos un momento antes de abrirlos de nuevo, enfrentando su mirada. - Me casaré contigo. El impacto de sus palabras hizo que Leocadia parpadeara, pero en lugar de la sorpresa que él esperaba, lo que apareció fue una risa suave y amarga. - ¿Y cómo probarás que soy pura? - preguntó, su tono cargado de sarcasmo. Kaelion se inclinó hacia adelante, su mirada intensa, su voz baja pero decidida. - Eso no me importa. Leocadia lo observó durante un largo momento antes de hablar nuevamente, su tono frío pero pragmático. - Pero a tu pueblo sí. Deja que los médicos me revisen. Kaelion negó con la cabeza de inmediato, su mandíbula apretada. - No hagas eso. Ella inclinó ligeramente la cabeza, sus ojos clavados en los de él. - Eres el emperador. Esta es mi forma de agradecerte la oportunidad que me has dado. Ahora tengo un camino para vengarme. Si soportar esto es el precio, lo pagaré. - Leo... - Kaelion intentó replicar, pero las palabras se atoraron en su garganta. Leocadia le dedicó una sonrisa débil, pero firme. - Haz lo que tengas que hacer, Kaelion. Yo haré lo mismo. Él permaneció en silencio, incapaz de encontrar las palabras correctas. Finalmente, se levantó con un movimiento tenso, su capa ondeando detrás de él mientras se dirigía hacia la puerta. Al abrirla, se detuvo un momento, como si quisiera decir algo más, pero no lo hizo. Salió de la habitación con el peso del mundo sobre los hombros. Una vez fuera, su rostro, que había sido controlado frente a Leocadia, ahora mostraba la furia que lo consumía. Los médicos seguían esperando en el pasillo, hablando entre ellos en voz baja. Kaelion avanzó hacia ellos, pero en lugar de dirigirse a los hombres, su mirada se volvió hacia Rovik, quien observaba todo con cautela. - Llama a la jefa de doncellas. - Su voz resonó con una frialdad que detuvo cualquier movimiento en el pasillo. - Quiero que nadie y repito, nadie la toque. Ningún hombre. Su cuerpo me pertenece. Los médicos se sobresaltaron, intercambiando miradas nerviosas mientras retrocedían instintivamente ante el aura que Kaelion desplegaba a su alrededor. La ira contenida en su voz era palpable, casi tangible, como si llenara el pasillo con una presión insoportable. Rovik asintió con rapidez y dio un paso hacia adelante, asegurándose de que la orden se cumpliera. Kaelion permaneció allí unos segundos más, su mirada fija en los médicos, como si desafiara a alguno de ellos a replicar. Ninguno se atrevió a hablar. Finalmente, el emperador se giró y caminó hacia el otro extremo del pasillo, su capa ondeando como un presagio de tormenta. En su mente, sólo había una idea clara: proteger a Leocadia, sin importar el costo. Cómo Mi Esposa Tendrás Poder Los médicos salieron de la habitación con pasos apresurados, sus rostros tensos y pálidos después de haber cumplido su tarea. Al encontrarse con la imponente figura del emperador Kaelion Verithar en el pasillo, se inclinaron profundamente, conscientes del peligro que implicaba enfrentarse a su ira. El líder del grupo, con voz temblorosa, habló primero: - Majestad, la princesa... es virgen. Kaelion no respondió de inmediato. Su mirada glacial recorrió a cada uno de ellos, como si evaluara si debía dejarlos marchar o matarlos ahí. Finalmente, sus labios se curvaron en una mueca de desprecio. - Ahora que están contentos con su informe, lárguense. Los médicos intercambiaron miradas nerviosas antes de apresurarse a abandonar la villa, sus pasos resonando en el pasillo mientras desaparecían de su vista. Kaelion respiró hondo para calmarse antes de girarse hacia Rovik, que lo observaba en silencio. - Asegúrate de que no vuelvan, en ninguna circunstancia. Puedes matarlos. Rovik asintió y se retiró para cumplir la orden, dejando a Kaelion en la entrada de la habitación. Tomó un momento antes de abrir la puerta. La jefa de doncellas, una mujer de edad avanzada, pero con porte autoritario, se inclinó profundamente al verlo entrar. - Majestad, ¿Necesita algo más? Kaelion negó con un gesto y la mujer salió en silencio, dejando la habitación en calma. Al cerrar la puerta, sus ojos se fijaron en Leocadia, quien estaba sentada en el borde de la cama. Su rostro estaba oculto entre sus manos, pero los temblores de sus hombros revelaban que estaba llorando. Sin embargo, Kaelion no tardó en notar que no era un llanto de pena o fragilidad. Cuando Leocadia levantó la cabeza, sus ojos estaban llenos de una rabia que ardía como un fuego contenido, su rostro enrojecido no por la vergüenza, sino por una furia silenciosa. - Me han humillado de nuevo - dijo ella con voz ronca, apretando los puños sobre sus rodillas. Kaelion se acercó lentamente, sin apartar la mirada de ella. Su tono era bajo, pero cargado de significado: - No olvides quiénes vinieron hoy. Recuerda sus rostros, sus nombres. Podrás vengarte a su debido tiempo. Leocadia lo miró directamente a los ojos, su voz vibrando con una determinación que sorprendió incluso a Kaelion. - ¿Podré hacer lo que quiera? Él se inclinó ligeramente hacia ella, sus ojos reflejando la promesa que estaba a punto de hacer. - Te dije que te daría poder. Hizo una pausa, midiendo cada palabra antes de pronunciarla con firmeza. - Como mi esposa, lo tendrás. Los ojos de Leocadia brillaron por un instante y, aunque sus labios permanecieron cerrados, la chispa en su mirada hablaba de un nuevo propósito, uno que estaba creciendo más allá de su dolor. Kaelion retrocedió un paso, dándole su espacio, pero sin dejar de observarla. Sabía que había sembrado algo en ella, algo que ni los médicos ni los nobles podrían arrancar: una fuerza que sólo necesitaba tiempo para florecer.
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