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1822 Words
Sugerencia Médica El médico, un hombre mayor de barba canosa y ojos astutos, lo esperaba en su oficina. Cuando Kaelion entró, el médico ya tenía preparados varios elixires en frascos pequeños, cada uno etiquetado con precisión. Aunque la experiencia de este hombre le daba una gran autoridad en su campo, Kaelion sabía que hoy la conversación sería diferente. Tenía que revelar algo que ninguno de ellos había previsto. - Majestad, ¿Qué le trae por aquí? ¿Algún síntoma más de la emperatriz? - preguntó el médico, con una sonrisa profesional, pero que rápidamente se desvaneció cuando Kaelion se sentó y un guardia cerró la puerta tras de sí, una señal de que lo que tenía que decir no era trivial. - Es sobre la emperatriz - comenzó Kaelion, con tono grave - Algo ha sucedido... en el templo. Algo que ni siquiera ella esperaba y que me tiene preocupado. El médico frunció el ceño, observando al emperador con atención. - ¿De qué está hablando, Majestad? - preguntó, sabiendo que Kaelion no solía andar en rodeos. - Leocadia... ha despertado un poder, uno vinculado a Nerias. El poder de curación de Nerias. Y ella está muy debilitada, el poder parece consumirla cada vez que lo usa. El médico se quedó en silencio por un momento, digiriendo las palabras de Kaelion. Sabía que la familia de Leocadia tenía una historia antigua con Nerias, pero nunca se había mencionado nada de tal poder, en esta generación. - Majestad... - dijo al fin, con cautela - este es un poder que no se puede ignorar. Un poder tan grande como el que describe podría tener repercusiones físicas graves, como ya ha sucedido. La emperatriz debe aprender a controlarlo o su cuerpo no podrá soportarlo, pero... creo que esto es algo que puede manejarse. Al menos, parcialmente. Kaelion lo miró, esperando una respuesta más concreta. - ¿Cómo se puede controlar? - preguntó, un tanto desesperado. El médico asintió, preparándose para explicar algo que había estudiado en sus años de experiencia, pero que jamás pensó que tendría que compartir con el emperador. - El poder de Nerias es... un poder divino, sí, pero también es un poder natural. La emperatriz tiene la habilidad de canalizarlo, como cualquier aura o energía interna. Puede aprender a controlarlo, pero eso llevará tiempo. - El médico hizo una pausa, como si sopesara cuidadosamente sus palabras - Aunque también hay una forma de estabilizar el poder que ella posee de manera más rápida. Un medio para equilibrarlo y evitar que su cuerpo se sobrecargue. Kaelion frunció el ceño, esperando una solución más clara. - ¿De qué manera? - preguntó con un tono más urgente. El médico le lanzó una mirada seria, consciente de lo que implicaba lo que estaba a punto de decir. - Un hijo. La palabra cayó pesada en el aire. Kaelion la asimiló lentamente, mirando al médico como si esperara que fuera una broma, pero el médico continuó, firme. - Un niño puede equilibrar el poder divino dentro de su cuerpo. Al canalizar la energía hacia otro ser, el poder de Nerias puede estabilizarse y volverse más manejable para ella. Es como un conducto natural para la energía que lleva dentro. Esto no es algo que se pueda hacer a la ligera, claro está, pero... es la única forma que veo para que su cuerpo no sucumba a esa sobrecarga de poder mientras aprende a canalizarlo. Kaelion se quedó en silencio, procesando las palabras del médico. La idea de que un hijo fuera la solución parecía... demasiado lejos de lo que había planeado, pero entendió el significado de las palabras del médico. Leocadia no podría continuar manejando tal poder por sí sola. Necesitaba algo que la conectara a la vida, algo que pudiera equilibrar su energía. - ¿Es seguro para ella o para el bebé? - preguntó Kaelion, el nerviosismo evidente en su voz. No sabía cómo podía afrontar algo tan serio, tan personal. Pero lo haría, si eso significaba salvar a su esposa. El médico asintió, aunque su rostro reflejaba la gravedad de lo que implicaba. - Sí, pero con precauciones. El embarazo no será fácil, no lo será nunca para alguien con un poder tan grande. La emperatriz necesitará reposo y los cuidados deben ser estrictos. Sin embargo, con el tiempo, este proceso podría darle el equilibrio que necesita. Kaelion sintió como un peso le caía sobre los hombros. Ya no se trataba solo de política o de poder. Se trataba de la vida de su esposa y tal vez de la vida de un hijo, algo que nunca había considerado en su relación hasta la conversación con el Sumo Sacerdote. Kaelion se levantó, sintiendo que la gravedad de lo que acababa de aprender le pesaba en el corazón. El destino de su esposa y tal vez del imperio, estaba ahora ligado a una decisión aún más importante. El emperador salió del despacho del médico, la mente en caos. Las palabras del médico retumbaban en su cabeza: un hijo podría equilibrar el poder de Leocadia. La idea le parecía... injusta. No podía imponerle un embarazo a Leocadia, no cuando su relación apenas estaba comenzando a consolidarse. Y, sobre todo, no cuando él mismo había vivido la amarga soledad de ser un hijo político, un símbolo más que una persona para su madre y su padre. Recordó su infancia, la fría indiferencia de su madre, que solo lo veía como un medio para asegurar su propia posición en la corte imperial y su padre, cuya única preocupación era el legado de la dinastía, no su hijo como individuo. La sensación de no ser querido, de ser solo una pieza en un juego de poder, se le había quedado grabada en los huesos. No quería que Leocadia o un futuro hijo experimentaran eso. No podía, no debía permitir que algo tan personal y emocional se convirtiera en un medio para estabilizar el poder. ¿Sería justo pedirle a Leocadia que aceptara un hijo bajo esas circunstancias? ¿Sería justo para ella, cuando aún tenía tanto que aprender sobre su propio poder y su lugar en el mundo? No podía hacerle eso, pensó Kaelion, mientras caminaba por los pasillos del palacio con paso decidido, pero su mente aún atrapada en un torbellino de emociones contradictorias. Había jurado confiar en Leocadia y ahora más que nunca debía hacerlo. Ella no merecía ser tratada como un medio para una solución política o mágica. No la iba a convertir en lo que él había sido: una figura para los demás, sin valor como persona. - Esto es absurdo. - murmuró para sí mismo y apretó los puños. Sabía que el poder de Nerias era una bendición y una maldición al mismo tiempo. Sabía que, si Leocadia no controlaba ese poder, algo peor podría suceder. Pero aún así, forzarla a tener un hijo... No. Eso no era lo que quería. No era lo que ella merecía. Al llegar a la puerta de la habitación de Leocadia, Kaelion se detuvo. Se apoyó en el marco, respirando profundamente. No sabía cómo enfrentarla con la verdad. No sabía cómo le explicaría lo que acababa de aprender, ni cómo podría ofrecerle la opción de un hijo sin que pareciera una imposición, pero más que nada, no sabía cómo balancear lo que era mejor para ella con lo que él deseaba para su futuro. Suspiró. Lo único que sabía con certeza era que no la trataría como un instrumento político. Si Leocadia decidía algo, sería su elección. De su amor, de su voluntad, de su fuerza. No de un destino impuesto. Al abrir la puerta, Kaelion se encontró con su esposa recostada en la cama, un poco más tranquila, pero con la preocupación marcada en su rostro. Leocadia lo miró con una sonrisa cansada, pero a la vez reconociendo la seriedad en su mirada. - ¿Cómo te sientes? - preguntó, su voz suave, pero llena de preocupación. Kaelion caminó hacia ella y se sentó junto a la cama. No podía ocultar el conflicto que se reflejaba en sus ojos, pero se obligó a ser honesto. - Hoy descubrí algo importante…El médico dice que podrías aprender a controlar tu poder. Puedo enseñarte a controlarlo como un aura. - Se detuvo por un momento, respirando hondo. Decidió no mencionar la otra opción - No quiero que sientas que te estoy imponiendo nada. Esta decisión será tuya, Leocadia. Te lo prometo. Ella lo miró fijamente, observando el dolor y la duda en su rostro, pero también la determinación. Algo en su expresión cambió. Su instinto, siempre tan agudo, le dijo que la conversación que se estaba por iniciar sería profunda y difícil. Leocadia lo miró, sus ojos reflejando tanto la incertidumbre como la confianza que depositaba en él. Sabía que la propuesta de Kaelion no venía solo de un lugar de preocupación, sino también de un deseo genuino de ayudarla a dominar lo que a veces parecía ser un poder incontrolable. Pero el hecho de que estuviera tan dispuesto a entrenarla sin forzarla, sin imponerle nada, le daba una sensación de alivio. - De acuerdo, Kael. - respondió con firmeza, aunque su voz estaba marcada por una ligera mezcla de dudas. Pero esas dudas se disipaban al ver la seriedad en sus ojos - Si es lo que debemos hacer, lo haremos. Aprender a controlar esto, como lo hiciste tú, tiene que ser la mejor opción. Su esposo asintió, un leve suspiro escapando de sus labios mientras tomaba su mano con un gesto firme, pero cálido. - Lo haremos juntos. - dijo, su voz baja y llena de determinación. Sabía que esto no solo era necesario para su bienestar, sino también para el de su futuro. Y, al mismo tiempo, se sentía agradecido de tener a Leocadia a su lado, alguien con quien compartir los desafíos, incluso los más personales. - Nos encontraremos por la noche. - añadió, pensando en la sala privada que había preparado para ellos. Un lugar apartado, libre de miradas curiosas. Un lugar donde podían centrarse solo en el entrenamiento y en la confianza mutua, lejos de las tensiones de la corte y de los problemas del imperio. Leocadia asintió, una sonrisa pequeña, pero sincera apareciendo en sus labios. El desafío que se presentaba frente a ellos era grande, pero la idea de enfrentarlo juntos les daba una fuerza inexplicable. A pesar de la inseguridad que sentía por la magnitud de su poder y las consecuencias de usarlo sin control, Leocadia sabía que este era el único camino por seguir. Y si ese camino los unía aún más, entonces no dudaba en recorrerlo. Esa noche, como había prometido, se encontrarían en la sala privada del palacio. Mientras el sol se ponía y la oscuridad comenzaba a envolver el imperio, Kaelion y Leocadia se preparaban para enfrentar una nueva etapa de su vida, una etapa de aprendizaje, de control y, sobre todo, de unión.
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