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1580 Words
Llamada al Palacio Al día siguiente, el conde Transa y su familia fueron citados al palacio imperial. El conde, acompañado por su sucesor Alejandro, su esposa Ondra y Edward, el esposo de Leocadia, llegaron al gran salón. Edward, con ojeras visibles y desarreglado, había llegado tarde después de pasar la noche en la casa de su amante, Catherine Pardo. El emperador Kaelion Verithar se encontraba de pie frente al trono, imponente como siempre. Con un gesto, indicó a la familia que se acercara. - Conde Transa, agradezco su pronta respuesta a mi llamada - comenzó, su voz resonando en el salón. El conde asintió respetuosamente. - Es un honor servirle, su majestad ¿En qué podemos ayudarle hoy? Kaelion observó a cada m*****o de la familia Transa antes de fijar su mirada en Edward. - He decidido tomar bajo mi protección a la princesa Leocadia D’Aurial. Su bienestar es ahora una prioridad del Imperio Celeste. - ¡¿Sabe donde está?! – preguntó Edward. - Está en un lugar seguro – dijo el emperador. Ondra, incapaz de contener su frustración, murmuró con desdén: - Niña tonta, es inútil no solo como anfitriona si no en la cama - ¡Madre! – exclamó Alejandro. - ¿Qué? ¿Acaso no es cierto? – exclamó la mujer molesta sin ocultar su desdén - Ni siquiera ha consumado el matrimonio. El comentario hizo que el ambiente en la sala se tensara. Kaelion mantuvo su compostura, aunque sus ojos se endurecieron. - Leocadia será tratada con el respeto y la dignidad que merece. No toleraré más insultos hacia ella frente a mi, condesa - dijo con firmeza. Edward, incómodo y claramente afectado por la situación, intentó justificar su comportamiento. - Su majestad, las cosas no son como parecen...Es demasiado inocente e inmadura… - Silencio - interrumpió Kaelion - He tomado mi decisión. Leocadia permanecerá bajo mi protección directa. Y ahora, propongo lo siguiente: para asegurar que no haya más discordia ni deshonra, ustedes, la familia Transa, cederán oficialmente todos los derechos sobre Leocadia. Dado que el matrimonio no ha sido consumado, será anulado formalmente. Lady Leocadia estará bajo mi protección hasta que se informe al Rey de Glen sobre la anulación. El conde, visiblemente nervioso, exclamó: - No podemos hacer esto, su majestad. El matrimonio está firmado. - Pero tu hijo no lo consumó por ende puede ser anulado…Creyeron que el maltrato a una princesa de un reino aliado quedaría impune - Kaelion lo miró con frialdad - Soy el emperador y no permitiré que vuelvan a tocarla. Tenemos pruebas del maltrato a una princesa imperial. Edward, enfurecido, gritó al ser descubierto en la indolencia frustrado con la inutilidad de su esposa para aprender y hacer las cosas que se le ordenaban: - ¡Es mi esposa y debe atenerse a la disciplina de Transa! El emperador, perdiendo la paciencia, se acercó a Edward y lo agarró del cuello, percibiendo el aroma a sexo y a otra mujer. - Azotarla no es disciplina - le dijo con voz baja y peligrosa haciendo que se encogiera en su lugar - Y no vuelvas a presentarte ante mí oliendo a sexo y a perfume barato, o me encargaré de castigarte personalmente. Con esa advertencia, Kaelion soltó a Edward y se giró hacia el conde. - Llévense a su familia. No quiero verlos aquí de nuevo hasta que hayan aprendido a respetar a una princesa imperial. El matrimonio ya no es válido por lo que mantengan la distancia de su alteza. - Ella ya no es una princesa – exclamó Edward – Le quitaron los títulos, solo es una mujer sin valor… - ¿Sin Valor? Kaelion se giró con el rostro desfigurado por la rabia y, al fin, entendió. Edward había usado los sentimientos de Leocadia para beneficio propio y tener más poder el que se esfumaron al perder el título de princesa. Maldito bastardo…Se aseguraría de devolverle todo a Leo para que ella cobrara lo que le hizo. - Cierra la boca Transa…- advirtió – Estás pisando hielo delgado… - ¡Majestad! Disculpe a mi hijo – exclamó el conde haciendo un gesto para que Alejandro arrastrara a Edward fuera del salón cuando la bruma roja rodeó a Kaelion. El aura de fuego esta descontrolada. - ¡Fuera! – gritó furioso - ¡Largo! La familia Transa, humillada y temerosa, abandonó el salón en silencio. Dorian y Rovik, que habían estado observando desde las sombras, se acercaron al emperador, visiblemente preocupados. - Majestad, enfrentar a los Transa y humillarlos no es buena idea - dijo Rovik con seriedad. Kaelion asintió, reconociendo su preocupación. - Preparen los papeles de la anulación del matrimonio de Leocadia y Edward. Quiero que estén listos al anochecer. Dorian, con una mezcla de curiosidad y preocupación, preguntó: - ¿Qué planea hacer, su majestad? Kaelion los miró con determinación. - Me casaré con ella - dijo, y sus amigos lanzaron una exclamación de sorpresa. Dorian y Rovik, que habían estado observando desde las sombras, intercambiaron una mirada de complicidad. La jugada de Kaelion había sido astuta; ahora solo quedaba ver cómo reaccionaría la corte a este nuevo desarrollo. Humillación El carruaje avanzaba lentamente por las calles de la capital, dejando atrás los imponentes muros del palacio imperial. Dentro, el ambiente era tan pesado que parecía sofocar el aire. El Conde Ferdinand Transa estaba sentado con la espalda rígida, sus manos enguantadas descansando sobre el mango de su bastón, pero la tensión en sus hombros delataba su estado de ánimo. A su lado, Ondra Transa mantenía una postura elegante, aunque su rostro mostraba una expresión cautelosa. Frente a ellos, Edward miraba por la ventana, su mandíbula apretada y su rostro endurecido por la humillación sufrida. El silencio se rompió con un golpe sordo cuando el conde golpeó el suelo del carruaje con el bastón. - ¿Qué demonios estabas pensando, Edward? - rugió, su voz resonando en el estrecho espacio - ¡Ni siquiera puedes mantener el control sobre una niña inútil! ¿Te das cuenta del desastre que has provocado? Edward giró bruscamente hacia su padre, sus ojos ardiendo de rabia. - ¡Esa no es mi culpa! Ella nunca debió haber venido aquí en primer lugar. Esa princesa no vale nada. Solo trajo problemas desde el principio. El conde lo interrumpió, su voz cargada de desprecio. - ¿Y crees que eso te exime? ¡No seas estúpido! Aunque ya no sea una princesa, sigue siendo la hija de los reyes de Glen ¿Sabes cuánto nos ha costado establecer relaciones comerciales con ellos? ¿Cuántos beneficios hemos obtenido gracias a esos lazos? Y ahora, todo está en peligro por tu incompetencia y tus decisiones egoístas. Ondra, que había permanecido en silencio hasta ese momento, levantó una mano con elegancia, tratando de calmar a su esposo. - Ferdinand, no tiene sentido gritarle. Lo que está hecho, está hecho. Ahora debemos pensar en cómo manejar esta situación. El conde giró hacia ella, su mirada fría y cortante. - ¿Y tú crees que estás libre de culpa, Ondra? - dijo con veneno en su voz - Tu constante interferencia, tu manera de humillarla públicamente... ¿Realmente pensaste que eso no tendría consecuencias? Ahora el emperador la tiene bajo su protección y estamos todos atrapados en esta humillación ¡Incluso nosotros estamos siendo cuestionados por la corte! Ondra apretó los labios, su habitual máscara de indiferencia comenzando a agrietarse. - Yo hice lo que creí necesario para mantener el orden en esta familia. Esa niña nunca estuvo a la altura y alguien tenía que enseñarle su lugar. Ferdinand dejó escapar una risa amarga. - ¿Su lugar? ¿Y cuál es su lugar ahora, Ondra? Bajo la protección del hombre más poderoso del Imperio. ¡Ni tú ni Edward pudieron controlarla y ahora ella tiene el respaldo del emperador! Edward, incapaz de contenerse, golpeó el costado del asiento con un puño. - ¡No es justo! Esa estúpida niña no es más que una oportunista. Se aprovechó de la situación, de mi ausencia y de la debilidad de todos. No hizo nada más que llorar y fingir ser la víctima. El conde lo fulminó con la mirada, su paciencia agotándose. - ¡Cállate, Edward! ¿Crees que tu rabieta va a solucionar algo? La realidad es que ahora estamos en una posición débil gracias a ti y a tu madre, pero no se equivoquen, esto no queda aquí. Esa niña pagará por lo que ha hecho. Me aseguraré de que aprenda que nadie, ni siquiera bajo la protección del emperador, humilla a esta familia sin enfrentar las consecuencias. Ondra lo miró con una mezcla de sorpresa y aprobación, mientras Edward fruncía el ceño, su odio hacia Leocadia creciendo aún más con cada palabra de su padre. - ¿Qué planeas hacer? - preguntó Ondra, su tono ahora más calculador. El conde sonrió levemente, aunque no había calidez en el gesto. - Ya lo verán, pero no permitiré que esto quede impune. Nadie se burla de los Transa y sale ileso. Esa estúpida niña aprenderá que el precio de humillarnos será alto. Muy alto. El resto del trayecto transcurrió en un silencio cargado de promesas oscuras. Edward, aunque seguía enfurecido, encontró una especie de consuelo en las palabras de su padre. Ondra, por su parte, comenzó a maquinar sus propios movimientos, sabiendo que, aunque su esposo tenía un plan, ella también tendría que asegurarse de que su posición en la familia permaneciera intacta.
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