La Amante
Catherine estaba sentada en su modesta mesa de comedor, contemplando el silencio de su pequeño hogar en el barrio más tranquilo de la capital. Las paredes no eran adornadas, ni los muebles elegantes; todo era funcional, lo suficiente para satisfacer sus necesidades. La vida de Catherine Pardo, de origen plebeyo, había sido todo lo que la sociedad consideraba un camino cuesta arriba, pero había aprendido a usar su inteligencia, su belleza y su cuerpo como armas en una guerra silenciosa de ambición y supervivencia. Y lo hacía bien. Muy bien.
Una sirvienta, cuya lealtad a Catherine había sido comprada a través de pagos y promesas de favores futuros, entró con una bandeja que no solo traía la comida simple de la tarde, sino también lo que Catherine estaba esperando: una carta y el periódico imperial.
La sirvienta la colocó cuidadosamente sobre la mesa, y Catherine levantó la vista con una sonrisa sutil, que no alcanzaba a mostrar el verdadero desdén que sentía por su servidumbre, pero sabía que la mujer tenía un propósito. Era solo una peón en su gran juego, una que no debía dejarse ver más allá de su utilidad.
- Lo que pediste - la sirvienta dejó la bandeja sobre la mesa y, sin esperar respuesta, salió rápidamente.
Catherine no perdió el tiempo. Tomó primero la carta de la bandeja, rompiendo el sello con un gesto elegante, casi ceremonioso, como si disfrutara de la pequeña anticipación. Al leer las palabras de Edward, su sonrisa se hizo más amplia, con una mezcla de diversión y satisfacción.
La carta era breve, pero clara: Edward Transa la convocaba para esa noche, una vez más. Esa cita no era nada nuevo. Él la llamaba, la buscaba y ella respondía, siempre dispuesta a jugar su papel como amante complaciente, siempre dispuesta a satisfacer sus inseguridades y vanidades. Siempre jugando con su ego frágil, alimentándolo con promesas de pasión que sabía que él nunca podría conseguir de su esposa. Le gustaba tenerlo de rodillas, sintiendo que él dependía de ella, que necesitaba la validación de sus caricias y de su cuerpo. La carta solo confirmaba lo que ella ya sabía: Edward estaba atrapado en su juego, incapaz de liberarse.
- Qué tonto - murmuró, casi riendo para sí misma mientras colocaba la carta de vuelta en su mesa y tomaba el periódico.
Las palabras en el periódico no le sorprendieron. La noticia de la desaparición de la esposa de Edward había corrido como pólvora, pero lo que Catherine encontró entre las líneas era lo que más le interesaba: la vergüenza que Edward sentía por ser un marido desdichado, incapaz de controlar a su esposa, incapaz de mantener el poder que él tanto deseaba. El escándalo ya estaba en marcha. La prensa imperial estaba hambrienta de historias sensacionalistas y Leocadia, con su fragilidad y su destino roto, estaba ofreciendo un espectáculo perfecto. Un espectáculo del que Catherine se beneficiaría indirectamente.
Con una sonrisa astuta, Catherine dejó el periódico a un lado. Su mente ya estaba trabajando en cómo seguir manipulando a Edward. Sabía que él la necesitaba, que cada encuentro con ella le ofrecía una falsa sensación de control. Lo había hecho con otros antes que él: nobles, hombres poderosos, que caían en sus redes sin darse cuenta, alimentando su ego mientras ella los mantenía en la palma de su mano, no solo con sexo, sino con la promesa de un futuro donde todo lo que deseaban se les concediera… a cambio de un precio.
- Si tan solo supiera que ya no soy la única que lo controla - se dijo a sí misma, con la mirada perdida en el brillo del sol que se desvanecía por la ventana. Sabía que Edward no era más que una pieza en su tablero de ajedrez, un peón necesitado de validación y poder, que ella estaba manipulando como si fuera un títere. La sonrisa de Catherine se ensanchó más al recordar cómo él había caído en su trampa.
La vida de Edward, llena de inseguridades y luchas familiares, le ofrecía una oportunidad que Catherine había explotado a la perfección. Un hombre que pensaba que podía obtener todo con el matrimonio adecuado, con la esposa perfecta, pero que, en realidad, estaba buscando lo que no podía obtener de Leocadia: la dominación, la posesión, el control que ella fingía darle. Y eso, en el fondo, era lo que Catherine disfrutaba. Saber que Edward, en su inmadurez y desesperación, pensaba que ella era su salvación, cuando en realidad era la misma que lo había sumido más en su miseria.
Tomó la carta de nuevo, revisándola una vez más. Edward pensaba que ella era solo una amante más. Lo que no sabía era que Catherine Pardo ya había decidido su destino, igual que había hecho con todos los demás antes de él. Una vez más, le seguiría el juego y esta noche, como tantas otras, se aseguraría de que Edward fuera más suyo que nunca.
- Esta noche será igual - pensó Catherine, sonriendo de forma burlona mientras se ponía de pie y comenzaba a prepararse. Pero esta vez, ella no solo pensaba en lo que obtendría de él.
Catherine sonrió con una leve mueca mientras pasaba la carta de Edward de una mano a otra, dejando que el papel frío le transmitiera una sensación de poder. El suave sonido de la tinta sobre el papel era como una melodía familiar, pero esta vez no era solo él quien la necesitaba. No era la única que controlaba a Edward Transa.
Pensó en la madre. En ese ser que, a pesar de su distancia, siempre había jugado un papel crucial en su vida. Lady Transa, era otra de las fuerzas invisibles que manejaba las cuerdas de Edward. Ella lo había criado, lo había moldeado, le había enseñado a ser un hombre de prestigio, uno que no podía permitirse el lujo de ser débil o vulnerable, pero a la vez alimentando todas sus inseguridades al punto de depender de su aprobación como un ciego que necesita dirección. La madre de Edward había diseñado a su hijo a su medida y sin duda, le había inculcado esa sensación de que siempre debía estar a la altura, de que todo lo que no fuera éxito era una vergüenza para la familia.
Catherine ya había visto la forma en que Ondra Transa lo observaba, el temor oculto en sus ojos cuando Edward mostraba signos de debilidad o de fracaso. La condesa no era una madre cariñosa, sino una mujer estricta, controladora, que usaba su posición y su influencia para asegurarse de que Edward siempre cumpliera las expectativas, sin importar cuán altos fueran esos estándares. Y en algún rincón de su corazón, Catherine sabía que él temía más a su madre que a cualquier otra cosa. Él le temía a la mirada de desaprobación que podía lanzarle cuando sus decisiones no se alineaban con lo que ella había planeado para él.
Catherine se rio entre dientes, casi burlándose de su propia reflexión. Edward pensaba que su deseo de ser un hombre de poder, de sentir que la corte lo admiraba, le daba control sobre ella, sobre su mundo, pero en realidad, el control lo tenía su madre, como una sombra que siempre lo acechaba, dispuesta a recordarle que la perfección era la única opción aceptable. Catherine lo había visto en cada frase que le dirigía, en cada palabra que se intercambiaba entre ellos: Edward solo seguía el camino que su madre había marcado, el camino del hombre que tenía que ser, pero nunca realmente quería ser.
“Si tan solo supiera que no soy la única que lo controla...” pensó, mirando la carta nuevamente. Edward creía que él era quien la mantenía en sus garras, que él, con su cuerpo y sus encantos, tenía el poder sobre ella, pero Catherine entendía algo que él no: Edward era una marioneta de muchos hilos y ella solo había tomado algunos de ellos. Helena lo controlaba a través del miedo al fracaso, la ansiedad de no cumplir con las expectativas de la nobleza, de los suyos. Y Catherine, aunque jugaba a ser su amante, sabía que en realidad había una batalla silenciosa, invisible, pero esa era una guerra que ella podía ganar hasta exprimir todo lo que el hombre podía darle.
Una sonrisa oscura se dibujó en los labios de Catherine, su mente avanzando con cada idea. Edward era solo otra pieza en su tablero y ahora que el miedo a decepcionar a su madre lo había debilitado aún más, ella podía ir más allá para tener el control completo.
Todo se trataba de manipular la desesperación de Edward, de aprovechar sus inseguridades. La diferencia era que Catherine no temía perderlo. Mientras él temía perder el favor de su madre, Catherine solo temía perder la oportunidad de tomar todo lo que pudiera.
Se levantó de la mesa, dejándose llevar por el ritmo de su propio plan, sabiendo que esta noche, como todas las demás, Edward seguiría siendo su marioneta, pero también sabía algo más. Edward Transa era, en última instancia, más débil de lo que él mismo se imaginaba y ella estaba dispuesta a usarlo a su favor.
Era hora de actuar.