Celos
El bullicio del salón seguía, con los nobles interactuando entre sí bajo la luz de los enormes candelabros. Kaelion, sin embargo, estaba en el centro de su propia tormenta interna mientras avanzaba entre los grupos, su capa negra ondeando ligeramente tras él. Catherine Pardo, siempre provocativa, estaba cerca de una mesa de vinos, rodeada de nobles menores que reían con sus comentarios maliciosos.
Kaelion se detuvo a poca distancia de ella, su presencia inmediata y opresiva silenció las risas de los presentes. Catherine levantó la vista, claramente sorprendida al ver al emperador tan cerca, pero rápidamente recuperó su sonrisa ensayada.
- Majestad, qué sorpresa - dijo con un tono meloso, inclinándose ligeramente en una reverencia.
Kaelion no respondió de inmediato, en lugar de eso, dio un paso hacia ella, inclinándose apenas lo suficiente para que sus palabras fueran un susurro amenazante.
- Cuidado con los pasos que das, Lady Catherine - siseó, su voz tan baja que los demás no pudieron escucharlo, pero cargada de una furia contenida - Ya has cruzado demasiadas líneas en este palacio.
Catherine levantó una ceja, aunque su sonrisa comenzó a tambalearse.
- No sé de qué me habla, Majestad.
Kaelion inclinó la cabeza, su mirada perforándola como una daga.
- Oh, estoy seguro de que lo sabes perfectamente. Pero si crees que tus juegos van a pasar desapercibidos, estás subestimándome.
Antes de que ella pudiera responder, Kaelion se giró con un movimiento fluido, como si su atención ya no valiera su tiempo, pero mientras se alejaba, algo llamó su atención al otro lado del salón.
Desde una esquina, Edward Transa estaba observando fijamente a Leocadia, quien ahora estaba sentada en el trono imperial mientras conversaba con un grupo de damas nobles. La intensidad de la mirada de Edward era inconfundible: mezcla de enojo y algo más que Kaelion reconoció al instante.
Kaelion sintió que algo oscuro y primitivo se encendía en su interior. Sus puños se cerraron y su mandíbula se tensó mientras observaba la escena. Edward no tenía derecho a mirarla así. Ni a estar en esa sala. Ni siquiera a respirar el mismo aire que ella. Ya no era suya.
Sin darse cuenta, Kaelion comenzó a moverse hacia Leocadia, pero Rovik apareció a su lado, colocándose discretamente en su camino.
- Kaelion - dijo en un susurro firme, su tono neutral, pero lleno de advertencia.
Kaelion lo miró brevemente, pero Rovik continuó antes de que pudiera replicar.
- Esto es exactamente lo que Edward quiere. Que pierdas la compostura frente a todos.
El emperador tomó una respiración profunda, sus ojos regresando a Leocadia. Ella estaba completamente ajena al intercambio, respondiendo con gracia a las damas nobles que intentaban ganarse su favor. Su presencia en el trono parecía natural, como si siempre hubiera pertenecido allí.
Kaelion relajó ligeramente los hombros, aunque su mirada seguía fija en Edward, quien ahora había desviado la vista, claramente consciente de que había sido descubierto.
- Rovik - dijo Kaelion en voz baja, su tono frío. - Asegúrate de que Edward no se acerque a ella. Y que Catherine recuerde quién manda aquí.
Rovik inclinó la cabeza en señal de comprensión, pero antes de marcharse, añadió con un tono que apenas escondía su ironía:
- Y tú recuerda, Kaelion, que no necesitas marcar tu territorio. Ella ya está contigo.
Kaelion rodó los ojos levemente, aunque una sonrisa apenas perceptible cruzó sus labios.
- Haz lo que te digo, Rovik.
Con eso, el emperador avanzó hacia Leocadia, dejando atrás a Edward y sus intenciones. Cuando llegó a su lado, Leocadia lo miró, sus ojos claros llenos de preguntas.
- ¿Todo está bien? - preguntó suavemente.
Kaelion sonrió, aunque sus pensamientos aún estaban cargados de furia contenida.
- Perfectamente - respondió, inclinándose ligeramente para susurrarle al oído - Solo estoy asegurándome de que todos aquí recuerden quién eres y a quién perteneces.
Leocadia sintió el calor subir a sus mejillas, pero mantuvo la compostura, asintiendo levemente mientras el emperador tomaba su lugar a su lado, una clara señal para todos los presentes: ella no estaba sola y cualquier amenaza contra ella sería respondida con fuerza implacable.
La música continuaba llenando el salón, pero Kaelion apenas la escuchaba. Su mirada estaba fija en Leocadia, sentada a su lado en el trono secundario. La forma en que se movía, con una gracia natural que comenzaba a florecer, lo fascinaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. La luz de los candelabros iluminaba su rostro y cada sonrisa que ofrecía a los nobles parecía un recordatorio de que ella ahora era intocable.
Pero entonces lo sintió. Esa mirada punzante, como un filo invisible. Kaelion giró apenas la cabeza y lo vio. Edward Transa, moviéndose entre la multitud, claramente intentando acercarse a Leocadia. Sus ojos estaban clavados en ella, cargados de una mezcla de frustración y deseo.
Kaelion sintió un impulso primitivo arder en su interior. Sin apartar la vista de Edward, se inclinó hacia Leocadia.
- Levántate - le murmuró, su voz baja, pero cargada de autoridad.
Leocadia lo miró, ligeramente confundida, pero al ver la intensidad en sus ojos, obedeció. Kaelion tomó su mano y la condujo al centro del salón, justo bajo la atenta mirada de los presentes.
- ¿Qué estás haciendo? - le susurró Leocadia, mientras él la tomaba por la cintura para un improvisado baile.
- Asegurándome de que nadie dude de lo que eres para mí - respondió él, con una sonrisa que no alcanzaba a ocultar su molestia.
La música cambió a un ritmo más lento y Kaelion aprovechó para acercarla aún más, sus manos firmes sobre su cintura. Mientras giraban en un movimiento fluido, su mirada se suavizó ligeramente al encontrarse con la de ella.
- Kaelion, todos nos están mirando - murmuró Leocadia, su voz apenas un susurro.
Él inclinó la cabeza, acercando su rostro al de ella hasta que sus labios se rozaron suavemente.
- De eso se trata, cariño - respondió, antes de capturar sus labios en un beso que fue tan calculado como apasionado.
Leocadia sintió cómo la sala parecía desaparecer, dejando solo el calor del beso y la firmeza de las manos de Kaelion. Pero cuando él se apartó, apenas un suspiro de distancia, ella hizo algo inesperado: deslizó sus brazos alrededor de su cuello, inclinándose hacia él mientras le susurraba al oído:
- Sácame de aquí.
Kaelion se congeló un instante, descolocado por la súplica en su voz. Pero no tuvo tiempo de responder cuando vio, por el rabillo del ojo, que Edward avanzaba hacia ellos, sus intenciones claras.
Con un movimiento fluido, Kaelion giró, colocándose entre Edward y Leocadia, bloqueando cualquier intento de acercarse. Su mirada, fría como el acero, perforó al joven noble, que se detuvo de golpe, notando la peligrosa chispa en los ojos del emperador.
- ¿Puedo ayudarlo, joven Transa? - preguntó Kaelion, su voz suave pero cargada de amenaza.
Edward apretó los labios, pero se mantuvo en su lugar, luchando por no retroceder frente a la imponente presencia del emperador.
- Solo deseaba saludar a mi... vieja conocida, Majestad.
Kaelion soltó una risa suave, aunque no había diversión en ella.
- No creo que eso sea necesario. Ella está conmigo ahora. Y tú... - dio un paso hacia adelante, obligando a Edward a retroceder un paso involuntario - deberías recordar cuál es tu lugar en este palacio.
Edward bajó la mirada, murmurando una excusa antes de girarse y desaparecer entre la multitud. Kaelion lo observó irse, asegurándose de que no intentara nada más, antes de girarse hacia Leocadia.
- Vamos - dijo, tomando su mano. - Ya he tenido suficiente de estos idiotas por una noche.
Leocadia lo siguió, sintiendo una mezcla de alivio y algo más que no pudo nombrar. Mientras Kaelion la conducía fuera del salón, su agarre firme en su mano era tanto una promesa como una advertencia: bajo su protección, nadie volvería a tocarla ni humillarla.
El aire estaba cargado de tensión cuando Kaelion salió del salón imperial, Leocadia firmemente a su lado. Los pasos resonaban en los pasillos del palacio, pero él no se detuvo hasta que estuvo lejos de las miradas de los nobles y los murmullos maliciosos.
Cuando finalmente se detuvieron, giró hacia ella, su mirada intensa encontrándose con la de Leocadia. Antes de que pudiera decir algo, la tomó por la cintura y la alzó en sus brazos con un movimiento seguro y decidido.
- ¿Kaelion? - murmuró ella, sorprendida, su voz apenas un susurro.
- Shhhh - respondió, inclinándose para besarla con una urgencia contenida.
El contacto de sus labios era todo menos discreto y mientras avanzaba por los pasillos con Leocadia en brazos, los sirvientes y guardias que los encontraban en su camino apenas podían disimular su sorpresa. Algunos bajaron la cabeza rápidamente, mientras otros intercambiaban miradas atónitas, pero Kaelion no parecía notar nada, o simplemente no le importaba.
Entre besos y caricias, murmuró contra su oído, su aliento caliente haciendo que Leocadia se estremeciera.
- Vas a tener que hacerte responsable, Leo.
Ella apenas pudo procesar sus palabras, el calor de su cuerpo contra el de él robándole cualquier respuesta.
- ¿Responsable de qué? - susurró finalmente, sus manos aferrándose a los pliegues de su capa.
Kaelion sonrió contra su cuello, dejando un rastro de besos que la hizo arquearse ligeramente en sus brazos.
- De tentarme toda la noche. - dijo con un tono bajo y cargado de deseo - De esa mirada tuya, de tus movimientos, de ese maldito vestido que parecía hecho para volverme loco.
Leocadia sintió cómo el rubor subía a sus mejillas, pero no pudo evitar sonreír levemente.
- ¿Tentarte? Yo solo estaba haciendo lo que me pediste.
Kaelion soltó una risa suave, sus ojos brillando con una mezcla de diversión y deseo.
- Si eso era seguir órdenes, espero que nunca dejes de hacerlo.
Al llegar a la puerta de su habitación, empujó la madera con el pie, entrando sin titubear. La puerta se cerró de golpe detrás de ellos, dejando el pasillo en un silencio expectante.
Dentro, Kaelion la depositó con cuidado sobre la cama, pero no se apartó. En cambio, se inclinó sobre ella, apoyando las manos a cada lado de su cuerpo mientras la observaba intensamente.
- Eres peligrosa, Leo - murmuró, su voz más suave, pero igual de grave. - No tienes idea del poder que tienes sobre mí.
Leocadia lo miró, su respiración aún acelerada. Había algo nuevo en sus ojos, algo que no había sentido antes: una mezcla de confianza y desafío.
- Tal vez debería aprender a usarlo - dijo, sus palabras suaves pero cargadas de intención.
Kaelion sonrió, pero su mirada se volvió más seria mientras inclinaba la cabeza para besarla de nuevo, esta vez más lento, como si quisiera memorizar cada instante.
- No necesito que lo aprendas - murmuró contra sus labios - Solo necesito que sigas siendo tú.
El emperador se desprendió de sus ropas con rapidez, no había tiempo para seducción. La deseaba, estaba excitado y todo su cuerpo parecía exigir tener su cuerpo pegado al suyo, quería tomarla con desesperación y ese fuego sólo aumentó la necesidad de hacerla suya de todas las maneras posibles.
Leocadia cerró los ojos, dejándose llevar por el momento, sabiendo que el mundo exterior podía esperar. Allí, en los brazos de Kaelion, se sintió más segura que nunca, aunque el fuego entre ellos apenas comenzaba a arder.
¿Redención o destrucción? En ese momento no había diferencia.