—¡Oh, sí! ¡Dame así! —qué ricura, qué delicia—. No pares, por favor… no pares, Daemon ¡dame más! —Carajo, Serafina… —¡Cállate y sigue, por favor! —jadeo, dejo salir el aire, sintiéndome totalmente complacida—. Oh, sí gatito, dame así… Entorno mis ojos, muerdo mi labio y disfruto de semejante momento tan placentero. Intento retorcerme del mismo placer, pero él me priva de hacerlo, así que no me queda de otra que seguir gimiendo a toda boca. —¡Oh, Daemon! —jadeo su nombre al sentir como me aprieta—. Qué rico… Sus manos hacen magia, demasiada magia en mí. La manera en que se afinca, en que me acaricia, me hacen delirar. Babeo, porque me siento en este momento en el cielo, en la cúspide del placer, del deleite mismo, en medio de sus manos mágicas. Cuando siento que aprieta mi carne y se

